jueves, 17 de agosto de 2017

La Diosa Deganta - El Bierzo


La diosa Deganta en el Bierzo, como señas más relevantes es preciso mencionar: las aras dedicadas a ella y, asimismo, con de las ninfas Camenas- en ambos casos, númenes vinculados estrechamente con las aguas.

(El Santuario del Alba)

Faro de Tossa de Mar

Otro de los pueblos más bonitos y con mayor encanto que podrás visitar en España se encuentra en este rincón de la Costa Brava. Es un pequeño paraíso en el que puedes aparcar alrededor de la costa y dirigirte a la Platja Gran donde divisaremos el faro a lo lejos, a 600 metros sobre nuestras cabezas. Allí, una de las opciones disponibles es subirte a un tren turístico que te lleve por un recorrido hasta él. Durante este trayecto, podemos disfrutar de unas inigualables vistas de la vieja ciudad de Tossa de Mar, la Vila Vella, con una muralla que se alza sobre la montaña junto a 6 torres y una iglesia.
En esta zona podemos visitar también la torre d’en Joanàs, desde la que poder ver el impresionante paisaje que nos ofrece la bahía, poblada de algunos acantilados, y volver nuestros ojos de nuevo al clásico y elegante faro. En su interior está el Centro de Interpretación de los Faros del Mediterráneo y se alza cerca de la ermita de Sant Elm, donde hay un mirador. Y para terminar nuestro día de visita por Tossa, podemos aprovechar para pasar una velada cenando en el Bar del Far del Mar.

SABÍAS QUE… 
Atravesando la muralla que rodea la estancia del faro, nos sorprenderá una escultura de la actriz Ava Gardner. Este recuerdo se debe a la película que la actriz protagonizó por las calles de este pueblo, mostrando su belleza y haciéndola conocida por todos. Es por ello que, en honor al papel que supuso la estrella para Tossa, se levanta esta figura.

(Termómetro turístico)

