viernes, 18 de diciembre de 2009

La Tragantía (Cazorla, Jaén)


Cuando las huestes del arzobispo de Toledo atravesaron los angostos puertos del Muradal con carros, cruces y caballos, ya sabía el atribulado rey de Cazorla que iban a devastar sus posesiones y que sería un despilfarro inútil que aquel minúsculo reino intentara resistir por las armas a la adiestrada violencia de los cristianos.

Había en el antiguo castillo de Cazorla un mirador alto desde el que se contemplaba el verde valle pespunteado de blancas almunias y un claro río concurrido de norias y molinos. Atravesaba la corriente un sólido puente de madera con clavazón de bronce. Uno de los troncos que componían sus pilares había agarrado en el lecho del río y le verdeaban ramas por primavera. Veía el rey cómo sus gentes diminutas y apesadumbradas atravesaban el puente tirando de carritos en los que habían cargado sus más valiosos enseres. Voces domésticas y palomas volaban cerca del castillo con el viento favorable. En lo alto, coronando de verde y de gris el valle, se veían, como un tapiz, los pinares de la Sierra de Segura.

Bien sabía el desdichado rey de Cazorla la suerte que esperaba a su menguado reino. Como dos años antes hicieran en Quesada, los cristianos entrarían a sangre y fuego y devastarían todo lo que no pudieran rapiñar. Talarían árboles y viñedos, con teas de lino y alquitrán pondrían fuego al pueblo y a las blancas almunias, arrasarían los sembrados, arruinarían las norias, cegarían los pozos y las acequias, aportillarían las cercas y dejarían tras de sus caballos un rastro de ruina y desolación cuando regresaran a sus tierras cargados de despojos y arrastrando atónitas cuerdas de cautivos.

El rey de Cazorla había tomado las medidas que cumplen a un buen gobernante preocupado por el bien de su pueblo: permitió el éxodo de sus súbditos hacia tierras más seguras de las que podrían regresar cuando el peligro hubiese pasado. Por el empedrado camino de Baza, que atravesaba los puertos de Tíscar, se despobló el reino de Cazorla. El propio rey había puesto a salvo su trigo y sus caballos días antes. Ahora se demoraba en el castillo solitario y recorría sus devastadas estancias silenciosas, cerrando puertas y alacenas y asomándose a todas las ventanas. Sin tapices las paredes parecían más grandes y eran iguales como en un sueño.
Los hombres de la escolta transmitían su impaciencia a los caballos en el patio. Iban recelosos de que las avanzadas de los cristianos alcanzasen el valle antes de que ellos hubiesen tenido tiempo de ponerse a salvo. Ignoraban que el desdichado rey tenía un motivo para retrasar la salida. Había decidido que su hija permaneciera en el castillo, oculta en unas secretas habitaciones subterráneas cuya antigua existencia sólo él conocía. Aunque la dejaba bien provista de alimentos y lucernas de aceite y todas las otras cosas necesarias para no sentir incomodidad alguna en los pocos días que duraría su reclusión, el atribulado anciano no acababa de resinarse a partir.

Cuando el rey de Cazorla atravesó a galope tendido el ruidoso puente de madera, seguido de media docena de sus fieles, no había en todo el valle una chimenea que humeara en medio de la perfecta quietud. Sus vasallos estarían a salvo. El no. El helado zumbido de un proyectil taladró el aire cristalino que tienen las mañanas en Cazorla y una emplumada vara atravesó el cuello del rey y lo derribó sobre los maderos. La punta le salía, roja, por las vértebras. Un grupo de ballesteros surgió del herbazal de la ribera apuntando con sus armas al grupo fugitivo. Pareció que el rey quiso decir algo antes de morir, pero el hierro le había segado la voz. Se levantaba el sol dándose prisa en hacer su larga carrera del día de San Juan. Una hormiga empezó a subir por la mano del cadáver.

Lo cristianos no devastaron el valle. Se establecieron en él y lo poblaron con sus ávidos colonos traídos de lejanas tierras. Pronto volvió el humo a las chimeneas y el laborioso sonido a las norias y a las herrerías y las alegres canciones a las eras.

En el húmedo subterráneo había varias estancias unidas por un angosto pasillo y por un silencio perfecto. Pilares de piedra sostenían el techo de las mayores. El salitre reinaba sobre el granito de los muros. En algunos había lápidas con inscripciones paganas. Dentro de un nicho excavado en la roca un goteo quería remedar a una fuente. Con siglos de paciencia había labrado un pozuelo en la losa del suelo.

