Pere Sastre Obrador, más conocido como Pere de Son Gall (Llucmajor, 1895 - Llucmajor, 1965) fue un inventor mallorquín de formación autodidacta con conocimientos de matemáticas, física y dibujo técnico.
Diseñó un prototipo de vehículo similar a un helicóptero al que llamó Cometagirovión. Envió el diseño de su aparato al ministro Juan de la Cierva y Peñafiel que no vio interés en el proyecto.
Curiosamente su hijo, Juan de la Cierva y Codorniu, presentó un año después un invento muy similar al que denominó autogiro.
(Wikipedia)
De todo un poco. Leyendas, tradiciones e historias curiosas de todas las regiones de España. Unas son verdad y otras no tanto.
Selección
jueves, 14 de junio de 2012
domingo, 29 de abril de 2012
La noche que mataron a don Suero
En Marzo de 2008 publiqué la historia del “paso honroso” que don Suero de Quiñónes y sus compañeros protagonizaron en Puente de Orbigo.
Muchos años más tarde de la hazaña que entonces os relataba, empezaron a repicar en la historia leonesa las campanadas de la alevosa muerte de don Suero de Quiñones. Quedaba ya muy lejano el palenque del Puente y lo que no ocurrió entonces de un modo gallardo sucedió sombríamente el 11 de Julio de 1458. Las voces de muerte sonaron aquella noche, en la gran campera que se extiende entre Barcial de la Loma y Castroverde, hoy villas de Valladolid y Zamora, respectivamente, mucho más allá de Laguna de Negrillos, donde los Quiñones tenían un castillo construido a finales del siglo XIII.
Don Suero de Quiñónes fue a morir de un modo alevoso, siendo todavía hombre fuerte aunque cano, a manos de la mala fe, en la oscuridad de la noche.
Los antecedentes del hecho has que buscarlos mucho tiempo atrás, en el mes de julio de 1434. La casa de don Alvaro de Luna, el poderoso Condestable, conoció la presencia del joven caballero don Suero de Quiñones. Allí se había criado de muchacho y supo de todo su ambiente, donde las justas y torneos, las fiestas y otras alegrías de lujo formaban parte integrante del aparato palatino. Así nació la gallardía romántica y aventurera de su juventud y allí fue, precisamente, donde se abrazaron dos historias encontradas. Cuéntase que la noche que mataron a don Suero apareció en escena don Gutierre de Quijada. Este personaje se titulaba señor de Villagarcía de Campos. Había vivido y peleado junto a don Suero en tierras de Andalucía donde ya le nació la hostilidad, o por mejor decir la rivalidad hacia su compañero de armas.
De don Gutierre de Quijada se dice también que fue antecesor del mayordomo del rey Carlos I, el coronel don Luis de Quijada, el tutor de «Jeromín» (don Juan de Austria, el de Lepanto), que asimismo vivió en Villagarcía.
Llegó la noche del 11 de julio de 1458. La noche que mataron a don Suero de Quiñones, el célebre caballero leonés Don Gutierre de Quijada había intentado cometer anteriormente tal villanía, primero en Laguna de Negrillos, luego en Santa Elena deJamuz... y no lo consiguió. Por fin supo que don Suero se dirigía hacia Tordesillas. Fue el momento propicio después de tan largos años de espera.
En aquel despoblado lleno de nocturnidad, el Quijada y los suyos le salieron al encuentro. El cuerpo de don Suero, roto a cuchilladas se derrumbó al suelo. Allí quedó, cara al cielo, el famoso leonés del «Paso Honroso». Tenía 52 años.
(Resumen de "Tradiciones leonesas" de Máximo Cayón Waldaliso)
Clara del Rey
Clara del Rey (1765-1808) fue una heroína madrileña, muerta durante los sucesos del 2 de mayo de 1808, en el Parque de Artillería de Monteleón. Había nacido el 11 de agosto de 1765 en Villalón de Campos (Valladolid), hija de Manuel del Rey y de Teresa Calvo.
