sábado, 27 de julio de 2019

Carboneros de leña

El oficio de carbonero es, de entre los relacionados con el monte y la madera, uno de los más extendidos por la península Ibérica. Desde Navarra a Andalucía, pasando por el centro de España, los distintos pueblos han usado la madera que la naturaleza les proporcionaba, en sus respectivas zonas, para elaborar carbón vegetal.
La campaña de los carboneros o fabriqueros, como se les denominaba en el centro peninsular, comenzaba, según las diferentes comarcas, en verano o finales de verano, y se podía prolongar durante el otoño y la estación invernal. Se organizaban en cuadrillas de cuatro o cinco hombres, en las que uno de ellos era el capataz, y vivían y dormían en el monte, en pequeñas chozas construidas manualmente, ya que el horno necesitaba estar continuamente vigilado. Antes de comenzar la elaboración artesanal del horno había que recolectar la madera. Primero se efectuaba la poda de las ramas, que luego eran troceadas, descartando en el proceso las más finas y endebles. En algunos lugares de España se talaban árboles enteros que a golpe de maza y cuña se convertían en trozos más pequeños.
Una vez recolectada y troceada la madera, el horno se empezaba a construir disponiendo los troncos y ramas más gruesas en la parte inferior y central alrededor de un eje, formando un círculo que se iba cerrando con ramas más pequeñas hacia la parte superior.  Previamente había que acondicionar y compactar el suelo para evitar cualquier entrada de aire que hiciera arder la leña, ya que lo que se perseguía era que la madera cociera, nunca que ardiera en llamas.
Finalizada la construcción del armazón se cubría todo con una capa de paja, que hacía las veces de aislante entre la madera y la tierra, elemento fundamental, este último, con el que finalmente se cubría todo el conjunto. El resultado era similar al de un gran cono o montículo, similar a un volcán,  con una abertura en la parte superior desde la que se podía observar la combustión y remover la madera si esta se apagaba, y que permitía la entrada justa de aire para conseguir que la madera cociera.
Durante unos 25 días la carbonera permanecía encendida. Los carboneros vigilaban día y noche que no se apagara, haciendo agujeros a lo largo de la estructura para que penetrara el aire y así pudiera “tirar” lo suficiente, o cerrándolos si el tiro era excesivo. Enfriaban la tierra con agua en los momentos oportunos y vigilaban el color del humo, aspecto que dominaban perfectamente para conocer lo que dentro de aquel ingenio se estaba “cociendo”.
El carbón obtenido equivalía a una quinta parte de la madera utilizada, o lo que es lo mismo, de cada cinco kilos de madera se conseguía un kilo de carbón. El destino final eran las grandes ciudades e incluso, en su momento histórico, los hornos siderúrgicos.
En su labor de vigilancia del horno, los carboneros subían a lo alto de la estructura usando una escalera de madera. Si por cualquier circunstancia el horno se desmoronaba o se abría un hueco en la construcción, la caída dentro del mismo equivalía a una muerte casi segura o a unas lesiones irreparables.

Guadarramistas 

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