Peña de Gubín - Berció

En el pueblo de Berció vivía una muchacha bellísima, que en fiestas y romerías era la más solicitada del pueblo. Mas ella rechazaba a todos los pretendientes, no queriendo separarse de sus padres. En una de esas romerías bailó con un joven labrador que, lejos de cortejarla como los otros, la trató con una respetuosa afabilidad. Bailaron juntos casi toda la tarde, y cuando otros mozos venían a pedir a la joven que bailase con ellos, decía que estaba cansada, para poder seguir hablando así con el nuevo compañero. Después, ya anochecido, bajaban todos hacia el pueblo, iban por el camino saltando y bailando al son de la gaita y del tamboril, tañidos por el viejo Manolín, que los seguía. La muchacha no se separaba del joven labrador, y cuando se cogían las manos para saltar, ella sentía una impresión desconocida. Aquella noche, en el lecho, apenas pudo conciliar el sueño; era la primera vez que un hombre la había atraído. El labrador también estaba prendado de su compañera de baile.
A la mañana siguiente se encontraron, camino del mercado. Y a partir de ese día se vieron en otras muchas ocasiones. Comenzaron luego a citarse, hasta que se hicieron novios. Los padres de la muchacha nada tenían que oponer, pues el futuro yerno era honrado, trabajador, no le gustaba demasiado la taberna ni las cartas, y sus tierras estaban bien cuidadas. Los novios se sentían cada día más felices. Era por el tiempo del otoño y esperaban casarse para Año Nuevo, después de haber celebrado las Navidades en sus casas respectivas como despedida. Ya en las romerías bailaban siempre juntos, como en el día en que se conocieron, y cuando se cogían de la mano para bailar la solemne Danza Prima, sus manos se apretaban firmemente con amor y confianza. En las esfoyazas, entre cuentos y canciones, las amigas de ta muchacha le daban bromas sobre el novio.
Mas los proyectos de los jóvenes enamorados no se llegaron a cumplir en el plazo que ellos deseaban. Por entonces hubo necesidad de reclutar gente para la guerra, y el muchacho fue llamado a las quintas. Gran disgusto fue para ellos; pero nada podían hacer. El día en que partía, ella lo acompañó un largo trecho, hasta la roca que llaman peña de Gubín, risco escarpado a los pies del cual pasa, encañonado y turbulento, el Nalón. Y sobre aquella peña que domina los valles vecinos, la muchacha hizo solemne juramento de aguardar a su novio: «¡Por la Virgen Santa te juro que cuando vuelvas me encontrarás en esta misma peña!». Con los ojos llenos de lágrimas, la joven besó la cruz formada por sus dedos. Después él partió, descendiendo por un sendero, entre robles, hasta el camino real, que pasaba no lejos de la peña. La muchacha volvió despacio hacia el pueblo.
Por aquel entonces vivía en un castillo medio derruido un caballero que aún poseía muchas tierras y riquezas y al que pagaban tributo muchos de los del pueblo. Este caballero había estado ausente algún tiempo, y cuando volvió a descansar, empezó a asistir a las romerías y a las fiestas. En una de éstas vio a la muchacha, que, a pesar de la ausencia de su novio, había asistido, forzada por sus amigas, que querían distraerla de la continua melancolía en que había caído desde la marcha de su prometido. El caballero se sintió atraído por la belleza delicada de la joven y se acercó a galantearla. Las compañeras se sintieron felices cuando se les acercó a su grupo el noble señor, pero la muchacha permaneció seria y silenciosa, sin responder nada a las palabras del caballero. Se encontraba allí incómoda; estaba cercano el plazo en que debía regresar su prometido y deseaba estar sola para pensar en él.
Así, antes de que terminara la fiesta, en vez de regresar, como en otras ocasiones, con los alegres grupos que bajaban bailando hacia el pueblo, se separó de las amigas, y por un sendero apartado se dirigió hasta la peña de Gubín. El sol se iba ya a ocultar; la tierra parecía haberse oscurecido en su verdor, los pájaros habían callado y sólo se oía el ruido de la corriente tumultuosa del Nalón. En el horizonte, las nubes se enrojecían. La muchacha, arrodillada en lo alto de la peña, pensaba en su prometido y escudriñaba los caminos y un trozo del camino real, para ver si llegaba el esperado. Pero, como otras tantas tardes, su espera fue en vano. El sol se puso, y la muchacha iba a incorporarse, suspirando, cuando oyó una voz que la sobresaltó: «¡No suspires más! ¡Aquí estoy!». Mas la voz no era la de su prometido. Se volvió. Frente a ella estaba el señor del castillo, que la miraba con ojos llenos de codicia y de pasión. La muchacha, alterada, no dijo nada, sino que intentó pasar. El caballero la sujetó por un brazo. «¡No te dejaré escapar! ¡Aquí nadie nos ve, y te quiero!» Ella le suplicó, llorando, que la dejase marchar, pues había hecho un juramento allí mismo y no podía ser de otro hombre, ya que su alma y su vida estaban ya dadas. «¡Dejadme volver al pueblo! Es tarde y extrañarán mi ausencia. No conviene a la reputación de una joven cuyo novio está ausente que se la vea acompañada.» Pero el caballero, lejos de dejarla pasar y de soltar el brazo, la abrazó, con la intención de besarla. Ella resistió heroicamente, haciendo inútiles esfuerzos para soltarse. Hasta que en la violencia de la lucha, resbalaron por el borde de la sima que cortaba la peña, y cayeron. El caballero gritó, espantado. Pero la muchacha tuvo tiempo de invocar a la Virgen: «¡Virgen Santa, valedme!».
Apenas había dicho esto, cuando, unas manos invisibles la sujetaron y la elevaron dulcemente hasta dejarla otra vez en lo alto de la peña.
El caballero fue arrastrado por la corriente del Nalón y su cuerpo apareció destrozado aguas abajo. Para que el milagro fuera más completo, cuando la muchacha, tendida en tierra, sollozaba aún llena de terror, sintió otra voz, ésta conocida y amada, que la llamaba. Se levantó y vio que por el sendero llegaba su prometido.
Pocos días después se celebraban las bodas. La muerte del caballero fue atribuida a un La peña de Gubín
En el pueblo de Berció vivía una muchacha bellísima, que en fiestas y romerías era la más solicitada del pueblo. Mas ella rechazaba a todos los pretendientes, no queriendo separarse de sus padres. En una de esas romerías bailó con un joven labrador que, lejos de cortejarla como los otros, la trató con una respetuosa afabilidad. Bailaron juntos casi toda la tarde, y cuando otros mozos venían a pedir a la joven que bailase con ellos, decía que estaba cansada, para poder seguir hablando así con el nuevo compañero. Después, ya anochecido, bajaban todos hacia el pueblo, iban por el camino saltando y bailando al son de la gaita y del tamboril, tañidos por el viejo Manolín, que los seguía. La muchacha no se separaba del joven labrador, y cuando se cogían las manos para saltar, ella sentía una impresión desconocida. Aquella noche, en el lecho, apenas pudo conciliar el sueño; era la primera vez que un hombre la había atraído. El labrador también estaba prendado de su compañera de baile.
A la mañana siguiente se encontraron, camino del mercado. Y a partir de ese día se vieron en otras muchas ocasiones. Comenzaron luego a citarse, hasta que se hicieron novios. Los padres de la muchacha nada tenían que oponer, pues el futuro yerno era honrado, trabajador, no le gustaba demasiado la taberna ni las cartas, y sus tierras estaban bien cuidadas. Los novios se sentían cada día más felices. Era por el tiempo del otoño y esperaban casarse para Año Nuevo, después de haber celebrado las Navidades en sus casas respectivas como despedida. Ya en las romerías bailaban siempre juntos, como en el día en que se conocieron, y cuando se cogían de la mano para bailar la solemne Danza Prima, sus manos se apretaban firmemente con amor y confianza. En las esfoyazas, entre cuentos y canciones, las amigas de ta muchacha le daban bromas sobre el novio.
Mas los proyectos de los jóvenes enamorados no se llegaron a cumplir en el plazo que ellos deseaban. Por entonces hubo necesidad de reclutar gente para la guerra, y el muchacho fue llamado a las quintas. Gran disgusto fue para ellos; pero nada podían hacer. El día en que partía, ella lo acompañó un largo trecho, hasta la roca que llaman peña de Gubín, risco escarpado a los pies del cual pasa, encañonado y turbulento, el Nalón. Y sobre aquella peña que domina los valles vecinos, la muchacha hizo solemne juramento de aguardar a su novio: «¡Por la Virgen Santa te juro que cuando vuelvas me encontrarás en esta misma peña!». Con los ojos llenos de lágrimas, la joven besó la cruz formada por sus dedos. Después él partió, descendiendo por un sendero, entre robles, hasta el camino real, que pasaba no lejos de la peña. La muchacha volvió despacio hacia el pueblo.
Por aquel entonces vivía en un castillo medio derruido un caballero que aún poseía muchas tierras y riquezas y al que pagaban tributo muchos de los del pueblo. Este caballero había estado ausente algún tiempo, y cuando volvió a descansar, empezó a asistir a las romerías y a las fiestas. En una de éstas vio a la muchacha, que, a pesar de la ausencia de su novio, había asistido, forzada por sus amigas, que querían distraerla de la continua melancolía en que había caído desde la marcha de su prometido. El caballero se sintió atraído por la belleza delicada de la joven y se acercó a galantearla. Las compañeras se sintieron felices cuando se les acercó a su grupo el noble señor, pero la muchacha permaneció seria y silenciosa, sin responder nada a las palabras del caballero. Se encontraba allí incómoda; estaba cercano el plazo en que debía regresar su prometido y deseaba estar sola para pensar en él.
Así, antes de que terminara la fiesta, en vez de regresar, como en otras ocasiones, con los alegres grupos que bajaban bailando hacia el pueblo, se separó de las amigas, y por un sendero apartado se dirigió hasta la peña de Gubín. El sol se iba ya a ocultar; la tierra parecía haberse oscurecido en su verdor, los pájaros habían callado y sólo se oía el ruido de la corriente tumultuosa del Nalón. En el horizonte, las nubes se enrojecían. La muchacha, arrodillada en lo alto de la peña, pensaba en su prometido y escudriñaba los caminos y un trozo del camino real, para ver si llegaba el esperado. Pero, como otras tantas tardes, su espera fue en vano. El sol se puso, y la muchacha iba a incorporarse, suspirando, cuando oyó una voz que la sobresaltó: «¡No suspires más! ¡Aquí estoy!». Mas la voz no era la de su prometido. Se volvió. Frente a ella estaba el señor del castillo, que la miraba con ojos llenos de codicia y de pasión. La muchacha, alterada, no dijo nada, sino que intentó pasar. El caballero la sujetó por un brazo. «¡No te dejaré escapar! ¡Aquí nadie nos ve, y te quiero!» Ella le suplicó, llorando, que la dejase marchar, pues había hecho un juramento allí mismo y no podía ser de otro hombre, ya que su alma y su vida estaban ya dadas. «¡Dejadme volver al pueblo! Es tarde y extrañarán mi ausencia. No conviene a la reputación de una joven cuyo novio está ausente que se la vea acompañada.» Pero el caballero, lejos de dejarla pasar y de soltar el brazo, la abrazó, con la intención de besarla. Ella resistió heroicamente, haciendo inútiles esfuerzos para soltarse. Hasta que en la violencia de la lucha, resbalaron por el borde de la sima que cortaba la peña, y cayeron. El caballero gritó, espantado. Pero la muchacha tuvo tiempo de invocar a la Virgen: «¡Virgen Santa, valedme!».
Apenas había dicho esto, cuando, unas manos invisibles la sujetaron y la elevaron dulcemente hasta dejarla otra vez en lo alto de la peña.
El caballero fue arrastrado por la corriente del Nalón y su cuerpo apareció destrozado aguas abajo. Para que el milagro fuera más completo, cuando la muchacha, tendida en tierra, sollozaba aún llena de terror, sintió otra voz, ésta conocida y amada, que la llamaba. Se levantó y vio que por el sendero llegaba su prometido.
Pocos días después se celebraban las bodas. La muerte del caballero fue atribuida a un accidente. Sólo el párroco sabía la verdad de lo sucedido.