Estuvo animando y ayudando a los defensores junto a su marido y tres hijos. Parece ser que murió por la metralla de una bala de cañón que le alcanzó en la frente. Clara del Rey figura entre las víctimas del 2 de mayo identificadas en el Archivo Municipal de Madrid, donde consta que "deja dos hijos solteros", por lo que es de suponer que en el Parque de artillería Monteleón también murieron su marido y uno de sus hijos.
Fue enterrada en el cementerio de la Buena Dicha, situado en el hospital del mismo nombre, hoy en día desaparecido y que estaba ubicado en las proximidades de la Gran Vía de Madrid, entre las calles Libreros y Silva. En la fachada de la iglesia de la Buena Dicha (C/Silva,25) tiene Clara del Rey una lápida conmemorativa. Madrid dedicó a su memoria una calle.
Estuvo animando y ayudando a los defensores junto a su marido y tres hijos. Parece ser que murió por la metralla de una bala de cañón que le alcanzó en la frente. Clara del Rey figura entre las víctimas del 2 de mayo identificadas en el Archivo Municipal de Madrid, donde consta que "deja dos hijos solteros", por lo que es de suponer que en el Parque de artillería Monteleón también murieron su marido y uno de sus hijos.
Fue enterrada en el cementerio de la Buena Dicha, situado en el hospital del mismo nombre, hoy en día desaparecido y que estaba ubicado en las proximidades de la Gran Vía de Madrid, entre las calles Libreros y Silva. En la fachada de la iglesia de la Buena Dicha (C/Silva,25) tiene Clara del Rey una lápida conmemorativa. Madrid dedicó a su memoria una calle.
Etiquetas:
Comunidad Madrileña,
Madrid
Itzaro
En la bahía de Bermeo a Ogoño, acostado sobre el mar azul, como un viejo monstruo dormido, se alza el solitario islote de Itzaro. Miles de gaviotas tienen allí el nido. Restos de construcciones, una escalera tallada en la roca, alguna gruta aislada, y, sobre todo, la leyenda, parecen decirnos que alguna vez fue habitado. Y dicen las viejas que los habitantes fueron unos monjes blancos, que allí, de cara al mar, con el espíritu exaltado en la contemplación infinita, fueron entregando, uno a uno, sus almas, santificadas por la penitencia y la oración, a los brazos acogedores del Señor.
Pero hubo uno, allá por los siglos IX o X, que, refugiado en aquel lugar, por huir de un amor imposible, encontró la muerte sin haber pronunciado votos y sin que las exhortaciones de los santos compañeros y del mismo abad hubieran podido apartarle de su voluntario y trágico destino.
Y cuentan que fue así:
Una noche de invierno, oscura, con las olas encrespadas por el huracán, el hermano portero, que se ocupaba de recibir las provisiones que los bermeanos caritativos enviaban al cenobio, creyó distinguir, entre el ruido del mar chocando contra el acantilado, gritos de auxilio. Bajó la escalerilla que conducía al embarcadero, y encontró a un hombre agonizante, heridas las manos al asirse para buscar apoyo en las rocas, rotos sus vestidos, aterido de frío, con un golpe en el cráneo, magullado por el choque con las peñas.
Dio aviso el buen hermano, y toda la comunidad bajó en su ayuda. Le cuidaron, le curaron y, sobre todo, dieron asilo al cuerpo y serenidad al alma. Él contó su historia: el amor imposible por una mujer. El desafío con el hermano de ella, terminado en la muerte. La huida en la noche, con el temporal propicio; la rotura del bote y los remos, y su caída brutal contra las rocas. Los frailes, compadecidos, trataron de hacerle olvidar el triste pasado. Allí, mirando el cielo, la penitencia y la soledad le harían ir expiando poco a poco sus culpas.
