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jueves, 30 de noviembre de 2017

La sala del Cordón - Segovia

Con este nombre designa el pueblo de Segovia una de las salas del hermoso Alcázar, orgullo de la ciudad. Sobre el origen de tal designación corre la siguiente leyenda: Regía los destinos de España aquel rey de grandes luces en la ciencia y breves y desdichados sucesos en la política y gobernación del reino. Alfonso X el Sabio visitaba Segovia hacia los años 1260. El pueblo se hacía lenguas de la gran sabiduría de su señor, cosa que ya por entonces se había hecho proverbial. Por las calles soleadas, después de comer, solían reunirse grupos de vecinos que comentaban las nuevas venidas no se sabe cómo, o contaban historias relativas al rey, cuya presencia había conmovido a todos, chicos y grandes.
«Os digo que lo sé de buena tinta. Me lo ha dicho la Mari Pérez, que va a llevar las verduras al Alcázar. Ella lo oyó de labios de un paje», decía una vieja. «Mas no lo creo, tía -contestaba una robusta moza-; ¡tan gran blasfemia en labios de un rey tan piadoso!» Al oír la palabra «blasfemia», un fraile que por allí pasaba se detuvo y, dirigiéndose a las mujeres, les dijo: «¡Qué habláis vosotras de blasfemia! Callad las lenguas, y no habléis de esas cosas, si no queréis que os castigue Dios». «Pero, fray Antonio -contestó la más decidida, si vos también tenéis que saberlo. Se dice y asegura que nuestro señor y rey Alfonso es tan gran sabidor de las cosas del cielo y de la tierra, que ha dicho en varias ocasiones que si al hacer el mundo Dios le hubiese preguntado su parecer, él lo habría ordenado de muy otra manera.» «¡Válgame la Santa Virgen! ¿Es posible esto?-exclamó escandalizado el religioso-. No creo que ello sea cierto, pero voy a seguir el camino más derecho para enterarme.» Quedaron asombradas las buenas mujeres, y él se dirigió al Alcázar; y llegado allí pidió ser recibido en audiencia por el rey.
La fama de fray Antonio de Segovia era grande, y así, fue introducido sin demora hasta la estancia en donde el rey, con su astrolabio recién traído de Córdoba, estaba entretenido. «Dios os guarde, fray Antonio -le dijo—, ¿qué os trae por aquí?» «Señor -contestó el fraile-, una mala especie que corre por ahí os atribuye una terrible blasfemia contra el Altísimo.» Y a continuación le contó lo que había oído, suplicándole que si era cierto, se confesase de tan gran pecado.
El rey, que lo había oído, acariciando el astrolabio, exclamó, lleno de indignación: «¡Ah frailezuco!, ¿a tu señor te atreves? No sois vos quién para venir a exigirme cuentas de lo que he dicho ni lo que he dejado de decir. Yo sé del orden de los mundos, y tú apenas del rezo de tu breviario». Y con estas y otras indignadas imprecaciones lo despidió de su presencia. El pobre fraile salió muy entristecido.
Mas apenas se había alejado del Alcázar, cuando unos oscuros nubarrones cubrieron el cielo. Saltó un relámpago y se desencadenó una terrible tormenta. La lluvia batía feroz los tejados de las casas y las calles; las estrellas caían entre terribles estallidos, y nadie recordaba una tormenta tan espantosa. En el Alcázar estaba Alfonso en la cámara de su esposa, quien temerosa de Dios, rezaba. De pronto un rayo, que hendió como una gigantesca espada de fuego el techo del Alcázar, penetró en la cámara real, destrozando algunos muebles, mas dejando ilesas a las reales personas. Alfonso comprendió claramente que la tormenta y el rayo habían sido un castigo y un aviso de la divinidad, y envió, presuroso y arrepentido, a uno de sus criados a buscar al pobre fraile a quien tan duramente tratara unas horas antes. Y al presentarse fray Antonio, se echó a sus pies, pidiendo que le oyera en confesión. Entonces la tormenta se desvaneció, quedando limpio el cielo y tranquilos los segovianos.
Más tarde se restauró la estancia real, que había quedado ennegrecida, y como recuerdo del fraile, que era franciscano, se puso en torno de la bóveda el cordón de san Francisco, que quedó allí durante mucho tiempo.
Y tal es la razón por la que esa estancia recibió el nombre de sala del Cordón. Tal lo cuentan aún los segovianos.

(Vicente García de Diego)