(Leyendas de España - Vicente García de Diego)

Los siete Infantes de Lara

Qué gran día para los castellanos aquel en que se ganó Calatrava la Vieja! Y ¡qué bien peleó en aquella ocasión Ruy Velázquez, el noble caballero! Siempre dando las heridas primeras, siempre adelantado en el haz. Y con trescientos hombres que llevaba mató a más de cinco mil moros. ¡Ojalá hubiera muerto aquel día! Su nombre hubiera pasado limpio y glorioso al recuerdo de los castellanos y no sería maldecido; su cuerpo yacería bajo rico enterramiento y no bajo carretadas de piedras arrojadas por los caminantes. Y no hubiera tramado gran traición contra sus sobrinos los siete infantes de Lara. Ésta es la dolorosa historia.
Como recompensa por el triunfo de Calatrava, el rey dio a Ruy Velázquez en matrimonio a doña Lambra, hermosísima mujer. Celebráronse las bodas en Burgos y las tornabodas en Salas, de donde eran los siete infantes, también llamados de Lara. Grandes fiestas se hacían, alegres en grado sumo. Á ellas llegaron los siete infantes, que fueron recibidos con muestras de cariño por su madre doña Sancha, mujer de Gonzalo Gustioz y hermana de Ruy Velázquez. Uno a uno fueron abrazados y besados tiernamente, sobre todo Gonzalico, de ellos el preferido. Los siete infantes eran de noble apostura y bravo corazón; la más pura concordia, el cariño más acendrado entre ellos reinaba y cada uno estaba presto a dar la vida, si necesario fuera, por los demás; nunca existió ni la más pequeña diferencia. «Hijos -les dijo la madre-, id a descansar a vuestra posada de la calle Cantarranas, y no salgáis, que las plazas están llenas de gente, y por fútiles motivos se originan trifulcas peligrosas.» Y ellos así lo hicieron.
En tanto, había pasado la hora de la comida, y todos los caballeros que habían venido a las fiestas de tornabodas salieron a la plaza a correr bohordos y a tirar tablados. Pero ninguno bohordaba bien: un caballero cordobés salió al campo y tiró una vara con fuerza y gallardía, entre el aplauso de la concurrencia. Y volviéndose al grupo de nobles damas que presidía doña Lambra, gritó: «¡Amad, señoras, amad, que más vale un caballero de Córdoba la llana que veinte ni treinta de los que son tan nombrados en esta tierra». Y doña Lambra, llena de entusiasmo, exclamó: «¡Maldita sea la dama que su cuerpo te niegue! ¡Y si yo fuera libre, tuyo sería mi favor!». Pero doña Sancha, que estaba presente, enrojeció de vergüenza y le hizo ver que esas palabras no estaban bien en labios de una mujer recién dada en matrimonio a Ruy Velázquez. Doña Lambra, echando atrás su hermosa cabeza, miró a la madre de los siete infantes y le escupió estas palabras: «Callad, doña Sancha, que vos como puerca en ciénaga paristeis siete hijos». Y un viejo servidor que allí se hallaba, lleno de dolor y de indignación, fue a la posada en donde estaban los infantes.
Venía este buen hombre cabizbajo por la calle. Gonzalo, que estaba asomado al barandal, le dijo: «¡Eh!, ¿qué os pasa, ayo?; ¿por qué esa cara de pesar?». Y el ayo, que tal era, le dijo: «Vengo lleno de dolor por algo que he oído que ofende a vuestra sangre». Y entrando en la casa, quiso retirarse sin decir más, temiendo que los infantes quisieran vengar el insulto hecho a su madre; pero obligado por ellos, tuvo que relatar lo sucedido. Gonzalo, saliendo como una exhalación, cogió su caballo, entró en la plaza y tomando una vara, la lanzó con tanta fuerza, que el tablado cayó estruendosamente, y volviéndose a donde estaban las damas, les gritó, insultándolas: «Amad, puercas, amad, que un caballero de mi sangre vale más que cuarenta de Córdoba». Doña Lambra, llena de ira, se retiró, y fuese al palacio de Ruy Velázquez, gritando: «¡Venganza, venganza!». Ruy Velázquez, viéndola así, le preguntó qué había sucedido, y ella contestó: «Vuestros sobrinos, los siete infantes de Lara, me han insultado y amenazado injuriosamente, diciéndome que me cortarían las faldas por vergonzoso lugar». Ruy Velázquez salió y fue a la plaza, en donde se había trabado una gran pelea: Gonzalo había matado a Alvar Sánchez, primo de doña Lambra, y contra aquél se lanzó Ruy, hiriéndole y queriéndolo rematar, sin conseguirlo, por la intervención de los hermanos, que habían acudido prestamente a la plaza. Y de esta manera comenzó la lucha entre los de Lara y los caballeros de doña Lambra.
Durante algún tiempo la enemistad persistió, traduciéndose en continuas reyertas. Al fin intervinieron el rey y Gonzalo Gustioz, estableciéndose la paz. Se decidió que para probar la buena voluntad de los hasta entonces enemigos, los siete infantes escoltasen a doña Lambra a Barbadillo, que era heredad suya. Llegados allí, el rencor de la vengativa dama renació y ordenó a un criado que arrojase un cohombro lleno de sangre a Gonzalo. Éste, al verse agraviado tan sin razón, quiso matar al sirviente, siendo ayudado por sus hermanos. Pero el sirviente huyó a donde estaba su señora, la cual lo amparó, protegiéndolo bajo su falda, lo cual era signo de inviolabilidad. Pero los infantes no hicieron caso de ello y allí mismo dieron muerte a quien de tan mala manera había insultado a uno de ellos. Doña Lambra fue de nuevo a pedir venganza a Ruy Velázquez, diciéndole que si no se la concedía, iría a pedírsela a Almanzor. Ruy Velázquez, entonces, tramó una gran venganza contra su cuñado y sus sobrinos.
Fue a visitar a Gonzalo Gustioz, y saludándole con grandes muestras de afecto, le dijo: «Venturosamente ya pasaron los tiempos en que nuestras gentes eran enemigas. Quiero mostrarte mi buena voluntad encargándote de una importante embajada. Conviene conocer la opinión de Almanzor en ciertos asuntos de frontera. Yo os pido que llevéis cartas mías al gran guerrero, que sin duda os recibirá y honrará como a quien sois». Gonzalo Gustioz aceptó de buen grado y tomó la carta que, escrita en árabe, le entregaba Ruy Velázquez. «Mañana, al alborear, saldré», dijo. Y, en efecto, al día siguiente, después de haberse despedido de sus hijos, se puso en camino hacia la frontera.
