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lunes, 24 de junio de 2019

Las casonas montañesas

Poco a poco, a lo largo de los siglos XVI y XVII, a partir de este tipo de casa se irá configurando un modelo paradigmático de la arquitectura tradicional del campo de Cantabria, que adquiere toda su notoriedad a finales de este último siglo, cuando fragüe un modelo de la arquitectura tradicional de la región que continúa siendo dominante en nuestros días. Se trata de una casa de planta rectangular, con cubierta a dos aguas y caballete paralelo a la fachada, la cual, orientada al mediodía o al saliente, se hallará preferentemente en uno de los lados mayores. El balcón o solana, cubierto por un alero prolongado, se apoya en poderosos cortafuegos de sillería que enmarcan un soportal o estragal.
El balcón y el soportal se convertirán en espacios fundamentales de la casa campesina, tanto por su contribución a la realización de los quehaceres domésticos como por su función de canalización de la socialbilidad.
Este tipo de casa se presenta en la actualidad extendido por las tierras bajas y medias de la región, combinado en ocasiones con diversas variantes, entre las que destacan las casas abuhardilladas, las casas de balcón entre muros cortafuegos de ménsulas molduradas, las casas en las que el balcón se apoya sobre machones laterales y las casas de balcón volado. En este último caso, el estragal desaparece, convirtiéndose el espacio que se halla bajo la balconada en un zaguán abierto. En el siglo XIX se introdujo en el campo de Cantabria una novedad, compatible con todos los tipos anteriores, consistente en transformar las balconadas en galerías acristaladas, tomando como referencia los modelos imperantes en espacios urbanos y semiurbanos.

El Diario Montañés

viernes, 20 de julio de 2018

Isla de San Pedruco - Noja

También hay una ermita en San Pedro (Noja). La de San Pedruco, frente a la playa del Ris, a la vista de los que toman el sol. O Escuela de Deportes Náuticos en la isla de la Torre (en la bahía), que más de uno llama por error de los ratones. A esa han llegado en los días de marea baja generaciones de críos santanderinos aventureros que se tiraban de cabeza cuando no miraban sus padres desde el viejo embarcadero de la playa de La Magdalena, junto al balneario. Sarnosa, de los Conejos (o Conejera), Casilda, de la Oliva, Solita, las de la ensenada de Oriñón.
Rastrear en los pueblos el origen de los nombres de las rocas es un ejercicio de antropología sobre el terreno.

(El Diario montañés)

viernes, 27 de mayo de 2016

Las siete ciudades perdidas de Cíbola

Cuenta la leyenda que en plena invasión musulmana de la península ibérica, siete obispos huyeron a Mérida cargados con extraordinarios tesoros. Sin embargo, la ciudad extremeña también fue sitiada por las tropas mahometanas. Los religiosos no podían permitir que esas riquezas cayeran en manos de un enemigo que controlaba todo el país. La única solución era marcharse lejos y poner a salvo el importante cargamento. Los siete obispos lograron escapar y atravesar el Atlántico hacia tierras desconocidas. Allí, en un lugar rodeado de bisontes -también llamados cíbolos- fundaron siete ciudades majestuosas, donde el oro brillaba por doquier gracias a las riquezas salvadas.
Este mito circulaba entre los aventureros y exploradores españoles que partían al ‘Nuevo Mundo’ ávidos de fama y fortuna en el siglo XVI. Una de esas expediciones, de la que se cumple ahora su aniversario, fue la capitaneada por Pánfilo de Narváez. Aunque su objetivo no era encontrar los tesoros perdidos, los avatares de la marcha la convirtieron en la mayor difusora de la leyenda de las siete ciudades de Cíbola.
Narváez partió junto a 600 hombres y cinco buques de Cádiz en abril de 1527. Tenía la orden del emperador Carlos V de conquistar Florida. Un año después llegaron a Tampa y se adentraron por un territorio desconocido. Narváez, como todo explorador de la época, buscaba oro y riquezas. Pero los resultados en ese sentido fueron decepcionantes. Además, los enfrentamientos con los nativos eran frecuentes. Al final, desesperado y cansado de pisar un territorio hostil, Narváez decidió marchar hacía México. Pero las cosas se torcieron cuando las embarcaciones naufragaron cerca de la isla texana de Galveston. Toda la tripulación desapareció salvo cuatro hombres: Álvar Núñez Cabeza de Vaca, segundo de Narváez, Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes de Cerranza y un esclavo africano llamado Esteban. Era el seis de noviembre de 1528 y comenzaba la leyenda.
Los cuatro recorrieron los territorios fronterizos entre Estados Unidos y México durante ocho años. Para evitar los ataques, se apartaron de la costa, donde eran más vulnerables. En ese tiempo alternaron momentos de colaboración con los indígenas con otros de fuertes encontronazos. Pero en su cabeza sólo había una idea: encontrar las míticas ciudades de oro, cuya historia habían oído por boca de los mismos nativos. Su búsqueda les llevó a pisar territorios ignotos para el hombre occidental. Fueron los primeros en caminar por Texas, Nuevo México o Arizona.
El regreso
En abril de 1537, exhaustos tras sufrir todo tipo de penalidades, regresaron a Nueva España con las manos vacías. Aunque no del todo. Cabeza de Vaca recogió las vivencias de esos años en un libro titulado ‘Naufragios’. En el relato de los acontecimientos se hacía bastante hincapié en los testimonios de los nativos hablando sobre la majestuosidad de las siete ciudades de Cíbola. La fama y admiración por su gesta permitieron a Cabeza de Vaca realizar una segunda expedición a Paraguay, donde fue el primer europeo en contemplar las cataratas del Iguazú.
Pero el mito de Cíbola había calado en numerosos aventureros. El gobernador de Nueva España organizó una expedición capitaneada por el franciscano Marcos de Niza. En ella participó Esteban, convencido de encontrar el lugar exacto de las míticas ciudades. Pero una vez más, chocaron con la realidad. Cuando creyeron estar cerca de su objetivo, un ataque indígena diezmó las fuerzas españolas e hizo fracasar la expedición. Otros ‘hombres de fortuna’ intentaron encontrar Cíbola en siglos posteriores con idéntico resultado. El tesoro sigue a buen recaudo.

(El Diario Montañés)