jueves, 25 de julio de 2019

El oficio de descorchador

El alcornoque, Quercus suber, es una especie emparentada con los robles, encinas, coscojas, quejigos, castaños y hayas, pertenecientes, todos ellos, a la familia de la fagáceas. En la península Ibérica pueden encontrarse pequeños bosquetes a lo largo de toda la geografía, pero se distribuye, principalmente, por el occidente de Andalucía, por Extremadura y Cataluña.  A diferencia de la encina, el alcornoque necesita más humedad, y ese es el motivo por el que en las zonas del interior peninsular, con un clima continental acusado y menor pluviosidad sea casi inexistente. En esta vasta zona interior predomina la encina, salvo en reducidos enclaves donde se dan las condiciones adecuadas.
El uso del corcho se remonta al siglo XVII, cuando el monje francés Dom Pierre Perignon, comenzó a usarlo para tapar las botellas de champagne. Por supuesto, siempre que se indaga aparecen usos aún más antiguos y se cree que hace 2.000 años se utilizó como medio para taponar las ánforas, antiguos recipientes de barro donde se conservaban alimentos y líquidos.
El alcornoque empieza a ser descorchado cuando ya tiene unos 30 años de vida y su tronco un diámetro de unos 50 cm. La primera impresión es que  el árbol ya es viejo cuando se inicia su explotación, pero hay que tener en cuenta que el alcornoque puede vivir más de 500 años, por lo que con 30 años es casi un recién nacido. Lamentablemente, la explotación para obtener corcho acorta a menos de la mitad su esperanza de vida.
La labor de obtención del corcho es muy delicada, y del buen oficio de descorchador, que aún se mantiene, depende la vida del árbol. No en vano, extraer la corteza supone una dura agresión para el alcornoque que ve alterado su equilibrio. El árbol “deja de respirar” durante tres o cuatro días.  Al cerrar los estomas de sus hojas para detener la pérdida de agua, paraliza durante ese período de tiempo su fotosíntesis. En definitiva, sufre. Sin embargo, no hay mal que por bien no venga y seguramente ha sido el destino de estos elegantes árboles para la obtención de corcho, lo que ha hecho preservar las magníficas agrupaciones de alcornoques que todavía existen en la Península, como la del Parque Natural Los Alcornocales, que se sitúa entre Cádiz, principalmente, y algún municipio de Málaga. Hay que tener en cuenta que los hábitats donde se desarrollan los alcornoques son muy sensibles, por lo que estos espacios, sin su utilidad económica, probablemente ya no existirían.
Los descorchadores, usando su fuerza y pericia, saben hasta dónde hay que llegar al descortezar el alcornoque. El límite lo marca una parte importante de la anatomía del vegetal, el felógeno, que equivaldría a una “segunda piel”, intocable, barrera tras la cual se encuentran partes esenciales de las que depende la vida del árbol, y cuyo mantenimiento es la base de la recuperación posterior del alcornoque.
En la actualidad, el corcho va siendo reemplazado por resinas sintéticas que se usan en la fabricación de  tapones, aunque a juicio de los enólogos, un buen vino necesita un tapón de corcho de calidad, ya que permite oxigenar ligeramente el producto y se adapta perfectamente al cuello de la botella.
El corcho también se emplea como impermeabilizante, aislante térmico y acústico, en la fabricación artesanal de instrumentos musicales de viento, ya que garantiza el cierre perfecto de las piezas por las que pasa el aire. También se usa para crear elementos artesanales y decorativos. 

Guadarramistas 

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