Llegó a Córdoba, se dio a conocer como emisario a los guardias de las murallas y fue conducido a palacio. Allí Almanzor lo recibió con muchos honores, y habiéndole preguntado cuál era su embajada, Gonzalo Gustioz le entregó la carta. El semblante del caudillo moro se ensombreció: «¡Ah Gonzalo Gustioz!; mal haya la hora en que trajisteis esta carta. En ella me pide Ruy Velázquez que os dé muerte». Gonzalo se estremeció, comprendiendo que había sido traicionado, y así lo hizo ver a Almanzor. Mas éste, que era de natural caballeresco, no quiso prestarse a tan infame treta, y le dijo al cristiano: «No haré lo que se me pide, mas sí he de retenerte aquí. No te duelas de esto, que estarás bien tratado». Y le dio como sirvienta a una hermana suya, una bella mora.
En la misma carta decía Ruy Velázquez que, además de entregarle a Gonzalo Gustioz, haría que los infantes fuesen a la frontera con poca gente para que pudiesen ser muertos por los moros, sin peligro ni riesgo para éstos. En efecto, un día pidió a los infantes que le acompañasen en una pequeña algarada que iba a hacer contra tierras de moros. Los infantes aceptaron y se despidieron de su madre, quien en vano trató de retenerlos. Iban acompañados del viejo ayo Ñuño Salido. Por el camino tuvieron varios agüeros, y el ayo, interpretándolos como de mal presagio, quiso que se volviesen a Salas, mas los jóvenes se burlaron cariñosamente de él. 
Llegados por las sierras de Alta-mira, cerca del valle de Arabiana, Ruy Velázquez les dijo: «Es hora de mostrar vuestro valor. Corred ese campo de moros, y si necesitáis ayuda, yo os la prestaré». Soltaron las riendas y se internaron en el valle, creyendo que todo iría bien. Mas de pronto vieron salir de los desfiladeros gran cantidad de enemigos que los rodearon y se lanzaron contra ellos. Los infantes no se amedrentaron por ello; empuñaron sus lanzas, y a los primeros moros que llegaron les hicieron pagar cara su osadía. ¡Dios, qué bien peleaban! Sus brazos estaban empapados en sangre enemiga. Al fin saltaron sus lanzas, rotas, y empuñaron las fuertes espadas. Durante varias horas continuó la pelea; el moro Alicante, que era quien capitaneaba a la gente de Almanzor, estaba admirado de ver el valor de aquellos jóvenes cristianos. Y dando treguas, les hizo pasar a las tiendas que había dispuesto, confortándolos con vino y alimentos. Ñuño Salido se dolía de la traición, dirigiéndoles tiernas palabras. Alicante estaba presto al perdón cuando Ruy Velázquez, llegando de improviso, lo llamó aparte y le dijo: «¡Mal cumplís las órdenes de vuestro señor! Esta blandura sin duda engendrará la ira de Almanzor, que os hará pagar cara vuestra transigencia». Y Alicante, temeroso de merecer un duro castigo, ordenó que se reanudase la pelea. De nuevo la lucha tomó gran fuerza, los siete infantes y Ñuño Salido peleaban bien, pero al fin fueron cayendo uno tras otro en presencia de Ruy Velázquez, que desde un alcor próximo presenciaba el cumplimiento de su venganza.
El moro Alicante cogió las cabezas de los siete infantes y la de Nuño Salido y partió hacia Córdoba; era víspera de San Cebrián. Llegó a la ciudad mora, entró en palacio y presentó su trofeo a Almanzor. Éste puso las cabezas en un tablado y mandó llamar a Gonzalo Gustioz. Llegó el cautivo, y Almanzor le dijo: «Aquí tienes ocho cabezas de gente noble. Prueba a ver si las reconoces».
Gonzalo las limpió, y cogiendo una estalló, al mirarla, en sollozos: «¡Ay triste de mí, que sí las conozco! ¡Nunca fue hombre tan desdichado!». Y dirigiéndose a ellas comenzó a hablarles con la voz que le temblaba de lágrimas, como las hojas del chopo tiemblan con la lluvia de abril: «Dios os salve, Ñuño Salido, buen compadre. ¿Qué hicisteis con los hijos que os encomendé? Mas perdonad, que bien veo que habéis cumplido con vuestro deber». Tomó la cabeza del heredero y le dijo: «¡Oh hijo Diego González, aquí paró vuestra gallardía, vuestro porte de alférez del conde Garci Fernández! Mis tierras quedaron sin nadie que las heredara». Y así fue hablando con todas las cabezas, elogiando a cada hijo sus cualidades: a Martín, su destreza en las tabas y su buena conversación; a don Suero, lo estimado que era de todos; a Fernán, su maestría en la caza; a Ruy y a Gustioz, su valor en la guerra; y sobre todo, lloró acariciando y besando la del menor, la de Gonzalillo, que era el preferido de su madre. Y de este llanto tuvo tan gran angustia, que cayó como muerto en tierra. Todos los presentes hubieron gran lástima de él. Y Almanzor ordenó que fuera conducido a los aposentos que le habían sido destinados, en donde la hermana del caudillo atendió con todo cariño al desdichado castellano.
En esa hermosa mora encontró gran consuelo Gonzalo Gustioz. Y pasando el tiempo, hubo amores entre ellos. Cuando ella tenía en el vientre el fruto de esos amores, Almanzor determinó dar libertad a Gonzalo, el cual, antes de partir de Córdoba, le entregó a su amada un anillo partido por la mitad, diciéndole que si era varón el hijo que tuviera, que cuando llegase a su edad moza, lo enviase a la cristiandad para que vengase a sus hermanos.
Pasó el tiempo, y el hijo de Gonzalo Gustioz y de la hermana de Almanzor fue creciendo, hasta hacerse un gallardo mancebo. Se había criado en palacio y nadie le había hablado de su origen. Mas un día, jugando al ajedrez con un príncipe moro, tuvo una disputa con él, y éste lo insultó llamándole hijo de nadie. Mudarra, que así era el nombre del bastardo, mató al que lo había insultado y fue a preguntar a su madre la verdad sobre su origen. La mora se lo contó todo, le entregó el anillo partido y le dijo que era llegado el tiempo en que había de marchar a la cristiandad para vengar a su padre y hermanos.
Mudarra partió, despidiéndose de Almanzor, el cual le tenía gran cariño, y marchó a Burgos. Allí buscó a su padre, se dio a conocer con el anillo y le pidió que le guiase al sitio en donde podría encontrar a Ruy Velázquez. Gran alegría recibió el buen viejo Gonzalo Gustioz al ver que al fin eran vengadas tantas traiciones e injurias, y bendijo a Mudarrillo. Éste se puso en camino, persiguiendo a Ruy Velázquez, que al saber su llegada había huido.
Al fin una tarde encontró Mudarra a un caballero reposando debajo de una haya. Le saludó preguntándole su nombre, y al reconocerlo como Ruy Velázquez, le dio muerte sin qué el traidor pudiera defenderse. Su cuerpo quedó allí sin sepultura, cubierto de piedras que los castellanos echaron sobre él; y desde entonces todos los que pasaban por aquella pedrera, en vez de rezar un padrenuestro, echaban otra piedra maldiciendo el ánima del traidor.
Doña Lambra fue más tarde presa y quemada viva. Y así se cumplió la venganza por la traición de que fueron objeto los siete infantes de Lara.