Y pasaron los meses. Una mañana, al recoger las limosnas que mandaban los cristianos vecinos, venía una mujer en el bote, enlutada, cubierta con un tupido manto. El nuevo acogido bajó a ayudar al portero, y la mujer descubrió el rostro. Todos sus buenos propósitos se vinieron al suelo; se acercó a ella y le propuso volver a verse. Quedaron en que todas las noches ella pasearía por la playa más próxima, con una luz en la mano. Y él llegaría nadando.
Así fue. En cuanto la última luz del crepúsculo desaparecía, él bajaba; se despojaba del hábito, que por caridad le habían proporcionado los frailes, sin tener derecho ninguno a vestirlo, y se lanzaba al mar. En la orilla, la luz parpadeante de la nueva Hero lo atraía al horrible abismo.
Durante muchos meses las entrevistas se repitieron. Pero un día alguien siguió a la mujer. La descubrieron en la playa y la atravesaron con la espada vengadora. De su mano, rígida por la muerte, arrancaron la linterna. Y el hombre llegó, ciego, a caer fatalmente en su destino. Allí mismo fue asesinado. Los dos cadáveres fueron arrojados al mar con una piedra al cuello.
Los monjes blancos, horrorizados, fueron a otro lugar más apacible. Pero aún se oyen, en las noches tormentosas del Cantábrico, los lamentos quejumbrosos de las dos almas en pena, atormentadas por los remordimientos, por su amor imposible, trocado en odio, y el engaño vergonzoso de su conversión.
Y dicen que es cierto y que a veces se ven sus figuras ahogadas, errantes en el mar.
(LEYENDAS DE ESPAÑA de Vicente García de Diego)
Pero hubo uno, allá por los siglos IX o X, que, refugiado en aquel lugar, por huir de un amor imposible, encontró la muerte sin haber pronunciado votos y sin que las exhortaciones de los santos compañeros y del mismo abad hubieran podido apartarle de su voluntario y trágico destino.
Y cuentan que fue así:
Una noche de invierno, oscura, con las olas encrespadas por el huracán, el hermano portero, que se ocupaba de recibir las provisiones que los bermeanos caritativos enviaban al cenobio, creyó distinguir, entre el ruido del mar chocando contra el acantilado, gritos de auxilio. Bajó la escalerilla que conducía al embarcadero, y encontró a un hombre agonizante, heridas las manos al asirse para buscar apoyo en las rocas, rotos sus vestidos, aterido de frío, con un golpe en el cráneo, magullado por el choque con las peñas.
Dio aviso el buen hermano, y toda la comunidad bajó en su ayuda. Le cuidaron, le curaron y, sobre todo, dieron asilo al cuerpo y serenidad al alma. Él contó su historia: el amor imposible por una mujer. El desafío con el hermano de ella, terminado en la muerte. La huida en la noche, con el temporal propicio; la rotura del bote y los remos, y su caída brutal contra las rocas. Los frailes, compadecidos, trataron de hacerle olvidar el triste pasado. Allí, mirando el cielo, la penitencia y la soledad le harían ir expiando poco a poco sus culpas.
Y pasaron los meses. Una mañana, al recoger las limosnas que mandaban los cristianos vecinos, venía una mujer en el bote, enlutada, cubierta con un tupido manto. El nuevo acogido bajó a ayudar al portero, y la mujer descubrió el rostro. Todos sus buenos propósitos se vinieron al suelo; se acercó a ella y le propuso volver a verse. Quedaron en que todas las noches ella pasearía por la playa más próxima, con una luz en la mano. Y él llegaría nadando.
Así fue. En cuanto la última luz del crepúsculo desaparecía, él bajaba; se despojaba del hábito, que por caridad le habían proporcionado los frailes, sin tener derecho ninguno a vestirlo, y se lanzaba al mar. En la orilla, la luz parpadeante de la nueva Hero lo atraía al horrible abismo.
