Hay quien dice que la primavera es la mejor época del año para conocer un espacio natural en todo su esplendor, pero seguramente aquel que lo afirme con rotundidad no ha paseado por los jardines del Campo del Moro durante el otoño. Y es que no hay atardecer más bonito en Madrid que el que puede verse desde este recinto ajardinado cuando el calor del verano se transfigura en eco lejano.
Situado a los pies del Palacio Real y con un pronunciado desnivel, el Campo del Moro se extiende casi como la alfombra roja que habría de pisarse para acceder a él. Dista solo unos pasos del río Manzanares, por lo que se trata de un lugar especialmente fresco, sobre todo en
las últimas horas del día, cuando la humedad del ambiente se hace patente.
Declarado Jardín Histórico Artístico en 1931 y dependiente en la actualidad de Patrimonio Nacional, este espacio, de unas 20 hectáreas de extensión, recibe su nombre del almorávide Alí ben Yusuf, quien en el año 1109 estableció allí su campamento para tratar de reconquistar el que fuera el Alcázar.
El aspecto singular que tiene hoy el parque se debe a las reformas acontecidas durante el reinado de Isabel II, quien le confirió su carácter romántico y sus trazados curvilíneos. Anteriormente, Felipe IV ya había iniciado esta labor, pero es a finales del siglo XIX cuando se produce gran parte de la plantación de flora y se instalan los pabellones de recreo y las fuentes de los Tritones y el Palacio de las Conchas.
Los pequeños senderos e intrincados caminos de tierra invitan a las parejas de enamorados a adentrarse en este paraje lleno de encanto que se sitúa en pleno corazón de Madrid.
También son muchas las familias con niños que vienen a dar un paseo: aquí es muy fácil ver de cerca ardillas, faisanes y esplendorosos
pavos reales.
(20 minutos)
De todo un poco. Leyendas, tradiciones e historias curiosas de todas las regiones de España. Unas son verdad y otras no tanto.
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martes, 30 de enero de 2018
miércoles, 29 de noviembre de 2017
La nariz de Isabel II Barcelona
Hasta 1868 un busto de Isabel II firmado por Andreu Aleu presidía la escalera de honor del Liceu. Fue así hasta La Gloriosa, revolución que acabó con el reinado de la madre de Alfonso XII y con la estatua, o mejor, acabó con la nariz pétrea de la soberana. La reina puso pies en polvorosa camino de Francia, y el busto fue arrastrado Rambla abajo (con cuerdas, según unos, rodando, a juicio de otros) y tirado al mar. Sobre su inmersión submarina todo el mundo coincide. Sobre su recuperación las versiones son dispares. La romántica afirma que Rossend Nobas, discípulo de Aleu, decidió ir a recuperarla con una barca para llevársela a su maestro. La más realista cuenta que se encontró con motivo de unas obras en el puerto. Fuera como fuese el resultado es el mismo: en la actualidad dormita en las reservas del MNAC.
Aunque hasta mediados de enero tiene permiso para estar en salas. Luce, sin nariz, en la exposición 'La caja entrópica', dando la espalda a la sala noble de la Casa Clarós o Casa Serra, como más guste, y mirando de reojo a las puertas originales de la Casa Batlló.
Aunque hasta mediados de enero tiene permiso para estar en salas. Luce, sin nariz, en la exposición 'La caja entrópica', dando la espalda a la sala noble de la Casa Clarós o Casa Serra, como más guste, y mirando de reojo a las puertas originales de la Casa Batlló.
(El Periódico)
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viernes, 16 de junio de 2017
Restaurante Lhardy - Madrid
Gracias a Lhardy, fundado en 1839 por Emilio Lhardy, la modernidad gastronómica llegó a Madrid. En un edificio cercano a la Puerta del Sol, el restaurante se distribuye en 3 plantas y 6 salones. Se dice que en uno de ellos, el japonés, Isabel II se citaba con sus amantes. Comer en Lhardy es como un viaje en el tiempo, ya que todo se conserva tal y como se encontraba en sus inicios.
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domingo, 14 de mayo de 2017
El final del culebrón
La reina Isabel II era una fiel seguidora de una novela que se publicaba por entregas en el diario ‘La Nación’.
Antonio Flores, el autor, recibió en cierta ocasión una nota de la monarca en el que le exigía que le entregará un manuscrito de la obra, para así ser la primera en conocer el final.
Muy cortesmente, éste le contestó:
-Majestad, lamento no poder complaceros, pero ni siquiera yo tengo idea de cómo voy a salir del enredo que he tramado. Eso sí, en cuanto lo averigüe os lo comunicaré de inmediato.
