domingo, 6 de julio de 2014

La Plaza Mayor de Madrid y sus nombres

La Plaza Mayor de Madrid, uno de los puntos más concurridos de la capital, no se ha llamado siempre así. De hecho sufrió frecuentes cambios en su denominación, sobre todo en el siglo XIX. Veamos:
15 de Agosto de 1812 – Se proclamó la Constitución, promulgada en Cádiz, a la que se llamó La Pepa. En el balcón de la Panadería se colocó una lápida con la inscripción “Plaza de la Constitución”.
11 de Mayo de 1814 – Dicha placa fué arrancada y hecha pedazos. En su lugar se colocó otra con el título “Plaza Real”.
Marzo de 1820 – Fué restablecida la placa constitucional.
24 de Mayo de 1823 – Se retiró la placa y se volvió a colocar la Real.
1835 – Con ocasión del motín contra el Conde de Toreno se cambia otra vez la placa por la de “Plaza de la Constitución”
12 de Febrero de 1873 – La plaza pasa a llamarse “de la República” y el 24 de Abril se añade “Federal” y se coloca una bandera roja a su lado.
3 de Enero de 1874 – Vuelve a llamarse “Plaza de la Constitución” y se sustituye la bandera roja por la nacional.

(“Madrid viejo” - Ricardo Sepúlveda)






sábado, 5 de julio de 2014

Las Ventas - Parada y fonda

Las ventas o paradores que surgieron en torno al arroyo del Abroñigal y la carretera de Aragón -como la de Salas, la de Viuda de Simón, la de San José, Ia del Segoviano, la de Muñoz, la del Espíritu Santo y otras más darían origen a la denominación de Ia barriada.
No es de extrañar la formación de la misma si tenemos en cuenta el trasiego continuo que había entre Madrid y Aragón y, sobre todo, con el pueblo de Alcalá de Henares, situado en la misma carretera, través de este camino, cargados en carretas, entraba los productos necesarios para el abastecimiento de madrileños, como leña, cereales, etc.
Debido a la horas que duraba el trayecto por las condiciones del transporte, los arrieros paraban antes de entrar en la Villa, bien para comer, descansar, o dar el pienso a las acémilas.
De todas estas ventas, la más grande y conocida era la del "ESPIRITU SANTO", que tenia portazgo; no obstante, algunos de sus clientes hubieran deseado no haberla conocido, como le sucedió al conductor del Correo de Aragón, Juan Nogués, que fue atracado junto a sus puertas.
El nombre de la Venta del Espíritu Santo procedía de la ermita próxima que tenia dicha advocación.

(Leyendas y anécdotas del viejo Madrid – Francisco Azorín)


viernes, 4 de julio de 2014

La campana de Huesca

Alfonso I el Batallador, poco antes de morir, hizo un extraño testamento. Como no tenía descendencia directa, legó sus reinos a las órdenes militares del Temple, del Sepulcro y del Hospital de Jerusalén. Esta donación no fue aceptada por las cortes del reino, que prefirieron escoger por rey a Ramiro, hermano de Alfonso, religioso profeso en el monasterio de Saint-Pons de Thomiéres desde hacía ya bastantes años.
Inmediatamente, y contando ya con la aceptación de Ramiro, solicitaron del Papa la dispensa del sacerdocio y de los votos religiosos del nuevo rey. El papa Inocencio II tardó en concederla, pues prefería que se diera cumplimiento al testamento del Batallador y se entregara el reino a las citadas órdenes. Por fin, después de poner una serie de condiciones, el Papa dio su autorización, y Ramiro pudo entonces casarse con Inés, hija de los condes de Poitiers. Pronto les nació una hija, que bautizaron con el nombre de Petronila. Un año después la comprometieron en matrimonio con el conde de Barcelona, Ramón, Berenguer IV.
Era natural, por otra parte, que Ramiro, más acostumbrado al monasterio que a la corte (había pasado en él cuarenta y un años), no supiera bien qué hacer para mantener el reino en calma. Envió un día, ya casi a la desesperada, un mensajero a su antiguo abad en Saint-Pons, pidiéndole consejo sobre cómo mantener a los magnates, que lo despreciaban, sumisos y obedientes. El abad llevó al mensajero a la huerta del monasterio y, cogiendo en sus manos una hoz, fue derribando y descabezando las más altas y preciosas plantas que allí tenían. Después de hecha estaoperación, le dijo que volviera a la corte y contara al rey lo que había visto.
Entendió Ramiro el consejo y, ese mismo año 1136, convocó las Cortes generales del reino en la ciudad de Huesca. Una vez reunidas éstas, en su discurso inicial, dijo, dirigiéndose a los ricos hombres y otros nobles, que era su plan hacer fundir una campana cuyo tañir había de resonar y oírse en todo el reino.
Él proyecto excitó la risa y burla de los grandes, que no captaron lo que el rey les quería dar a entender. Pasaron unos días y, para asistir a una ceremonia protocolaria, acudieron los nobles a palacio. En una habitación algo retirada había colocado el monarca a varios verdugos de su entera confianza, que, conforme iban entrando los nobles en la habitación, les iban cortando la cabeza de un solo golpe.
Pronto estuvieron sobre el suelo las cabezas de los más revoltosos y que más problemas y disgustos habían causado al monje-rey. A continuación y, para que sirviera de aviso, Ramiro hizo colgar las quince cabezas del techo de una bóveda, que durante muchos siglos después se solía enseñar a los que visitaban Huesca.
Sirvió esto de escarmiento a los demás nobles, que desde entonces y hasta la renuncia de Ramiro, un año después, se cuidaron bien de obedecer y respetar al rey.


