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jueves, 11 de agosto de 2016

El Cid

El Cid (1043-1099). Rodrigo Díaz de Vivar nació en una noble familia de Vivar del Cid, al norte de Burgos, en 1043. 
Fiel a Fernando I el Magno, fue expulsado de Castilla al verse envuelto en las luchas fratricidas de los hijos del rey, Sancho II y Alfonso VI. 
Luchó junto a los árabes, pero de nuevo cambió de bando, conquistó Valencia para la causa cristiana en 1094 y gobernó la ciudad hasta su muerte. 
Por su heroísmo se le llamó El Cid, del árabe sidi ("señor"). Aunque fue un hombre carismático, de gran coraje, sería un poema anónimo, El cantar de Mío Cid, el que le inmortalizaría en 1180, convirtiéndole en el héroe romántico de la Reconquista. 
El sepulcro de El Cid y su esposa, Jimena, se encuentra en la catedral de Burgos.

sábado, 26 de marzo de 2016

La venganza de Nalvillos

La venganza de Nalvillos es una leyenda castellana de la Edad Media, en un contexto histórico que comprende la relación de Alfonso VI de León con Al-Mamún, rey de Toledo a mediados del siglo XI, la conquista por parte del primero de la ciudad de Toledo en 1085 y la posterior toma de la ciudad de Talavera (conquistada por los cristianos en primera instancia en 1083) debido al empuje almorávide. Narra una historia de adulterio en un triángulo amoroso entre una joven mora, Ajá Galiana, su marido cristiano Nalvillos y el antiguo prometido de la primera, Jezmín Yahía.
A finales del siglo XII era conocida la cordial de amistad que mantuvieron Alfonso VI y Al-Mamún, penúltimo rey musulmán de Toledo. Mientras Alfonso VI permaneció desterrado de León en Toledo Al Mamún le trató con muchas atenciones. Llegó hasta el punto de asignarle una escolta de musulmanes cuando regresó a Castilla a la muerte de su hermano Sancho II de Castilla. En contrapartida, sintiéndose agradecido, Alfonso no invadió la ciudad de Toledo hasta que Al Mamún falleció, además de tomar como pupila a su pariente (hija o sobrina) Ajá Galiana.
El punto de partida de la leyenda es esa amistad entre Alfonso VI y Al-Mamún.
El relato difundido por la tradición cuenta que la joven doncella mora, hermosa y de porte distinguido, —traída hasta Ávila desde Toledo por Fernando de Lago y una caballería de jinetes cristianos y musulmanes— había sido puesta por el rey bajo tutela de Urraca I de León y Raimundo de Borgoña. La joven fue conducida a Galicia por estos últimos y fue bautizada adquiriendo el nombre de Urraca. Se tramitó su matrimonio con Nalvillos Blázquez, hijo del gobernador de Ávila, locamente enamorado de Ajá Galiana, pese a estar prometido a una noble, Arias Galindo. El rey aceptó el casamiento a regañadientes, puesto que tenía planeado casarla con otro pariente de Al Mamún, Jezmín Yahía, sirviente suyo al que había concedido tierras en la orilla del Tajo cerca de Talavera. Éste último, indignado por el desplante, juró en secreto matar al hijo del Gobernador. A raíz de este cambio de planes se concertó la boda del hermano de Nalvillos, Blasco Jimeno, con Arias Galindo para solventar la afrenta a los padres de ésta última.

Urraca I de León tiene un pequeño papel en el relato.
Durante un viaje por Talavera de Nalvillos éste fue recibido por Jezmín, que le agasajó con multitud de atenciones, sin dar a entender su malestar e inquina hacia Nalvillos. Tan agradecido se sintió por las atenciones recibidas que invitó al moro a la boda de su hermano, que se celebraría en Ávila. En las justas del evento, celebradas en una explanada fuera de la muralla, Nalvillos descabalgó a Jezmín Yahía. Ajá Galiana sintió revivir los sentimientos que tenía hacia el musulmán, que lejos de haber quedado maltrecho de la justa sólo resultó herido en el orgullo y volvió a jurar que daría muerte a Nalvillos. Esa misma noche Galiana dejó un mensaje a Jezmín instándole a que se reuniera con ella en su ventana y la reclamara con el silbido que solían usar entre ellos de niños. En sus aposentos le confesó su amor hacia él y su matrimonio desdichado y acordó con él que hasta que el momento de escapar juntos fuese propicio únicamente se reunirían durante las ausencias de Nalvillos cuando éste marchaba a la guerra. Nalvillos al regresar victorioso de sus batallas con los musulmanes descubrió que Ajá Galiana le había abandonado para reunirse con Yahía, y partió en su búsqueda.