martes, 17 de octubre de 2017

La maldición del infante rebelde y los testamentos del rey

Las graves acusaciones que había vertido Sancho contra su padre justificando su incapacidad para gobernar fueron respondidas convenientemente por Alfonso X. No olvidemos que el infante había comentado "que el rey está demente y leproso, que es falso y perjuro en muchas cosas, que mata a los hombres sin causa, como mató a don Fadrique y a don Simón". Tales palabras fueron contestadas por el monarca de forma enérgica el 8 de noviembre de 1282, medio año después de los sucesos, con esta sentencia: "Por consiguiente, dado que el sobredicho Sancho nos causó impíamente las graves injurias indicadas y muchas otras que sería largo escribir y referir, sin temor alguno y olvidando de todo punto la reverencia paterna, lo maldecimos, como digno de la maldición paterna, como reprobado por Dios y como digno de ser vituperado por todos los hombres, y viva siempre en adelante víctima de esta maldición divina y humana, y lo desheredamos a él mismo como rebelde contra nosotros, como desobediente, contumaz, ingrato, más aún hijo ingratísimo y degenerado (...)"
Curiosamente un año después (8 de noviembre de 1283), Alfonso X firmaba su testamento en Sevilla con su sello personal, un texto autobiográfico, literario, expresivo y muy duro contra su hijo que dejaba zanjada la discusión del heredero a la corona. Ni derecho tradicional ni nueva legislación, el testamento dejaba fuera de la línea de sucesión a todos sus hijos varones y apostaba por el mayor de sus nietos, es decir, por el infante Alfonso de la Cerda, decisión no deseada por el monarca pero única salida para solucionar el contencioso. No había más opciones aunque el rey, previsor como el que más, introdujo una cláusula inviable y alejada de toda lógica según la cual, en caso de fallecimiento del heredero —aún muy joven— se haría cargo de Castilla el rey de Francia: "porque viene derechamente de línea derecha de donde venimos".
Poco antes de morir, Alfonso X retocó el testamento (10 de enero de 1284) con una segunda revisión o codicilo (disposición de última voluntad) conmovedor donde explicaba el destino de sus pertenencias.
Sus restos mortales serían enterrados en la iglesia de Santa María la Real de Murcia y su corazón en el monte Calvario de Jerusalén, una voluntad no respetada pues su cuerpo fue trasladado a la catedral de Sevilla y su corazón a la de Murcia. El encargado elegido para ejecutar los traslados fue el maestre del Temple Juan Fernández, beneficiado con el caballo y las armas del rey y una suma de mil marcos de plata para misas por su alma cantadas en el Santo Sepulcro. Sus libros y objetos personales más preciados serían enterrados con su cuerpo, entre ellos el Espejo Universal las Tablas Alfonsíes, las Cantigas, el Setenario. Nada de ello se cumplió.
El 23 de marzo de 1284, poco antes de morir, Alfonso X envió al papa una carta comunicándole la intención de perdonar al infante Sancho como recoge su Crónica, aunque el documento en cuestión nunca ha aparecido. 
El día 4 de abril fallecía el rey en Sevilla y con él se cerraba uno de los periodos más gloriosos de la cultura española, sólo equiparable al Siglo de Oro de nuestras letras. Terminaba la Reconquista y el esfuerzo por alcanzar la integración de todos los pueblos peninsulares, judíos, moros y cristianos. No hay duda de que fue un gran rey, un rey desgraciado, sí; desacertado a veces, también; contradictorio, polifacético, pero un rey que ha pasado a la historia con letras mayúsculas que se adelantó a su tiempo en más de un siglo. En definitiva, un rey sabio.

(Javier Leralta)

viernes, 19 de febrero de 2016

Doña María de Molina - Madre y abuela regente

Nació hacia 1265 y falleció en 1321. Reina de Castilla y León (1284-1295). Hija del infante Alfonso de Molina y nieta de Alfonso IX de León, en 1281 contrajo matrimonio sin la preceptiva dispensa canónica con su primo Sancho, hijo de Alfonso X el Sabio y heredero del trono castellano tras la muerte de su hermano mayor Fernando (1275).
En 1284, la muerte de Alfonso X el Sabio dio paso a la proclamación de Sancho IV como soberano de Castilla y León y, en consecuencia, a la coronación de María de Molina como reina. El reinado de Sancho IV de Castilla fue corto, puesto que el monarca murió en 1295, dejando un heredero de apenas nueve años, Fernando IV.
La dudosa legitimidad de éste, fruto de un matrimonio entre primos contraído sin dispensa, provocó una cruenta guerra civil en Castilla y León, que enfrentó a los partidarios del joven soberano, proclamado rey en Toledo tras los funerales de su padre, contra sus ambiciosos tíos, los infantes Juan y Enrique, y contra los infantes de la Cerda, sus primos, apoyados por Jaime II de Aragón y Dionís de Portugal, cuyas tropas penetraron en territorio castellano (1296).
Únicamente la tenacidad y la habilidad política de María de Molina, nombrada regente en el testamento de Sancho IV, permitieron rechazar la invasión extranjera, conjurar la crisis interna y afirmar los derechos de Fernando IV sobre el trono castellano, una vez que hubo llegado a Castilla la bula pontificia que legitimaba el matrimonio de María de Molina, seis años después de haber enviudado (1301).
En el año 1312, sin embargo, la prematura desaparición de Fernando IV abrió un nuevo ciclo de luchas civiles y obligó a María de Molina a hacerse cargo de la regencia de su nieto Alfonso XI, responsabilidad que compartió con los infantes Pedro y Juan y que mantuvo hasta su muerte.

(Biografías y vidas)

miércoles, 18 de febrero de 2015

El Tratado de Almizra

El Tratado de Almizra es un pacto de paz firmado el 26 de marzo de 1244 entre la Corona de Aragón y el Reino de Castilla que fijó los límites del Reino de Valencia. Lo acordaron Jaime I de Aragón y quien más tarde sería su yerno, el infante Alfonso de Castilla y futuro rey Alfonso X el Sabio. 
En el tratado se estipuló que las tierras al sur de la línea Biar-Busot quedaran reservadas a Castilla.
Este nuevo pacto se origina en el constante incumplimiento por ambas partes de los anteriores tratados, el Tratado de Tudilén (1151) y el Tratado de Cazola (1179); concretamente la cláusula que ambas partes vulneran es la siguiente: Que ninguno de los dos quite o disminuya al otro algo de la parte a cada uno asignada, ni de otro modo uno de los dos maquine astutamente algún obstáculo contra la ya dicha división; cláusula con la que reforzaban los acuerdos.
Jaime I vulnera esta cláusula al conquistar Caudete, Villena y Sax, que al estar al otro lado del puerto de Biar, correspondían a Castilla; y el infante D. Alfonso también lo hizo al pretender Játiva que correspondía a la corona de Aragón.

(Wikipedia)