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domingo, 22 de octubre de 2017

Plaza De la Villa - Madrid

Entre Sol y el Palacio Real, paradigmas del poder popular y el poder imperial, se encuentra la plaza de la Villa, otra de las reliquias arquitectónicas capitalinas y sede del poder civil por más de tres siglos. Recibió su nombre después de que Enrique IV de Castilla, hermano de la reina Isabel I, otorgara el título de Villa a la población de Madrid en el siglo XV. Por entonces los Lujanes, unos ricos comerciantes de origen aragonés, levantaron su vivienda allí, de estilo gótico mudejar, la más antigua de carácter civil, donde estuvo encarcelado Francisco I de Francia. Actualmente el edificio está ocupado por la Real Academia de Ciencias Políticas y Morales, cuya biblioteca puede visitarse de lunes a viernes entre las 9 y las 14 horas.
El aspecto actual de la plaza se configuró a lo largo de tres siglos. El sobrino del Cardenal Cisneros mandó construir, en el XVI, el palacete, de estilo plateresco, que toma su nombre. En el solar contiguo se construyó a finales del XVII la barroca Casa de la Villa, hogar del Ayuntamiento de 1692 a 2007, cuando el alcalde, Alberto Ruiz Gallardón, lo trasladó al Palacio de Comunicaciones de Cibeles.
Donde la calle Mayor se cruza con Bailen, se levanta el Palacio de Consejos o palacio de Uceda, otro edificio del siglo XVII, que alberga el Consejo de Estado, actualmente cerrado al público. Enfrente se erige la Catedral de la Almudena, un templo de aspecto neoclásico que terminó de construirse en los años noventa del siglo XX, aunque las primeras proyecciones datan del siglo XVI. Junto a él, al principio de la empinada Cuesta de la Vega, descansan los restos de la muralla musulmana y de una de sus torres, la de Narigües.

(El País)

lunes, 20 de febrero de 2017

La Corte de Enrique IV de Castilla

Juana de Portugal
Reina de Castilla
El concienzudo historiador contemporáneo Juan Blas Sitges, dice de la Reina Juana, esposa de Enrique IV de Castilla, que era una muchacha de 15 años sumamente hermosa y alegre, que vino acompañada, según lo convenido en el contrato de matrimonio, de doce jóvenes portuguesas que el Rey se había comprometido a casar bien en Castilla.
De esas doce jóvenes, dice el historiador de Enrique VI, Alonso de Palencia: «Lo deshonesto de su traje excitaba la audacia de los jóvenes y extremábanla sobremanera sus palabras aun más provocativas... la ansiosa voracidad que día y noche las aquejaba, era más frecuente entre ellas que en los mismos burdeles. El tiempo restante le dedicaban al sueño, cuando no consumían la mayor parte en cubrirse el cuerpo con afeites y perfumes.
... Este foco de libertinaje empezó a aumentar las desdichas, y perdido todo recato, fueron desterrándose los hábitos de virtud.»
- Aquella corte, que era — como dice Sitges — tanto o más disoluta que lo fué tres siglos después la de Luis XV de Francia, entregóse desenfrenadamente al baile y al canto, y las citadas alegres damas mezclaron en sus orgias la música como vino afrodisíaco que enardeciera sus cuerpos. No carecía en absoluto de razón la Iglesia al prohibir cierta clase de música, ni tampoco al condenarla el místico Tolstoy en su Sonata a Kreutzer. De las solfas utilizadas en las fiestas palatinas huellas quedan. Como la más antigua letra de música profana conocida, cita Barbieri unos versos de la crónica del Condestable Miguel Lucas de Yranzo, que empiezan así :

Lealtat, o lealtat 
Lealtat. dime ¿do estas? 
Vete Rey al Condestable
Y en él la fallarás.
Porque en todos tus criados 
Otro tal no me darás.
Y en el regazo de aqueste 
A buen sueño dormirás.

Sin serio fundamento atribuyese la música de los anteriores versos a Olid y a Diego Gámez.

(Fernando Periquet - Apuntes para la Historia de la tonadilla y de las tonadilleras de antaño)