A partir de ahí unas versiones relatan que Nalvillos atacó Talavera y en el lecho de la pareja de adúlteros del palacio de Jezmín ambos fueron pasados a cuchillo por el castellano. Otra versión recogida en un manuscrito de 1517, con un final más florido y poético cuenta que Nalvillos se introdujo de incógnito en la ciudad de Talavera, donde vivía la pareja, vestido de mercader de hierbas , y cuando llegó hasta Galiana, la perdonó y le suplicó que volviera con él, a lo que la mora respondió haciéndole prender por los guardias y llamando a Yahía. Fue condenado por el musulmán a ser quemado a la hoguera. En la pira Nalvillos solicitó como último deseo hacer sonar el cuerno de guerra que siempre le acompañaba. La petición fue atendida y ese fue el momento cuando los servidores de Nalvillos, emboscados cerca del palacio, salieron a rescatar a su señor, que finalmente decretó que ambos amantes fueran arrojados a la hoguera. Nalvillos pasó a la leyenda como un gran guerrero.

(Wikipedia)

jueves, 11 de junio de 2015

Calle de la Morería - Madrid

A pocos pasos del Viaducto se encuentra la calle de la Morería, esta zona es una de las más antiguas de Madrid y está habitada desde la Edad Medía.
En este barrio se instalaron los moros que decidieron no abandonar Madrid después de la conquista cristiana en 1085 por Alfonso VI. Allí permanecieron hasta 1492, año en el que fueron expulsados los moros y judíos del Reino y la Inquisición, con el tiempo, hizo el resto.
Hoy es una de las zonas más castizas de Madrid y nada recuerda su pasado morisco, tampoco se conserva un caserón en el que se cuenta que se instalaron los Reyes Católicos durante un tiempo.

miércoles, 1 de abril de 2015

El Cristo de la Luz - Toledo

Se cuenta más de una leyenda acerca de este hecho. Esta es una de ellas.

La tradición nos cuenta que el rey Alfonso VI entró en la ciudad en 1085 por la puerta antigua de Bisagra, que en la actualidad lleva su nombre, acompañado de un gran séquito de importantes personajes. Cogió el camino natural y más directo, aunque más difícil: la cuesta del Cristo de la Luz. Atravesó la puerta de Valmardón y cuando su caballo pasaba frente a la mezquita, se arrodilló negándose a avanzar. El caso se tuvo por muy insólito y ante la persistencia del animal en su actitud se pensó que era un aviso del cielo.
Buscando la explicación de este sorprendente hecho, se penetra en el templo y se observa que de uno de los muros sale un potente resplandor que ilumina el recinto. Se ordenó excavar en el lugar y se encontró oculto tras el muro el crucifijo que, a pesar de los casi cuatro siglos transcurridos en su encierro, mantenía viva la llama de una lamparilla. Gran contento y alborozo produjo en los conquistadores este milagroso hallazgo, quienes tomaron al Cristo, y encabezados por él, llegaron a Zocodover.
El crucifijo se colocó posteriormente en la antigua mezquita cuando ésta fue consagrada y dispuesta para el culto al cristianismo, tomando desde ese momento el nombre de Ermita del Cristo de la Luz.

(Nota: algunos autores señalan que no fue el caballo de Alfonso VI al que ocurrió este hecho, sino a su lugarteniente D. Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, personaje del que se dice fue el primer alcalde de Toledo).

sábado, 12 de julio de 2014

¡Allá van leyes do quieren reyes!

Es notable la forma como, durante el reinado de Alfonso VI, se decidió el trascendental cambio del rito mozárabe al romano, a pesar de que tanto el pueblo como el clero, en su mayoría, preferían seguir con el mozárabe.
Sucedió esto después de la conquista de Toledo, en 1085, y, según la leyenda, para hacerlo todo conforme a la voluntad divina, ordenó el rey que se decidiera mediante el duelo de dos caballeros, cada uno representando a un rito. Venció Juan Ruiz, del linaje de los Matanzas, que peleaba por el rito mozárabe. Contrariado el rey, ordenó todavía otra prueba. Se prendió una hoguera y se echaron en ella los dos breviarios. Al poco tiempo saltó fuera el mozárabe, pero acercándose Alfonso a la hoguera, de un puntapié, volvió a meterlo dentro del fuego. Y, ahora ya, sin mandar nuevas pruebas, dio el soberano una ley que suprimía casi en su totalidad el uso de ese breviario, e implantaba el romano. De aquí vino el proverbio, tantas veces repetido después: «¡Allá van leyes do quieren reyes!»Algunos comentaristas atribuyen este cambio ordenado por el rey a su afición por todo lo francés, y señalan cómo el rey, que contrajo dos veces matrimonio con princesas francas, trajo de allí a los monjes de Cluny y otorgó las primeras sillas episcopales de Castilla a obispos de origen francés.


(Francisco Xavier Tapia – Leyendas y anécdotas de la historia de España)