La tinieblas del subterráneo no toleraban noches ni días. Con un misericordioso candil en la mano vagaba la princesa por sus breves dominios muriéndose de angustia cada vez que creía escuchar un ruido.

A la zozobra de las primeras horas sucedió la resignada paz de la prisionera y luego su desesperación y su locura cuando comprendió que el mundo se había olvidado de ella. Las provisiones se acabaron, la lámpara extinguió su luz con un chisporroteo. Aterida de frío, quizá porque ya llegaba el invierno y allá fuera el río arrastraba tortas de nieve montañera, la infeliz se dispuso a morir debajo de las mantas de su oscuro lecho. Durmió, o creyó dormir, un espacio de tiempo frecuentada por atroces pesadillas. Cuando despertó sentía, en el hervor de una fiebre, las piernas heladas y doloridas. Quiso frotarlas con las manos. Le devolvían un tacto viscoso de piel desconocida y áspera que le produjo asco y escalofríos. No sentía hambre ni impaciencia. Dormía y no se movía del lecho. Sin horror ni sorpresa aceptó en su cuerpo el lento prodigio de mudarse en serpiente hasta la adolescente redondez de las caderas. Reptaba por sus tinieblas entre silbos a los pilares que sostenían el techo.

Así fue como la desdichada princesa se transformó en Tragantía. En la noche de San Juan la Tragantía canta con dulcísima voz:

Yo soy la Tragantía
hija del rey moro,
el que me oiga cantar
no verá la luz del día
ni la noche de San Juan.

Si un niño escucha esta canción, el monstruo lo devora. Por eso la gente menuda procura irse a la cama y estar dormida muy temprano.

En una torre del castillo de Cazorla hay una pesada losa con una argolla de hierro que nadie se ha atrevido a levantar. Se dice que es la entrada, seguida de larguísima escalera angosta, que lleva al subterráneo donde el rey de Cazorla ocultó a su hija. A un postigo del mismo alcázar le llaman de la Tragantía y a una solitaria cueva que está en el camino, de Montesino.

Escrita por Juan Eslava Galán
Texto extraído de su libro "Leyendas de los castillos de Jaén"

La boda de Montero



El pueblo de Montero, enclavado en las estribaciones de la sierra desde Almarza al Vadillo, tenía una fértil dehesa. Era corto el número de sus habitantes y vivían en gran armonía.

Una vez celebrábase una boda entre dos jóvenes de las familias más acomodadas, y como el contento por ambas partes era grande quisieron que todos los vecinos asistiesen a la boda. Todos, sin embargo, no podían asistir; uno al menos había de quedarse guardando el ganado del pueblo. No parecía que debía sacrificarse a un joven, que era natural disfrutase con la fiesta y el baile. Así, se pensó en una buena anciana necesitada, a la que se ofreció una paga por el servicio, que ella aceptó con gusto.

Tras la ceremonia tenían que dar un gran banquete, y para guisar la comida sacaron el agua de un pozo; mas dio la fatal coincidencia de que en él vivía una salamandra acuática, y de tal modo había envenenado sus aguas, que todos los que tomaron la comida hecha con ellas murieron; así, pues, perecieron todos los habitantes del pueblo de Montero.

Es decir, todos no; sobrevivió la vieja que estaba guardando el ganado, y que pasó a ser propietaria de la dehesa vecinal y del ganado de todos los vecinos.

No se atrevió, como es natural, a permanecer en las casas del desventurado pueblo de Montero, y se fue al cercano de Arévalo, a cuyos habitantes regaló la rica dehesa y el ganado. Pronto la inspiración popular imaginó el siguiente cantar:

Por una salamanquesa
se ha despoblado Montero.
¡Ojalá se despoblasen
Cerveriza y Gallinero!

que perpetúa el hecho y demuestra la codicia de los aldeanos, ya que los dos pueblos en él citados tienen también riquísimas dehesas.

viernes, 20 de noviembre de 2009

El Abencerraje y la bella Jarifa


Un moro joven y apuesto llamado Abindarráez, perteneciente a la noble familia de los Abencerrajes, estaba enamorado de una morita de Coín, llamada Jarifa, y la visitaba tan frecuentemente como podía, a pesar del peligro, pues los cristianos dominaban los caminos entre Loja y Archidona.