(Leyendas de España - Vicente García de Diego)

miércoles, 16 de agosto de 2017

Plaza Mayor - Herrera del Duque

La Plaza Mayor o plaza de España en la antigüedad fue cuadrada y a causa de posteriores construcciones ha quedado reducida a un rectángulo. 
En la segunda mitad del siglo XX ha sufrido diversas transformaciones que le han hecho perder su fisonomía original. En la actualidad, la población se articula urbanísticamente en torno a una amplia plaza rodeada de galerías porticadas en casi todo su perímetro. Las arcadas se cubren con bóvedas de diferentes tipos. 
La plaza tiene cinco entradas y se comunica con la calle Cantarranas a través de un arco abovedado, sobre el que antiguamente se situaba la Casa de la Audiencia o del Consejo, en su lugar ahora está el reloj de la localidad.

Fuente
En el centro de la plaza se alza una fuente construida en 1787, considerada como una joya escultórica: es toda de jaspe negro pulimentado y planta octogonal colocada sobre un plano ochavado con tres gradas y una columna central, de 4 metros de altura, por cuyo interior se eleva el agua hasta la cúspide y de la que sale por cuatro caños, cayendo en una copa redonda en forma de taza, labrada por su parte exterior a media caña, la cual deja salir el agua por ocho caños al pilón principal.
Recientemente las paredes del pilón han sido reformadas con dos pletinas de hierro que impiden la separación y desplome de los bloques de jaspe. Hoy no tiene otro uso que el ornamental, pero antiguamente se utilizaba como fuente pública y se llenaban los cántaros con unas largas cañas de hojalata que se”enchufaban” a los caños de la copa.

(Wikipedia)

El Mirador de San Nicolás - Granada

El Albaicín, la antigua judería en el barrio del Realejo, el centro urbano moderno y activo y, en primer plano, la Alhambra: estas son algunas de las postales panorámicas que ofrece el Mirador de San Nicolás. Con razón es uno de los lugares más frecuentados por quienes visitan Granada, una ciudad con infinitas posibilidades para el viajero.
Desde allí contemplé la mejor y más grandiosa puesta de sol que nunca había visto. En este caso, es imposible desmentir al ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton. Él, como tantos otros, se quedó prendado ante la vista que ofrece el Mirador de San Nicolás.