Durante muchos meses las entrevistas se repitieron. Pero un día alguien siguió a la mujer. La descubrieron en la playa y la atravesaron con la espada vengadora. De su mano, rígida por la muerte, arrancaron la linterna. Y el hombre llegó, ciego, a caer fatalmente en su destino. Allí mismo fue asesinado. Los dos cadáveres fueron arrojados al mar con una piedra al cuello.
Los monjes blancos, horrorizados, fueron a otro lugar más apacible. Pero aún se oyen, en las noches tormentosas del Cantábrico, los lamentos quejumbrosos de las dos almas en pena, atormentadas por los remordimientos, por su amor imposible, trocado en odio, y el engaño vergonzoso de su conversión.
Y dicen que es cierto y que a veces se ven sus figuras ahogadas, errantes en el mar.
(LEYENDAS DE ESPAÑA de Vicente García de Diego)
domingo, 18 de marzo de 2012
El Papamoscas - Burgos
Papamoscas es el apodo con el que popularmente, se conoce un famoso artilugio del siglo XVI, que marca las horas en la catedral. Está situado en la nave de la izquierda, según se entra por la fachada principal, por encima del triforio, y representa a una figura humana de rostro grotesco y peculiar tocado, que emerge desde el talle sobre la esfera de un reloj.
Viste una especie de casaca roja, abotonada delante, con amplio cuello terminado en puntas y ceñido por cinturón verde. Con la mano derecha sostiene un papel de música y hace sonar la campana al paso de las horas, mientras abre y cierra la boca. Los cuartos de hora los marca su ayudante, el Martinillo, una figura más pequeña y de cuerpo entero que espera sobre un pequeño balcón entre dos campanas. Con un martillo en cada mano da uno, dos o tres golpes, según sea el cuarto, la media o los tres cuartos, y cuatro golpes antes de la hora que entona, con sonido más grave, el Papamoscas
Viste una especie de casaca roja, abotonada delante, con amplio cuello terminado en puntas y ceñido por cinturón verde. Con la mano derecha sostiene un papel de música y hace sonar la campana al paso de las horas, mientras abre y cierra la boca. Los cuartos de hora los marca su ayudante, el Martinillo, una figura más pequeña y de cuerpo entero que espera sobre un pequeño balcón entre dos campanas. Con un martillo en cada mano da uno, dos o tres golpes, según sea el cuarto, la media o los tres cuartos, y cuatro golpes antes de la hora que entona, con sonido más grave, el Papamoscas
Torre de los Ponce - León
León fue llamada, en otros tiempos, "la Ciudad de las Torres". Sólo queda la famosa «Torre Cuadrada» o «Torre del Obispo», o «Torre de los Ponce»; torre milenaria, de origen medieval.
Torre capitana de todas las atalayas que defendían León en los siglos de la Reconquista, que resistió los asaltos, las devastaciones y los embates de los hombres y se mantiene, fuerte y altiva. Es la última torre, el último baluarte que queda de la muralla antigua después de la destrucción de León por Almanzor. Todavía anda entre sus muros la sombra del célebre conde gallego Guillén González, que con el rey Bermudo II, la reina Velasquita, «señora de alta calidad», como dice Risco, y aquel génio de la guerra y de la destrucción que se llamó Almanzor, forman un cuadro de personajes memorables de aquellos calamitosos tiempos en que en León apenas quedó una piedra en pie.
Llegó la primavera del año 988 y Almanzor cruzó el ño Astura (el Esla) con un poderoso ejército y se lanzó contra los leoneses buscando con codicia la conquista de la más preciada capital del reino cristiano, León, y cercándola por sus cuatro costados la sometió a un sitio de hierro implacable, exterminador. El rey Bermudo II, «El Gotoso», estaba
enfermo de gota. No vamos a entrar en mayores pormenores. Viéndose incapacitado para defender la ciudad del desvastador asedio, encarga la defensa de León al famoso conde galaico Guillén González. Brava fue la resistencia.