domingo, 5 de junio de 2016

Doña Juana de Portugal, madre de la Beltraneja

Juana de Avis y Aragón (Quinta do Monte Olivete, Almada, Almada, 20 de marzo de 1439 - Madrid, 13 de junio de 1475 ). Infanta de Portugal y reina consorte de Castilla. Hija póstuma del rey Eduardo I y de la infanta Leonor de Aragón
En 1455 contrajo matrimonio con su primo el rey Enrique IV de Castilla, al cual acababan de declarar nulo su matrimonio con Blanca de Aragón. Tras siete años sin hijos, Juana dio a luz en 1462 a una niña que fue también llamada Juana (1462-1530).
Los adversarios de Enrique IV le había llamado "el Impotente", no tanto por no haber tenido descendencia de su primera esposa, Blanca de Navarra, como por ser de dominio público la dejación que hacía de sus obligaciones conyugales. Aún hoy día se plantean dudas sobre su heterosexualidad, sin embargo es algo que siempre ha quedado entre la historia y la leyenda. De hecho, los primeros rumores acerca de la supuesta homosexualidad del rey surgen cuando nació Juana, pues los nobles castellanos opuestos al rey pretendieron hacer creer que la niña era hija del noble Beltrán de la Cueva, privado de Enrique IV, por lo que a la niña se le dio el apodo de Juana la Beltraneja.
Es en esos momentos cuando surgen toda clase de rumores, incluida la homosexualidad regia, como forma de deslegitimar al rey. Es decir, como arma política. Incluso algunas fuentes incluyen la forma en que habría dejado embarazada a la reina, mediante una precoz técnica de inseminación artificial utilizando una cánula de oro (per cannam auream), y otras descripciones físicas que permitieron a Gregorio Marañón realizar su Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo (Madrid 1930), que diagnosticó al rey de displasia eunucoide con reacción acromegálica, y que en la actualidad se define como una endocrinopatía, posiblemente un tumor hipofisario, manifestando litiasis renal crónica, impotencia, anomalía peneana e infertilidad, además de caracteres psico-patológicos.
A la muerte de Enrique IV, el 11 de diciembre del año 1474, la reina Juana sostuvo los derechos sucesorios de su hija pero falleció algunos meses después, a los treinta y seis años de edad, el 13 de junio de 1475.
Juana de Portugal tuvo por amante al caballero castellano Pedro de Castilla y Fonseca (biznieto de Pedro I de Castilla). Esta relación se dio incluso cuando aún estaba casada con el rey, lo que fue conocido en la época. Con él tuvo dos hijos gemelos, antes de fallecer con solo 36 años:

sábado, 17 de octubre de 2015

Juana la Beltraneja


En los comienzos de 1462 nació una hija del rey Enrique IV de Castilla y de la reina Juana de Portugal. Una hija que alcanzaba la vida como única heredera de la corona castellana.
Nació en Madrid, Villa muy querida del rey Enrique, por deseo de éste, que hizo venir a este rincón castellano a la reina cuando ya se acercaba la fecha del alumbramiento.
La vida de esta princesa madrileña había de estar unida a las luchas de la sucesión real, en un momento de crisis y dificultades, que llevaría al trono de Castilla a la reina Isabel la Católica.
Razones políticas, seguramente más que de otra índole, habían de dar a la recién nacida el sobrenombre de "Beltraneja", tildándola de hija no del rey, sino de su favorito y dueño del gobierno, don Beltrán de la Cueva. El mismo padre, en distintas ocasiones, presionado por facciones contrarias, había de admitir el origen adulterino de la princesa, que atravesaría una vida difícil y azarosa, movida siempre por el interés político que había de perseguirla, haciendo de su figura bandera de grupos descontentos o ambiciosos.
Si siquiera en el claustro pudo encontrar sosiego, que allí encerrada, desposeída ya de la corona castellana, habían de venir a sacarla para hacerla su esposa el rey de Portugal, pretendiendo así derechos a la corona que había de ver perdidos en la batalla de Zamora.
El claustro había de ser, sin embargo, el último retiro de esta vida de luchas, intrigas y batallas de la que el pueblo llamaba "Excelente Señora, reina sin reino".
Ya en su vejez, a las sesenta y ocho años, edad tardía para la época, murió en un convento de Lisboa, el año 1530, la princesa doña Juana, llegando así a conocer el esplendor de la corona de Castilla, unida a la de Aragón por tu tía la reina Isabel la Católica, y que ya extendía su dominio por Italia y más allá de las recién nacidas tierras de América. Ya Castilla no era, como en los días de su padre, una hoguera de intrigas y banderías, sino un reino próspero y unido que habla ganado las tierras de los moros y había dado fin a la guerra secular de la Reconquista. Los años de su vida, tan cruciales, habían cambiado enteramente el mundo de sus primeros días, el de su niñez y juventud y también la sociedad era ya otra y no tenían cabida las ambiciones de unos nobles levantiscos capaces de alzar bandera contra sus reyes; se había jerarquizado alrededor de los nuevos monarcas, que habían sabido ver el mundo cambiante y crítico da sus vidas y habían mantenido una política férrea de unidad, distinta de los días del rey Enrique IV.