Los Caballucos del Diablu - Cantabria

Los Caballucos del Diablu son seres mitológicos de Cantabria que aparecen en la noche de San Juan volando entre llamas, humo y emanaciones de azufre y atronando en el silencio de la noche con bramidos infernales producto de la furia liberada tras todo un año de continencia.​

Leyenda
Cuenta la leyenda que son siete y parecen libélulas gigantes, pues tienen largas y transparentes alas, y vuelan por los cielos nocturnos cántabros. Sus colores son rojo, blanco, azul, negro, amarillo, verde y anaranjado.​ Vuelan siempre juntos y el primero de ellos es el caballo rojo, el más grande y robusto, percherón, el jefe que lidera y dirige a los demás en su búsqueda. Quienes han visto a los caballucos dicen que el mismísimo diablo monta uno, y que el resto son cabalgados por demonios.
Son nefastos para los montañeses, pues se dedican a pisotear o quemar las mieses. Los caballucos se desplazan por las sendas dejando las huellas de sus cascos y los cantos y lastras que alcanzan sus pezuñas quedan marcadas como si de tierra recién labrada se tratase.​ Su resoplido es tan fuerte y frío como el cierzo de invierno que hace caer las hojas de los árboles. Sus ojos relumbran como brasas incandescentes.
Según el mito, estos caballos del infierno fueron hombres pecadores que perdieron su alma y se vieron obligados a vagar por Cantabria el resto de la eternidad. El caballo rojo fue un hombre que prestaba dinero a los campesinos y luego mediante sucias tretas embargaba sus propiedades; el blanco era un molinero que robaba muchas maquilas del molino de su señor; el negro era un ermitaño que engañaba a las gentes; el amarillo un juez corrupto; el azul un tabernero; el verde un terrateniente que deshonró a muchas jóvenes y el naranja un hijo que por odio maltrataba a sus padres.

(Wikipedia)

martes, 15 de agosto de 2017

Taranis - Asturias

Dios del trueno, la luz y el cielo, representa el ruido, la destrucción y la fuerza sobrenatural de las tormentas. 
Probablemente tengan relación con esta deidad algunos topónimos como Taranes (Ponga), Tarañu (Cangas de Onís), Tarna (Caso) y Taraña (Laviana y Siero). Aparece también en la mitología celta.

Los Ventolines de Cantabria

Los Ventolines son geniecillos con grandes alas verdes, y ojos del color de las olas al desenredarse... Viven sobre la mar... en las nubes rojizas de poniente. Ayudan a los pescadores viejos a recoger redes... a remar... abrigándose con sus alas cuando hace frío, mientras ellos soplan suave brisa en la vela de la barca.
Encima del Buciero, en Santoña, unos puntitos fosforescentes ascienden hacia los arreboles de la tarde... cuentan... que son los ventolines que tornan a su hogar...
Los viejos pescadores invocan a los ventolines de la manera siguiente:


"Ventolines, ventolines, ventolines de la mar: 
este viejo está cansado y ya no puede remar." 

El nacimiento del rio Pisuerga

Algunos afirman que realmente el nacimiento de este río vallisoletano se encuentra en un paraje conocido como el Sel de la Fuente, aunque la mayoría afirma que es en la Cueva del Cobre donde un pequeño arroyo da comienzo al Pisuerga. 
La cueva se convierte además en el final de una ruta de senderismo muy famosa en la zona.

Dea Astúrica - Asturias


Diosa de la soberanía, y personificación de la nación de los astures durante el período romano.
Algunos autores opinan que se trata de la propia ciudad de Astorga (Asturica Augusta) divinizada.

domingo, 13 de agosto de 2017

Plaza Mayor de Orduña


A este momento debe corresponder el trazado de la actual Plaza Mayor, amplio espacio central cuya formación, a costa de dos manzanas de la villa medieval, está en relación con la nueva fábrica de San Juan y el edificio de la aduana. Es un recinto donde confluyen diez calles y tiene las dimensiones y características propias de una plaza mayor, forma casi regular aunque no edificada unitariamente y perímetro de soportales, aunque con tramos de soluciones muy diversas, adintelados, en arcos de medio punto, rebajados y carpanel sobre pilares o sobre columnas.
El lado noroeste está ocupado por el largo y severo frente de la casa de la aduana, construida en 1872. La iglesia de San Juan se halla en el vértice sur con una solución también exenta en la que sus dos altas espadañas le asignan el papel de hito visual más destacado mientras que la casa consistorial, construida en 1722, está situada en el ángulo noroeste v en una alineación de edificios de vivienda. El  resto de edificación corresponde en su mayor parte a los siglos XVIII y XIX con altura de cornisa bastante uniforme y escasa renovación reciente, si bien en el lateral contiguo a la iglesia te eleva un inmueble de muy escasa adecuación al conjunto.
La superficie peatonal ante el edificio de la aduana acusa el desnivel descendente del terreno hacia el vértice occidental; está densamente arbolado y dividido en dos zonas: una de estancia, entre macizos de césped y bancos perimetrales, y otra presidida por el quiosco de música, en cuyo borde suroeste y en lo alto de una escalinata que salva el desnivel, se halla el busto del carlista Zumalacárregul rodeado de césped. Farolas de diseño reciente, cabinas de teléfono, buzón de correo y caseta de golosinas completan el resto de amueblamiento, del que destacan el quiosco de música y la fuente decimonónica.

(La plaza en la ciudad)