(Leyendas y anécdotas de la Historia de España – Fco. Xavier Tapia)

jueves, 3 de julio de 2014

Wamba - Rey a la fuerza

Un punto débil del sistema político de los visigodos fue, sin duda, no haber logrado desarrollar un buen método para la sucesión al trono real. En teoría la monarquía era electiva, pero en la práctica el rey escogía a su sucesor.
No fue así en el caso de Wamba, uno de los mejores reyes que los visigodos dieron a España. Lo ocurrido con él ilustra lo que Confucio había dicho muchos siglos antes: «Los mejores gobernantes son aquéllos a los que hay que obligar a aceptar el puesto»
Wamba fue un buen gobernante y fue obligado a ser rey. Sucedió así.
A la muerte de Chindasvinto, el año 672, nobles y prelados se reúnen en Gerticós (Valladolid) y, enterrado el difunto rey, intentan elegir a su sucesor. De entre los candidatos, Wamba, ilustre general de avanzada edad, es el único que parece reunir las cualidades requeridas. Pero él no acepta y, cuando le insisten —está en ese momento labrando sus tierras— , dice que no le interesa y sigue arando como si tal cosa. Aunque firme en su negativa, accede más tarde a venir ante la asamblea. Allí uno de los nobles, desnudando su espada, se enfrenta con él y le dice: «Si te obstinas en rehusar la corona, ten entendido que ahora mismo y con este mismo acero haré rodar tu cabeza.» Wamba no tiene más remedio que aceptar, y cuenta Julio Toledano en su Historia que, cuando Wamba estaba siendo consagrado en la iglesia principal de Toledo, se vio salir de su cabeza una abeja que voló hacia el cielo. Ello fue interpretado «como una señal de que bajo el nuevo monarca esperaba a  la nación visigoda una gran dicha».
Instalado como rey, sin embargo, no faltó quien quisiera usurparle el trono. Dos conspiraciones para destronarlo logró superar este rey. No así la tercera, ocurrida a los ocho años de reinado. Un ambicioso noble, Ervigio, aprovechando una fiesta en palacio, dio al rey un brebaje de vino, mezclado con extracto de esparto. La bebida sumió al rey en un profundo  letargo, que aprovechó Ervigio para cortarle los cabellos, hacerle la tonsura y vestirlo con el hábito de penitente. El recortarse la cabellera equivalía a dejar de ser godo y la tonsura, a hacerse clérigo y dedicarse por tanto al servicio de Dios. Por último, el hábito de penitencia le hacía aparecer como arrepentido por haber intentado quitarse la vida. Cualquier cosa de éstas por sí sola le incapacitaba para seguir siendo rey.
Wamba, despertado de su sueño, no tuvo más remedio que aceptar las circunstancias y, renunciando a la corona, se retiró al monasterio de Pampliega, cerca de Burgos, donde vivió tranquilo el resto de su vida.

(Leyendas y anécdotas de la Historia de España – Francisco Xavier Tapia)

miércoles, 2 de julio de 2014

¡Ese es, ese es!

Los nobles partidarios de la princesa Isabel —o más bien, enemigos de su hermano el rey Enrique IV— habían decidido que, para sus propios intereses y para los del reino, convenía que Isabel se casara con el príncipe heredero de Aragón. Aparentemente Isabel opinaba también así.
Le faltaba sólo conocer al novio, acerca del cual había recibido diferentes versiones. Le habían dicho que «era mozo de mediana y bien compuesta estatura, rostro grave, blanco y hermoso; de cabello castaño y de frente ancha, con algo de calva; que sus ojos eran claros con gravedad alegre, nariz y boca pequeñas, mejillas y labios colorados, bien sacado de cuello y formado de espalda, voz clara y sosegada y muy brioso a pie y a caballo».
Posiblemente no le dijeron a Isabel que su prometido Fernando había ya para entonces engendrado dos hijos, Alfonso y Juana, ilegítimos los dos. En realidad poco hubiera importado si se hubiera enterado —y quizá lo supo—, ya que el matrimonio de una princesa no se hacía casi nunca con el hombre de su elección, y la existencia de aquellos dos hijos era considerada sólo resultado de un «pequeño desliz».De cualquier manera, los novios se entrevistaron por primera vez en Valladolid el 14 de octubre de 1469, cinco días antes de su boda. El príncipe aragonés había viajado en secreto y disfrazado de criado para evitar que los partidarios del rey Enrique IV le impidieran llegar a Castilla y casarse con Isabel.La presentación de los novios tuvo lugar en casa de Juan de Vivero y de noche, para no ser vistos. Iba Fernando acompañado de cuatro caballeros, amigos suyos, todos disfrazados de arrieros. Resultaba difícil saber cuál de ellos era el príncipe. Gutierre de Cárdenas se lo indicó a Isabel, diciéndole por lo bajo, a la vez que lo señalaba: «Ese es, ése es.» La princesa pudo así examinarlo con la vista antes de que él hablara.
Agradecida a Gutierre por habérselo descubierto, le concedería, más tarde, añadir las eses a su escudo.