miércoles, 22 de julio de 2015

La revuelta de los Irmandiños

La revuelta de los Irmandiños, fue una rebelión popular que tuvo lugar en Galicia entre 1467 y 1469.
Durante el siglo XV, los nobles gallegos sometían a la población a una serie de desmanes, tales como robos, violaciones y cobro de impuestos desorbitados a su antojo. Tenían a la gente atemorizada, hasta el punto de que los campesinos no osaban salir de casa y tenían que dormir en las iglesias por seguridad. Los señores desde sus fortalezas organizaban los robos y saqueos de bienes y cosechas, a la vez que despojaban a la Iglesia de tierras y tesoros.
Desde 1230, Galicia era un territorio dependiente del reino de Castilla. En 1464, el rey Enrique IV de Castilla se vio obligado por la nobleza a desposeer a su hija Juana la Beltraneja del título de Princesa de Asturias y nombrar heredero en su lugar a su hermanastro Alfonso. Un año después los mismos nobles derrocaron a Enrique IV y proclamaron rey de Castilla a Alfonso, provocando el estallido de una guerra entre los partidarios de uno y otro. Los nobles se decantaron por el bando de Alfonso, mientras que el pueblo y los poderes eclesiásticos permanecieron fieles al rey legítimo, Enrique IV.
Las clases populares solicitaron permiso al rey para organizarse en una hermandad, con el fin de acabar con las fechorías de los nobles y así, en 1467, Enrique IV aprobó la Hermandad del Reino de Galicia. Lo que en principio estaba pensado para restablecer el orden y proteger sus intereses, pronto se convirtió en una revuelta en toda regla. Se sumaron a esta justicia del pueblo tanto campesinos como gente de ciudad, hidalgos, caballeros y algunos clérigos.
La ira de los irmandiños los llevó a derribar cuantos castillos y torres hubiera en Galicia, según las crónicas fueron destruidos 130 castillos y fortalezas. La pretensión de los irmandiños era romper la relación de vasallaje, no pagar las rentas del señor y aprovechar el vacío de poder generado por la guerra civil en Castilla para levantar un nuevo poder.
Los irmandiños formaron ejércitos de milicianos de ámbito regional uniendo localidades y comarcas, que se juntaban para acometer asedios o batallas grandes. Hay pruebas de que la movilización fue general en las ciudades y en el campo. Todo el mundo tenía armas en las casas y experiencia militar; es erróneo creer que los irmandiños se enfrentaban a sus enemigos caballeros con útiles agrícolas: hoces, guadañas, azadas. La infantería y la caballería de las milicias irmandiñas usaban las mismas defensas personales que los ejércitos señoriales: lanzas, escudos, espadas, dagas, caballos y flechas, cascos, cotas de malla y algunas armaduras caballerescas. En las villas había maestros armeros que las hacían o bien se importaban armas blancas por mar. Los jefes militares irmandiños eran en su mayoría caballeros pero también había algún labrador, burgués o letrado. Sus ejércitos no tenían el mismo grado de jerarquía que los señoriales. Todos los capitanes irmandiños estaban subordinados a la ‘junta del reino’.
La nobleza se vio obligada a huir a Portugal o a Castilla, pero el fin de la guerra civil castellana animó a los nobles de ambos bandos a intentar acabar con la hermandad popular. En la primavera de 1469 tres ejércitos señoriales entran en Galicia: Pedro Madruga desde Portugal, el arzobispo Fonseca y Juan Pimental desde Salamanca, y el conde de Lemos desde Ponferrada. Después de varias batallas vencieron a los irmandiños y mataron a sus líderes.
No hubo represalias contra los vasallos que osaron rebelarse contra sus señores, hubiera sido prácticamente imposible, dado el carácter masivo de la revuelta.
Aunque finalmente fueron vencidos, los irmandiños consiguieron que hubiese justicia en su reino entre 1467 y 1469.

(Paseando por la Historia)

miércoles, 2 de julio de 2014

¡Ese es, ese es!

Los nobles partidarios de la princesa Isabel —o más bien, enemigos de su hermano el rey Enrique IV— habían decidido que, para sus propios intereses y para los del reino, convenía que Isabel se casara con el príncipe heredero de Aragón. Aparentemente Isabel opinaba también así.
Le faltaba sólo conocer al novio, acerca del cual había recibido diferentes versiones. Le habían dicho que «era mozo de mediana y bien compuesta estatura, rostro grave, blanco y hermoso; de cabello castaño y de frente ancha, con algo de calva; que sus ojos eran claros con gravedad alegre, nariz y boca pequeñas, mejillas y labios colorados, bien sacado de cuello y formado de espalda, voz clara y sosegada y muy brioso a pie y a caballo».
Posiblemente no le dijeron a Isabel que su prometido Fernando había ya para entonces engendrado dos hijos, Alfonso y Juana, ilegítimos los dos. En realidad poco hubiera importado si se hubiera enterado —y quizá lo supo—, ya que el matrimonio de una princesa no se hacía casi nunca con el hombre de su elección, y la existencia de aquellos dos hijos era considerada sólo resultado de un «pequeño desliz».De cualquier manera, los novios se entrevistaron por primera vez en Valladolid el 14 de octubre de 1469, cinco días antes de su boda. El príncipe aragonés había viajado en secreto y disfrazado de criado para evitar que los partidarios del rey Enrique IV le impidieran llegar a Castilla y casarse con Isabel.La presentación de los novios tuvo lugar en casa de Juan de Vivero y de noche, para no ser vistos. Iba Fernando acompañado de cuatro caballeros, amigos suyos, todos disfrazados de arrieros. Resultaba difícil saber cuál de ellos era el príncipe. Gutierre de Cárdenas se lo indicó a Isabel, diciéndole por lo bajo, a la vez que lo señalaba: «Ese es, ése es.» La princesa pudo así examinarlo con la vista antes de que él hablara.
Agradecida a Gutierre por habérselo descubierto, le concedería, más tarde, añadir las eses a su escudo.

(Leyendas y anécdotas de la Historia de España – Fco. Xavier Tapia)