Un día, cerca del lugar conocido por Venta Cañada, unos lanceros cristianos apresaron a Abindarráez y lo condujeron ante el alcaide de Antequera, el anciano don Rodrigo de Narváez. El joven prisionero se echó a llorar.

-Me extraña mucho ver llorar a un guerrero de tu familia -le dijo el alcaide.

-No es por mi cautiverio -respondió el joven-, sinó porque mañana me iba a casar con mi enamorada, la bella Jarifa, y me imagino su dolor cuando vea que no aparezco.

El alcaide Narváez meditó un momento y dijo: -Si me prometes que volverás al cabo de tres días te dejaré libre para que puedas casarte con Jarifa.

Abindarráez lo prometió y lo dejaron marchar. Aquel mismo día se unió con Jarifa, celebraron las bodas y vivieron dos días de felicidad y mucho trasiego, al cabo de los cuales Abindarráez le confesó a su esposa que tenía que abandonarla para reintegrarse a las prisiones del alcaide de Antequera.

-No te dejaré ir -dijo Jarifa-. Si vas a ser prisionero compartiré tu prisión.

Aquel día, al atardecer, al cumplirse el plazo que el alcaide había otorgado, los dos enamorados llegaron a Antequera y se presentaron ante Narváez, el cual, conmovido por el amor de los jóvenes, puso en libertad al Abencerraje y les entregó caballos y regalos para que pudiesen regresar a Granada, donde vivieron honrados y felices.


(según Juan Eslava Galán en España insólita y misteriosa)

lunes, 16 de noviembre de 2009

Los duros sevillanos


A finales del siglo XIX se detectó la acuñación de unos duros falsos en Sevilla. (Por eso se les llamó "Duros Sevillanos").

Incluso ha quedado un refrán al respecto: "Eres mas falso que un duro sevillano".

La excusa que dieron los falsificadores fue que el gobierno español, ponia menos plata de la que prometía su verdadero valor, enriqueciendose a espaldas del pueblo por lo tanto. Asi que ellos decidieron hacer lo mismo poniendo aun menos plata y ganando más, aunque se dijo también que su plata era de mejor calidad que la de los verdaderos...

domingo, 8 de noviembre de 2009

La traición de don Julián


Parece que el causante directo de la invasión musulmana de España en el año 711 fue el gobernador de Ceuta, el conde don Julián, despechado porque el rey don Rodrigo había seducido o violado a su bella hija Florinda o la Cava, a la que el confiado padre había enviado a educarse en la corte de Toledo. El conde don Julián quería vengarse de Rodrigo a toda costa, aunque para ello tuviera que arruinar el reino godo. Facilitó a los moros el paso del Estrecho, que estaba encargado de vigilar.

Los moros conquistaron España en poco más de un año; a los cristianos les llevaría cerca de ocho siglos reconquistarla.
Según una tradición cordobesa, el alma en pena del conde don Julián se aparecía a veces en figura de caballero para confesar sus culpas a algún viandante. En una ocasión, el alguacil Morales se dirigía al pueblo de Pedroche a cumplir un recado cuando se extravió en la sierra y fue a dar en unas chozas en las que habitaba un anciano matrimonio al cuidado de unas colmenas. Caía ya la noche y Morales pidió permiso para dormir en un cobertizo exterior, ya que en la choza no había espacio ni cama. Entonces, el anciano apicultor le dijo: -No haga eso, señor, y siga su camino hasta que se aleje de aquí por lo menos un par de leguas, porque aquel castillo en ruinas que ve usted al otro lado de esta nava perteneció al conde don Julián y su fantasma vaga por la noche arrastrando cadenas y profiriendo unos aullidos que hielan la sangre.

Morales no era hombre que se asustara fácilmente. Por lo tanto decidió que el aviso del anciano era razón de más para quedarse y probar su valor.

Lo que Morales vio y oyó aquella noche nadie lo ha contado. Sólo sabemos que cuando regresó a Córdoba colgó la espada y en adelante fue un hombre temeroso de Dios y muy devoto.
En el mismo pueblo de Pedroche existe un antiguo convento en el que, según la tradición, pasó la vida la hija del conde don Julián, Florinda o la Cava, cuya hermosura fue causa involuntaria de la pérdida de España.