(Leyendas y anécdotas de la Historia de España – Fco. Xavier Tapia)

El motín de Esquilache

Motín de Esquilache es la denominación de la revuelta que tuvo lugar en Madrid en marzo de 1766, siendo rey Carlos III. La movilización popular fue masiva (un documento contemporáneo cita la cifra de treinta mil participantes -posiblemente una exageración para una población de ciento cincuenta mil habitantes- y llegó a considerarse amenazada la seguridad del propio rey. No obstante, a pesar de su espectacularidad y su extensión o coincidencia de revueltas por causas semejantes en otros lugares de España, la más evidente consecuencia política del motín se limitó a un cambio de gobierno que incluía el destierro del marqués de Esquilache, el principal ministro del rey, al que los amotinados culpaban de la carestía del pan, y que se había hecho extraordinariamente impopular como consecuencia de la prohibición de algunas vestimentas tradicionales.
Su condición de italiano contribuyó de forma importante a ese rechazo. Las iniciales medidas de apaciguamiento y el especial cuidado que a partir de entonces se puso en el abasto de Madrid fueron suficientes para garantizar el orden social en los años siguientes.
Se han identificado diferentes intereses y grupos de poder nobiliarios y eclesiásticos, tanto entre los acusados de instigar el motín (que según las conclusiones de la Pesquisa Secreta llevada a cabo por las autoridades desde el mes de abril de 1766 estuvo planificado por los jesuitas y personalidades afines, como el marqués de la Ensenada -ensenadistas- como entre los beneficiados por la nueva situación, denominados albistas por el Duque de Alba, aunque el personaje que alcanzó mayor poder fue el conde de Aranda -cabeza del partido aragonés-; junto con un equipo de burócratas ilustrados -Roda o Campomanes-). La historiografía actual lo interpreta como un movimiento popular espontáneo, pero con una instrumentalización política evidente en medio de una lucha por el poder entre dos facciones de la Corte, por lo que se ha calificado de motín de Corte para indicar que no se reduce al modelo de motín de subsistencias.

martes, 1 de julio de 2014

Las Señoritas Toreras

Espécimen femenino un tanto curioso y poco conocido, dentro de este zoo, fueron sin duda las señoritas toreras. Aquellas aguerridas mozas que achuchadas por el hambre o llevadas por el amor a la lidia se lanzaron sin recato a los ruedos del país.
Solían hacer tu aparición en las corridas de los pueblos, donde las contrataban como espectáculo burlesco y curioso. Pero alli entre bromas y veras terminaban haciéndose con el oficio y llegó a existir incluso una popular cuadrilla completa que tras cosechar clamorosos éxitos en España saltó el charco, a conquistar América.
Al principio usaban faldas cortas, acompañadas de un discreto delantal como las extremeñas, pero cada vez que un torete las revolcaba y mostraban ciertas cosas que ocultas deben estar, se armaban tales broncas entre el mocerío que hubo que terminar obligándolas a usar pantalones, vistiendo desde entonces traje ds luces como los hombres, si bien con ostentación, quizás un tanto excesiva, de sus naturales protuberancias difíciles de ocultar con un traje tan ceñido.
Más tarde los escándalos llegaron s tal punto que las autoridades prohibieron su actuación, no permitiéndose a partir de entonces a la mujer trabajar en los ruedos más que como rejoneadora de a caballo. La primeras señoritas toreras que aparecieron en Madrid se entrenaban con unos novillos enanos, de cabeza gorda, que resultaron demasiado bravos.
De señoritas no tenían nada y algunas, como la Martina pasaban ya la barrera de los cuarenta. Todas ellas habían pasado antes mucha hambre y no se dejaban condicionar por la obligación de mantenerse en buena forma física, lo que consideraban «pelillos a la mar», y antes de la corrída, para animarse, se metían entre pecho y espalda un buen cocido madrileño y su frasca de tintorro.
Y así, no pocas, además de mayorcitas, estaban bien metidas en carnes. Se presentaban triunfadoras en la plaza, orondas y espléndidas, a menudo reafirmando su imagen con la colilla de un buen cigarro en la comisura de los labios.
Lo que mejor solía dárseles era la suerte de banderillas, donde la Pagés y la Carmona no tenían rival. En el arte de matar sobresalieron la Lolita, la Raba y otras.