Leyenda de Masegoso

En época lejana, el pueblo de Masegoso era muy rico y floreciente. Pero toda la riqueza se hallaba concentrada en dos poderosas familias que se profesaban un odio irreconciliable. La una era la de Julián Álvarez, que tenía una gran fortuna en ganados, y la otra la de Andrés Orozco, que se dedicaba a la agricultura y cuyos graneros eran los mejores del país, y suyo era también el torreón que aún se conserva en ruinas.
Andrés tenía una hija de diecisiete años, de extraordinaria hermosura. Adela, que así se llamaba, no iba, como las otras mozas, a las faenas del campo, y se pasaba la vida en casa sin más compañero de juego que un hermoso mastín. Julián sólo tenía un hijo, Manuel, mozo arrogante y generoso. Estos muchachos, educados desde la infancia en un ambiente de odio, no se habían mirado nunca.
El motivo del odio se remontaba a veinte años antes; sus abuelos se disputaban la propiedad del torreón y habían tenido un ruidoso pleito. Al morir el padre de Andrés, llamó a éste a su lecho de muerte, pidiéndole juramento de no reconciliarse nunca con su enemigo. Andrés juró, y el padre, agonizante, dijo: «Si lo incumples, desde el sepulcro vendré a castigar al perjuro». Murió el enfermo, y Andrés se consideró obligado a guardar en su pecho un rencor eterno.
Una tarde que paseaba Adela por el monte, la sorprendió una tempestad y tuvo que refugiarse bajo una frondosa carrasca negra, y allí esperó con su mastín a que aclarase el cielo. Quiso la providencia que Manuel se refugiase bajo el mismo árbol. Por vez primera se hablaron, y quedaron los dos enamorados; llegaron juntos a la entrada del pueblo y se separaron antes de que nadie los viera-, pero una vieja, tenida por bruja, la tía Avedícula, los había visto.
Al día siguiente la vieja esperó a que volvieran los muchachos, y cuando los vio sentarse bajo el mismo árbol, marchó corriendo a casa de Julián. Con todo sigilo, y a cambio de dinero, le dio cuenta del amor de Manuel por la hija de Andrés y, agarrándole de un brazo, le llevó al monte y le dejó escondido detrás de unas zarzas; mientras, ella se presentó en la era de Andrés, le llamó aparte y le comunicó que Adela estaba en el carrascal con el hijo de Julián. Después, diciéndole que la siguiera, le llevó detrás de unas peñas, y así agazapados estuvieron hasta que los muchachos pasaron delante de ellos y, llegando a la cruz de piedra, se despidieron. Adela corrió a la era de su padre, y Manuel, juntándose con los demás pastores, tocaba su zampoña más inspirado ahora por el amor de la muchacha.
Andrés llegó con semblante sombrío y, llamando a su hija, descargó su furia en amenazas y prohibiciones: antes la mataría que dejarla casar con Manuel. Julián amonestaba a su hijo en términos parecidos: aquel amor había que cortarlo por lo sano, si no quería caer bajo la maldición de un padre.
Pasó algún tiempo sin que Adela volviera a salir; encerrada en su casa, lloraba sin descanso; sus mejillas iban palideciendo y su mirada cubriéndose de melancolía. Manuel vagaba por los campos sin acercarse a los pastores, y tocando su zampona, pasaba largos ratos bajo la carrasca.
La tía Avedícula, pensando que el amor de los chicos pudiera darle una gran ganancia, se acercó a Adela, a la salida de misa, con palabras de Manuel que éste no dijo, y a Manuel con recados falsos de Adela; pero el muchacho, alentado con ellos, fue a consultar al párroco. El sacerdote le acogió con todo cariño, proponiéndose convencer a los padres; el primer sermón se lo dedicaría a ellos-, y al domingo siguiente, con el tema «Si no perdonáis, no seréis perdonados», puso tanto fuego y amor en sus palabras, que se oía el llorar de los fieles, y Andrés y Julián, arrodillados, no se atrevían a levantar la vista del suelo. Terminada la misa, el buen cura fue a visitarlos, consiguiendo de ellos una reconciliación y, fijándose la boda de los hijos, hicieron una fiesta en la que participó todo el pueblo. Los enamorados, confundidos entre la gente moza, danzaban locos de emoción y alegría. La llegada de un forastero, suspendió de momento la fiesta. Era el nieto de la tía Avedícula, que, licenciado del servicio y ascendido a sargento, volvía al pueblo, después de varios años. Lázaro, que así se llamaba el sargento, por la noche comunicó a su abuela sus deseos de casarse con Adela, que le había impresionado cuando la vio en el baile. ¡Difícil era conquistarla estando tan enamorada de Manuel!, pero el sargento creía poder desbancarle. Además, ¿no contaba con la ayuda de su abuela? Pues, ¡el triunfo era suyo!
La tía Avedícula ideó el plan.- recordando el juramento de Andrés a su padre y que lo había incumplido, pensó que Lázaro podría hacer de fantasma que volvía del sepulcro a castigar al perjuro. Aquella noche se oyeron ruidos de cadenas y gemidos de alma en pena en el torreón; varias mujeres lo habían oído y corrieron despavoridas a contarlo por todo el pueblo. Los padres de Adela se quedaron lívidos al saberlo.
El sargento preparó su mochila y se despidió de las gentes del pueblo, haciendo creer que se iba por veinte días.
A la noche siguiente, el pueblo en masa, apostado en el torreón, esperaba al fantasma; se volvieron a oír los ruidos y gemidos; se abrieron las puertas, y apareció una sombra que a paso lento llegó hasta la iglesia; las gentes huyeron a encerrarse en sus casas, y la familia de Andrés, casi sin vida, no dudaba ya de que fuera el alma de su padre que volvía para castigarlo. Siguió apareciéndose todas las noches hasta la víspera de la boda, y el pueblo, angustiado, trató de impedirla presentándose en casa de los novios. Los padres llegaron a resignarse a deshacer la boda; pero los dos enamorados, dispuestos a intentar todos los medios antes de separarse, imaginaron si el fantasma pudiera ser algún malvado. Manuel, con unos amigos, esperó aquella noche junto al torreón, y al sonar las doce y aparecer el fantasma fue recibido con una serie de disparos, cayó el ánima en tierra y todos reconocieron al sargento, que, sin heridas graves, pudo disparar su revólver sobre Manuel, matándolo.
Todo el pueblo se indignó contra el miserable, que perturbó la paz y asesinó al mejor mozo de la aldea, y Adela sintió que para ella se acababa la vida. Lázaro fue detenido, y un piquete de soldados se presentó muy de mañana para llevárselo. Al pasar por la fuente del pueblo, pidió permiso para beber, y mientras, echó en el agua unos sapos negros, venenosos, que le proporcionara su abuela.
A media mañana varios vecinos se sintieron enfermos y repentinamente murieron-, la alarma cundió por todo el pueblo, y por la noche no había casa donde no velaran un cadáver, y en las calles y plazuelas sólo se oían angustias de muerte. Los pocos que quedaron acudieron al sacerdote, que los llamó a misa para implorar la protección de Dios. Empezó el santo sacrificio en medio del mayor silencio interrumpido sólo por el ruido seco de algún cuerpo al caer. Cuando el sacerdote terminó el último evangelio, cayó muerto también; pasados los días, el pueblo era un enorme cementerio, sin aliento de vida. A los pueblos vecinos les sorprendió ver en el cielo una inmensa bandada de cuervos; cuando acudieron a enterarse, lo encontraron sembrado de cadáveres, y en el monte los pastores muertos junto a sus rebaños, bajo una carrasca, una niña blanca que parecía dormida.