Los tremendos muros que habían edificado los romanos siglos antes para protegerse de los fieros «hispani», aguantaban todas las embestidasde los musulmanes. El conde Guillén, que era el alma
de aquella defensa numantina, alentaba y enardecía el temple y el valor de aquellos tos leoneses. Sus tropas espoleadas por el formidable botín que esperaban conseguir, arreciaban en el cerco y en los ataques. Pero fueron pasando los meses y los muros y las torres de León se mantenían firmes.
Al cabo de un año de feroz resistencia quiso la mala suerte que el conde Guillén se pusiera enfermo de gravedad, teniendo que retirarse a su mansión. Ya no podía recorrer la muralla, ni las torres, ni los cubos almenados para infundir moral a sus hombres. Era un grave contratiempo para las armas cristianas.
Cuando Almanzor supo la novedad de que el caudillo leonés, tan esforzado caballero como experto militar, se encontraba postrado en cama, ordenó a sus tropas un feroz y general ataque a las murallas legionarias. León coma gravísimo peligro y al punto mandó al conde Guillén de que se le levantase de la cama. Pero no podía tenerse en pie, en vista de lo cua! dispuso le vistieran todas sus armas y le llevaran en la
propia cama a los lugares de la lucha.
Junto al esforzado gallego, actuando como una enfermera y como una heroína, dando ánimos a todos, estaba una hermosa mujer. Era la
reina doña Velasquita, primera esposa del rey Bermudo I., Conducido el conde Guillén hacia la llamada Puerta de Occidente, todavía tuvo arrestos, para elevar la moral leonesa en la tremenda pelea. Así pasaron tres días. Combatiendo día y noche. Finalmente los asaltantes lograron abrir un gran boquete en el recinto amurallado de la puerta de Oriente y penetraron en León, atacando así, por la espalda, el reducto del conde.
La ciudad fue arrasada, quedando solamente en pie la llamada Torre de los Ponce porque derribarla suponía una obra muy costosa. Era demasiada torre para no quedar piedra sobre ella. Y se cuenta que Almanzor, furioso por aquel larguísimo asedio, dió muerte al conde en su propio lecho.
Por su parte, la reina Velasquita logró salvarse, pasando a Oviedo, donde estaba refugiado su esposo tiempo antes de iniciarse el cerco de León. Así terminó aquella sangrienta guerra entre cristianos y moros.
El conde Guillén, que con tanta pericia y valor defendió la ciudad, pasó con letras de oro a la historia leonesa y una calle hace perpetua su memoria.
(Resumen de "Tradiciones leonesas" de Máximo Cayón Waldaliso)
Torre capitana de todas las atalayas que defendían León en los siglos de la Reconquista, que resistió los asaltos, las devastaciones y los embates de los hombres y se mantiene, fuerte y altiva. Es la última torre, el último baluarte que queda de la muralla antigua después de la destrucción de León por Almanzor. Todavía anda entre sus muros la sombra del célebre conde gallego Guillén González, que con el rey Bermudo II, la reina Velasquita, «señora de alta calidad», como dice Risco, y aquel génio de la guerra y de la destrucción que se llamó Almanzor, forman un cuadro de personajes memorables de aquellos calamitosos tiempos en que en León apenas quedó una piedra en pie.
Llegó la primavera del año 988 y Almanzor cruzó el ño Astura (el Esla) con un poderoso ejército y se lanzó contra los leoneses buscando con codicia la conquista de la más preciada capital del reino cristiano, León, y cercándola por sus cuatro costados la sometió a un sitio de hierro implacable, exterminador. El rey Bermudo II, «El Gotoso», estaba
enfermo de gota. No vamos a entrar en mayores pormenores. Viéndose incapacitado para defender la ciudad del desvastador asedio, encarga la defensa de León al famoso conde galaico Guillén González. Brava fue la resistencia.
