miércoles, 16 de enero de 2013

San Felices de Bilibio - Haro

 
San Felices de Bilibio, también llamado Félix (c.443 - 540 ), fue un anacoreta de Bilibio, hoy municipio de Haro (La Rioja, España). De él se dice que fue un "varón santísimo".

Se cree que nació alrededor del año 443, viviendo durante años como anacoreta en los Riscos de Bilibio próximos a Haro. A él acudió el año 493 San Millán, para quien haría de maestro durante tres años, antes de que éste se dirigiese a los montes Cogollanos. Falleció en el año 520, siendo enterrado en el monte de Bilibio, donde permanecerían sus restos hasta que fueran trasladados en 1090 al Monasterio de San Millán de Yuso por el abad Blas y doce monjes, con los permisos de Alfonso VI y Lope Díaz de Haro.

En 1052 García Sánchez consagró el Monasterio de Santa María la Real de Nájera que el mismo había mandado construir. Tras esto quiso enriquecerlo trayendo los cuerpos de Santos de la comarca, pidiendo su aprobación a los obispos Sancho de Pamplona, García de Álava y Gómez de Burgos. Ese mismo año intentó trasladar el cuerpo de Felices, llegando a tal acuerdo con el obispo de Álava. Éste se dirigió a los Riscos de Bilibio acompañado de muchos caballeros pero cuando abrió la sepultura, sintió separarse del túmulo y se le torció la boca, tras lo que dio inicio una fuerte tormenta. Al parecer que el cielo se oponía al traslado se marcharon, pero parece que el obispo conservaría la deformación de su cara de por vida.

Cuenta Grimaldo que poco después de la conquista de Toledo (1085, realizada por el rey Alfonso VI de Castilla), el abad Blas del Monasterio de San Millán, habiendo leído en la vida de san Millán que su maestro san Felices había fallecido en el Castillo de Bilibio y que se encontraba allí sepultado en un terreno tan escabroso que no se le daba el culto que se merecía por su gran santidad, se decidió a trasladar las reliquias a su monasterio. No se sabe bien porqué, pasaron unos años hasta que continuó su iniciativa, solicitando permiso al señor del Castillo de Bilibio, Lope Íñiguez. Éste les indicó que el permiso deberían solicitarlo al rey Alfonso VI, a quien pertenecía el castillo. Al preguntarle a este contestó:

Paréceme padre Abad negocio grave y dificultoso inquietar ni mover el cuerpo de un Santo; pero porque no parezca que soy contrario a tan justos deseos id con la bendición de Dios y si os place trasladad el Cuerpo de San Felices como lo deseáis y si en esto sucediese algún mal suceso o infortunio no se me cargue a mi la culpa que desde aquí me desligo a esta traslación.

Poco después el abad junto con doce monjes se dirigieron hacia Bilibio. Así el 6 de noviembre de 1090[5] la guardia del castillo, previo permiso de Lope, les abrió las puertas y por la dura pendiente subieron hasta un gran llano sobre la cumbre donde dijeron una misa. Después se dirigieron a la sepultura de Felices, que se encontraba en la punta de una peña, a la parte del oriente, delante del altar de la ermita fundada en aquel lugar en una cuevecilla hecha a pico de cantero con algunas labores de cantería para adorno. Rota la bóveda de ésta, encontraron un ataúd de madera que contenía el cuerpo. Al descubrirse el túmulo indica que salió una exquisita fragancia (Hergueta indica que el olor podría deberse a que antiguamente junto a los cuerpos se enterraban vasijas con aromas). Envolvieron las reliquias en paños muy limpios y las llevaron con éxito al Monasterio de San Millán de Suso.[6] El traslado debió aumentar la fe en este Santo, puesto que varios son los milagros documentados ocurridos a personas que se dirigieron a él en rogativa

sábado, 5 de enero de 2013

El crimen de la calle de las Beatas

Un asesinato en la capital de España se convirtió en la comidilla de Madrid el año 1776. Más que la muerte en sí, lo que sorprendió a propios y extraños fue quién cometió el crimen.
Es verano en el Madrid de 1776. Un vecino del centro de la capital, un guarda para más señas, decide dar un paseo con su esposa e hija después de la cena. Pero algo trastoca la tranquilidad de familia. La noche estival resulta muy agradable, hasta que se detienen en la popular calle las Beatas. A lo lejos contemplan un bulto informe. Se acercan. Un hombre está tendido en el suelo, cubierto de sangre.
Al rato, los médicos trasladados al lugar dictaminaron que el individuo había fallecido tras una certera puñalada en el mismo corazón. Algunos vecinos identificaron el cadáver. El hombre vivía en la zona. Se llamaba Diego y era un humilde hortelano, para nada escandaloso, casado, con dos hijos muy pequeños, y con fama, aparentemente bien merecida, de absoluta honradez. No parecía que la muerte se debiera a un ajuste de cuentas o a enfrentamientos del "hampa" capitalina. Las investigaciones comenzaron entre los vecinos. Pero poco sabían. Así que el alcalde mayor, responsable de la investigación, decidió seguir la única evidencia existente: el reguero de sangre que partía del cadáver. La sangre trasladó a los investigadores hasta una de las iglesias más importantes del Madrid de la época, la Parroquial de San Sebastián. No era extraño. Por aquel entonces era habitual que los criminales se acogieran la protección eclesiástica, y escondiesen sus asesinatos en la intimidad de una iglesia. El alcalde mayor logró acceder al templo, y después de muchas trabas por parte de sus inquilinos, descubrió con la ayuda de testigos de dentro quién había entrado, raudo y ensangrentado a la parroquia. Sorprendentemente, se traba de un sacerdote. Y estaba escondido en el coro de la iglesia. Sin apenas resistencia fue detenido y encerrado en la cárcel real.
Al día siguiente de la detención, todo se aclaró. La viuda del asesinado, embarazada, superó el estado de ansiedad que la muerte de su marido le había provocado y pudo dar testimonio de lo que sabía. Su opinión era que el cura detenido había sido el asesino, pues se la tenía jurada a su esposo desde hacía unos cuantos días. Ocurrió que el sacerdote tenía una amante, de nombre Manuela, vecina del desdichado matrimonio. Y cierta noche, apenas dos semanas antes del luctuoso suceso, generando la pareja un bullicio extremo con gritos y serenatas, el finado les reprendió con unas palabras que hirieron hondamente al sacerdote, que juró venganza: "¡Qué buen cura! ¡Y mañana irá a celebrar! ", gritó el fallecido. Y el cura se guardó para sí estas palabras... Y las vengó a cuchilladas.
Fue la primera vez que la justicia civil actuó antes que la eclesiástica, y le condenó a muerte. Aquello despertó un gran escándalo en la capital, ya que, hasta entonces, en los muchos casos semejantes a este, para salvar el buen nombre de la todopoderosa Iglesia, se había decidido ocultar los crímenes, esconder al culpable y esperar un tiempo hasta que fuese olvidado. Sin embargo, grande era el poder eclesiástico, y enorme su influencia. Finalmente el rey Carlos III decidió intervenir y el clérigo homicida no sería condenado a morir. Con la Iglesia habían topado.

(Historia de Iberia Vieja)