En cuanto al rey don Rodrigo, el rijoso que violó a la muchacha, desapareció en la batalla de Guadalete y no se volvió a saber de él, pero hay tradiciones que nos lo retratan expiando sus culpas como ermitaño e incluso, más crudamente, enterrado vivo en un sepulcro con dos grandes serpientes. El romance relata su muerte:
Ya me comen,
ya me comen
Por do más pecado había
A tres cuartas del pescuezo
y a una de la barriga.

(según Juan Eslava Galán en España insólita y misteriosa)

miércoles, 14 de octubre de 2009

El rubí de la corona real inglesa


El reinado de Pedro el Cruel constituye una página sangrienta de la historia de España. El país se desgarró en una guerra civil entre los partidarios del rey legítimo y los de su hermano bastardo, Enrique de Trastamara, que le quería arrebatar la corona.

E13 de abril de 1367, Pedro derrotó a su hermano Enrique gracias a la ayuda de los arqueros ingleses del Príncipe Negro. Pedro I recompensó a su aliado inglés con «muchas joyas ricas de aljófar e piedras preciosas», entre ellas un notable rubí espinela del tamaño de un huevo de paloma procedente de una virgen del monasterio de Santa Maria la Real de Najera . Probablemente sea el mismo que luce la corona de Inglaterra engastado entre dos flores de lis. La State Imperial Crown data sólo de 1838, pero fue realizada con perlas y piedras preciosas provenientes de la colección real.

Como otras piedras notables, este rubí tiene su leyenda maldita. Sus dueños propenden a morir trágicamente: el propio Pedro I, asesinado por su hermano en Montiel; el Príncipe Negro, fallecido a los pocos meses de recibir la joya, sin llegar a reinar; en el siglo siguiente, el rey Ricardo III llevaba el rubí cuando perdió la batalla y la vida gritando: «Mi reino por un caballo.»
(según Juan Eslava Galán en España insólita y misteriosa)

sábado, 3 de octubre de 2009

La espada de san Martín - Besalú


El conde de Besalú era un valiente que había triunfado de los moros en muchas y variadas batallas. Allí donde había peligro acudía el conde con sus mesnadas, y no tardaba en dar buena cuenta de las turbas infieles.

Un día, estando en su castillo, vino uno de sus guardas a decirle que sabía de buena fuente que los moros subían por Bañolas hacia la plana de Santa Pau. Inmediatamente reunió el conde a sus leales y salió para entrentarse con los moros e impedirles el paso. Los encontró, y en el acto arremetió contra ellos con el empuje que era peculiar en él. En pleno combate se le rompió la espada. No era el conde hombre para conformarse viendo pelear a sus soldados. Mas no le era posible aeguir luchando desarmado. Recordó entonces que muy cerca del lugar en que se encontraban había una ermita dedicada a san Martín.

Abandonó el combate unos momentos para dirigirse a la ermita. Una vez allí, se arrodilló a los pies del santo y le pidió, con todo el fervor de que era capaz, que le sacara de aquel apuro. Estaba arrodillado, absorto en la contemplación del santo, cuando vli) que éste se quitaba la espada del cinto y se la ofrecía. l,evantóse el conde, loco de júbilo, y creyendo ser víctima de una alucinación, alargó la mano para convencerse de que, en efecto, el santo le ofrecía su espada. Con mano temblorosa, la cogió y, después ek dar gracias a Dios de todo corazón, salió corriendo en auxilio de sus hombres, que estaban perdiendo terreno.

Empezó a repartir golpes con su espada a diestro y siniestro. Sus hombres recobraron el valor que habían perdido momentáneamente, y redoblaron su esfuerzo. A las pocas horas yacían muertos todos los moros que habían iniclado el combate, en el llano llamado de Santa Fe.

los cristianos subieron entonces hacia Besalú. Cuando llegaron a Collsatrapa, sentáronse para descansar mientras contemplaban el panorama de Mirana y el Mor.

Los soldados elogiaron entonces al conde el valor que había demostrado en la batalla y la extraordinaria fuerza de su brazo. Contestóles éste que ello se debía a que san Martín le había prestado su espada. Parecióle al conde que sus hombres dudaban, y para demostrar la incomparable fuerza de aquella espada que había pertenecido al santo, dio un fuerte golpe a una enorme piedra que allí había, y la partió en dos.

La piedra existe todavía y es conocida con el nombre de Pedratallada.

(Extraído de "Leyendas de España" de Vicente García Diego)