Los tremendos muros que habían edificado los romanos siglos antes para protegerse de los fieros «hispani», aguantaban todas las embestidasde los musulmanes. El conde Guillén, que era el alma
de aquella defensa numantina, alentaba y enardecía el temple y el valor de aquellos tos leoneses. Sus tropas espoleadas por el formidable botín que esperaban conseguir, arreciaban en el cerco y en los ataques. Pero fueron pasando los meses y los muros y las torres de León se mantenían firmes.
Al cabo de un año de feroz resistencia quiso la mala suerte que el conde Guillén se pusiera enfermo de gravedad, teniendo que retirarse a su mansión. Ya no podía recorrer la muralla, ni las torres, ni los cubos almenados para infundir moral a sus hombres. Era un grave contratiempo para las armas cristianas.
Cuando Almanzor supo la novedad de que el caudillo leonés, tan esforzado caballero como experto militar, se encontraba postrado en cama, ordenó a sus tropas un feroz y general ataque a las murallas legionarias. León coma gravísimo peligro y al punto mandó al conde Guillén de que se le levantase de la cama. Pero no podía tenerse en pie, en vista de lo cua! dispuso le vistieran todas sus armas y le llevaran en la
propia cama a los lugares de la lucha.
Junto al esforzado gallego, actuando como una enfermera y como una heroína, dando ánimos a todos, estaba una hermosa mujer. Era la
reina doña Velasquita, primera esposa del rey Bermudo I., Conducido el conde Guillén hacia la llamada Puerta de Occidente, todavía tuvo arrestos, para elevar la moral leonesa en la tremenda pelea. Así pasaron tres días. Combatiendo día y noche. Finalmente los asaltantes lograron abrir un gran boquete en el recinto amurallado de la puerta de Oriente y penetraron en León, atacando así, por la espalda, el reducto del conde.
La ciudad fue arrasada, quedando solamente en pie la llamada Torre de los Ponce porque derribarla suponía una obra muy costosa. Era demasiada torre para no quedar piedra sobre ella. Y se cuenta que Almanzor, furioso por aquel larguísimo asedio, dió muerte al conde en su propio lecho.
Por su parte, la reina Velasquita logró salvarse, pasando a Oviedo, donde estaba refugiado su esposo tiempo antes de iniciarse el cerco de León. Así terminó aquella sangrienta guerra entre cristianos y moros.
El conde Guillén, que con tanta pericia y valor defendió la ciudad, pasó con letras de oro a la historia leonesa y una calle hace perpetua su memoria.
(Resumen de "Tradiciones leonesas" de Máximo Cayón Waldaliso)
Barahona y las brujas
Barahona fue considerada durante mucho tiempo un foco de brujería. Testigo de ello es el Mojón-Confesionario de las Brujas [ver foto], una roca atravesada por un agujero y en cuya parte superior hay una cruz grabada. Supuestamente, las brujas metían la cabeza en el agujero para confesarse. Actualmente se encuentra en su ubicación original convenientemente señalizada.
Los Pozos Airones, también identificados con la brujería, son unos agujeros en la tierra capaces de tragar grandes cantidades de agua, por lo que todas las acequias de la zona van a dar a este lugar, que utilizan como sumidero. Cuenta la leyenda que los descritos agujeros eran hechos por las brujas golpeando repetidamente la tierra con el culo.
Varios acontecimientos dan fe que la tradición brujesca en Barahona no es una simple leyenda, ya que la localidad está recogida por la Inquisición en 1527 como un foco de brujería y aquelarres
Los Pozos Airones, también identificados con la brujería, son unos agujeros en la tierra capaces de tragar grandes cantidades de agua, por lo que todas las acequias de la zona van a dar a este lugar, que utilizan como sumidero. Cuenta la leyenda que los descritos agujeros eran hechos por las brujas golpeando repetidamente la tierra con el culo.
Varios acontecimientos dan fe que la tradición brujesca en Barahona no es una simple leyenda, ya que la localidad está recogida por la Inquisición en 1527 como un foco de brujería y aquelarres
Etiquetas:
Castilla y León,
Soria
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)






