martes, 22 de noviembre de 2016

La Torre de Iznarromán - Granada

Corría el año 16 de nuestra era, cuando, en el Asia Menor, en la provincia de Dux, habitaba el noble matrimonio de Caleb y Rebeca, con dos hijos pequeños. El primero, llamado Cecilio, era sordomudo de nacimiento, y el más pequeño, que tenía por nombre Tesofón, había nacido ciego. Los infelices padres contemplaban apenados las desgracias de sus dos hijos, sin encontrar consuelo para su desventura. Mas llegó hasta su provincia el eco de los portentosos milagros que Jesús obraba en Judea, y sintieron grandes deseos de acudir a Él. Los hijos, con gran fe, anhelaban llegar a la presencia del Maestro para pedirle su curación. Y todos, pues, de acuerdo, decidieron trasladarse a Judea en busca del Redentor.
Llegados ante Él, Jesús premió su fe: recobró la vista el ciego y pudo hablar el mudo. Postrados a los pies del Señor, y agradecidos, le alabaron. Deseando instruirse en las verdades de la fe, acudieron a Santiago, que los adoctrinó y, tomándoles afecto, no se quiso separar de ellos, y se los trajo a España para predicar el Evangelio por la Península. En el año 44 fueron consagrados obispos en Roma por el mismo san Pedro, y, después de visitar Jerusalén, vinieron a España y se establecieron en Andalucía.
Pronto se extendió la fama de santidad y gran elocuencia de Cecilio -el que antes fuera mudo-, que arrebataba a las multitudes, atrayéndolas a la religión de Cristo y convirtiendo a tan gran número de gentiles, que llegó a alarmar a las autoridades romanas.
La ciudad de Granada, llamada entonces llíberis, hallábase bajo el imperio romano. Eran cónsules en ella Publio Manlio y Quinto Cornelio, quienes, al enterarse del éxito de las predicaciones de Cecilio, con las que persuadía a los habitantes de la ciudad, decidieron impedirlo, dando orden de apresarlo, para ser luego conducido al martirio si se negaba a renegar de su fe.
El santo obispo conoció su próximo fin y encomendó a Patricio, su discípulo predilecto, la custodia de las reliquias y objetos del culto, para evitar profanaciones.
Pronto fue apresado Cecilio por orden de los cónsules, o quizá del propio Nerón, entonces emperador de Roma.
En la antigua fortaleza llamada Alcazaba Cadima levantábase una torre de fuertes muros, que constituía una poderosa defensa, llamada la torre de Iznarromán, o del Granado, en cuya base existía un lóbrego calabozo, en el cual fue encerrado el mártir, sufriendo allí un cruel cautiverio, para hacerle renegar de su fe, sin que todos los suplicios bastaran para hacer vacilar al gran santo. De allí fue sacado con once compañeros cristianos y conducido al monte Hipulitano, donde recibió la condena, junto con los otros mártires, a ser quemado vivo, encerrándolos en un horno de cal, el año segundo del reinado de Nerón y el 57 de nuestra era. Consumándose allí el sacrificio de su vida y pasando a gozar de la eternidad.
Hoy, en el callejón de San Cecilio, se ven aún las ruinas de las murallas de la que fue poderosa fortaleza, y enclavado en un muro del ruinoso torreón se encuentra una pequeña capilla con un altar de la imagen de san Cecilio, obispo, patrón de Granada, que fue el antiguo calabozo donde estuvieron presos el santo y sus compañeros. Y a la derecha se ve una lápida de mármol con una inscripción que dice ser aquél el calabozo en el que estuvieron san Cecilio y sus once compañeros, y de donde fueron sacados para ser quemados vivos en el Sacro Monte. Sus reliquias fueron descubiertas en 1595.

(Leyendas de España - Vicente García de Diego)

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