Antonio Flores, el autor, recibió en cierta ocasión una nota de la monarca en el que le exigía que le entregará un manuscrito de la obra, para así ser la primera en conocer el final.
Muy cortesmente, éste le contestó:
-Majestad, lamento no poder complaceros, pero ni siquiera yo tengo idea de cómo voy a salir del enredo que he tramado. Eso sí, en cuanto lo averigüe os lo comunicaré de inmediato.
(20 minutos)
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martes, 1 de noviembre de 2016
La fuga de Salustiano Olózaga
Salustiano Olózaga, político liberal, era presidente del Congreso de los Diputados en 1843, cuando los reaccionarios le acusaron (falsamente) de coaccionar a la joven reina Isabel II, para obligarle a firmar la disolución de las Cortes y convocar nuevas elecciones.
Fue detenido (querían condenarle a muerte), y casualmente coincidió en la cárcel con el popular bandolero Luis Candelas, que al hablar con él se sintió solidario con la causa liberal.
A pesar de la guardia reforzada, Candelas organizó la fuga. Proporcionó a don Salustiano una pistola y un puñado de monedas de oro.
-Mañana, cuando salgas, les das a elegir entre la pistola y el oro.
Al salir, Olózaga hizo lo pactado:
-¡Onzas o muerte llevo!
Ni que decir tiene que eligieron las onzas de oro, y mientras los guardias se entretenían cogiendo las monedas, el político escapó.
Olózaga acudió a la casa de su amigo, el progresista Basualdo, en la calle de la Ruda. Salustiano se puso un disfraz de labrador y acompañado del ama de llaves de Basualdo, se dirigió a la Puerta de Toledo. Allí le esperaba el guarda de una dehesa de Illescas quien le llevó hasta Leganés. En Leganés le presentaron a un viejo contrabandista llamado El Fraile, que fue quien le acompañó hasta cruzar la frontera de Portugal.
(Caminando por Madrid)
Fue detenido (querían condenarle a muerte), y casualmente coincidió en la cárcel con el popular bandolero Luis Candelas, que al hablar con él se sintió solidario con la causa liberal.
A pesar de la guardia reforzada, Candelas organizó la fuga. Proporcionó a don Salustiano una pistola y un puñado de monedas de oro.
-Mañana, cuando salgas, les das a elegir entre la pistola y el oro.
Al salir, Olózaga hizo lo pactado:
-¡Onzas o muerte llevo!
Ni que decir tiene que eligieron las onzas de oro, y mientras los guardias se entretenían cogiendo las monedas, el político escapó.
Olózaga acudió a la casa de su amigo, el progresista Basualdo, en la calle de la Ruda. Salustiano se puso un disfraz de labrador y acompañado del ama de llaves de Basualdo, se dirigió a la Puerta de Toledo. Allí le esperaba el guarda de una dehesa de Illescas quien le llevó hasta Leganés. En Leganés le presentaron a un viejo contrabandista llamado El Fraile, que fue quien le acompañó hasta cruzar la frontera de Portugal.
(Caminando por Madrid)
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miércoles, 11 de junio de 2014
Alhajas, ni en pintura
En cierto pleito, Don Manuel Cortina
defendió como abogado los intereses de Isabel II. Habiéndole pedido
ella que le presentara su cuenta, contestó él que nada se le debía
pues se consideraba bien pagado con haber tenido el honor de haberla
defendido.
“Pues yo sé lo que tengo que hacer”, respondió ella.
“Señora, - dijo Cortina -, si vuestra Majestad me envía alguna alhaja, me voy a ver obligado a cometer un acto de descortesía”.
“¿Aceptarías mi retrato?”
“Sí. Señora; pero sin marco”
Poco tiempo después recibió Cortina un magnífico óleo de medio cuerpo, en que aparecía Isabel sin pendientes, pulseras, sortijas ni joya alguna. En la carta de remisión decía la reina: “Y para que no te ofendas, ni pintadas te envío alhajas”.
“Pues yo sé lo que tengo que hacer”, respondió ella.
“Señora, - dijo Cortina -, si vuestra Majestad me envía alguna alhaja, me voy a ver obligado a cometer un acto de descortesía”.
“¿Aceptarías mi retrato?”
“Sí. Señora; pero sin marco”
Poco tiempo después recibió Cortina un magnífico óleo de medio cuerpo, en que aparecía Isabel sin pendientes, pulseras, sortijas ni joya alguna. En la carta de remisión decía la reina: “Y para que no te ofendas, ni pintadas te envío alhajas”.
(según Carlos Fisas)
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