(Vicente García de Diego)

Mari Cuchilla - Oviedo

Hace muchísimos años que vivía en Oviedo una joven llamada María, la cual unía a su prodigiosa hermosura un corazón frío como la nieve. Había rechazado con altivo desdén a los mejores caballeros del país, y no se había conmovido lo más mínimo por las desgracias que a algunos había acarreado su hermosura: hubo caballero que enloqueció, y galán desesperado que se quitó la vida.
En cierta ocasión fue a vivir cerca de Oviedo, en una casuca perdida en el monte, un caballero mozo, que pronto ganó, por su conducta, fama de santidad. Alternaba su vida retirada de ermitaño con frecuentes excursiones, en las que llevaba socorros a las familias más pobres de la comarca. Desde el día que la desdeñosa María tuvo ocasión de tropezarse con él, se fundió el hielo de su corazón para dejar paso a la más encendida pasión. De nada le sirvieron sus seducciones ni sus extraordinarios encantos; el joven anacoreta se mantuvo inquebrantable. Entonces María conoció por primera vez la desesperación y el dolor.
Sus hechizos no le habían servido para nada; pero, no queriéndose dar por vencida, acudió a otra clase de recursos. Y un día visitó a una vieja hechicera y le pidió ayuda. La bruja se ofreció a prestársela si a cambio entregaba su alma al diablo. Cuenta la tradición que la desventurada María se entrevistó con el propio Satanás y que recibió de él una cuchilla con la orden de que cortase la cabeza a su hermano menor, en una gruta cercana a donde moraba el joven caballero; sólo así sería eficaz el maleficio diabólico y el hombre amado caería implorante a sus pies.
María hizo todo como se había pactado. Cuando a la mañana siguiente cantó el primer gallo, cogió cuidadosamente a su herma-nito, que dormía plácidamente en la cuna, y se lo llevó a la gruta. Se cuenta que los gritos de una bandada de buhos la guiaron en la oscuridad, y que al llegar a la entrada de la cueva, las aves se posaron en los árboles vecinos, sin cesar de graznar de un modo siniestro. María entró en la gruta, colocó al niño todavía dormido, en una peña, y sin un momento de vacilación, le separó la cabeza del tronco con un solo golpe de cuchilla. La sangre salpicó la piedra, y las aves, levantando el vuelo, se alejaron, sin cesar en su estridente griterío. Entonces el terror se apoderó de María, y quiso huir; pero tropezó con la cabeza del niño, que había caído al suelo, y se desplomó sin sentido.
Cuando volvió en sí era ya de día. Ante ella estaba el joven ermitaño, que la contemplaba, no como un enamorado rendido, sino con acusadora severidad. María le miró por primera vez con ojos que no eran de pecadora; estaba profundamente arrepentida. Cayó de rodillas, y el ermitaño, imitándola, rezó fervorosamente durante un rato. Después se levantó y le notificó en qué consistiría su penitencia. Para merecer el perdón divino, pasaría el resto de su vida en el lugar del crimen; era preciso borrar aquella sangre. Y mientras decía estas palabras, tocó en la roca con su báculo, y de ella brotó un manantial. Después añadió:
-Pero por mucho que este arroyo limpie las manchas de sangre, no podrá hacerlas desaparecer si no mezclas tu llanto a sus aguas.
Nadie volvió a ver desde entonces al virtuoso anacoreta. María vivió en los lugares que él había habitado y llevó por el resto de sus días una vida de oración y penitencia. Las pocas personas que se acercaban por aquellos contornos contaban que en más de una ocasión la habían visto raspar furiosamente la roca con su cuchilla. Todavía existe la creencia de que de cuando en cuando vuelve a la cueva para raspar de nuevo las manchas de sangre, que todavía no han desaparecido.
Cerca de Oviedo se puede ver la gruta, con su techumbre abovedada, desde donde se desprende el manantial, y la roca de las manchas rojizas. Este lugar se conoce con el nombre de Mari Cuchilla.

(Leyendas de España - Vicente García de Diego)

Lug - Divinidad asturiana

La divinidad masculina más importante era Lug, dios supremo que poseía su propia festividad, era un día en el que celebraban Las bodas del Dios Lug, ceremonia que posiblemente se aprovechaba para realizar uniones matrimoniales y que tenían lugar durante el verano.
Este dios puede recordarse en nombre de lugares como Lugones, Lugo de Llanera, Llugas. La procedencia de Lug sigue siendo desconocida, algunos autores dicen que era un dios que procedía de los Ligures, otros dicen que proviene de la palabra Lucus, que quiere decir bosque sagrado y, los romanos por su parte asemejaron este dios a Mercurio (dios mensajero del panteón romano).

(Historia de Asturias)

La higuera encantada - Granada

En el año 1640, en la hermosa ciudad de Granada y en el barrio del Albaicín, los habitantes trabajaban pacíficamente en sus ocupaciones. En un estrecho callejón que conduce a un escondido aljibe había un pequeño huerto habitado por María Tomillo. Esta mujer vivía sola y era avara y gruñona. Los vecinos la tenían como un ser extraño; jamás se le veía ir a la iglesia y cifraba todo su cariño en su huerto, en el que había hermosos frutales, que eran la tentación de los chicos del barrio, los cuales aprovechaban todos los descuidos de la vieja para trepar a los árboles y llenarse los bolsillos de fruta. Pero siempre eran descubiertos por la bruja, y tenían que tirarse del árbol y huir más que aprisa, para no ser alcanzados por sus iras, que en forma de pedradas los perseguían, mientras salían de su boca horribles blasfemias.
Lo que más exasperaba a la vieja era que se comieran los higos que en gran abundancia producía una espléndida higuera, cuyas frondosas ramas sombreaban la mitad de su huerto y era, para su desesperación, el fruto que más gustaba a los chicos, atrayendo a legiones de pilletes.
Cansada ya la Tomillo de aquellos asaltos a su huerto, pactó con el diablo para que hechizara a aquel árbol y nadie pudiese comer de sus higos. Desde entonces adquirieron un amargor tal, que si algún chico cogía alguno, tenía que escupir en seguida, quedándole como si hubiera tomado rejalgar, con gran satisfacción de la vieja, que ahora gozaba cuando veía acercarse a algún rapaz a coger de sus frutos.
La sombra de la higuera era también maléfica, y producía desconocidas enfermedades a los que en ella se cobijaban.
Pasaron muchos años sin que nadie volviese a probar de sus higos, y un día la vieja murió, desapareciendo su cuerpo al ser conducido al cementerio.
Desde la noche de su muerte empezaron a oír las vecinas ruidos raros en el aljibe, justo al dar las doce de la noche, y aseguraban que la vieja se aparecía vagando por su huerto.
Pero unas curiosas mujeres quisieron observarlo desde una ventana que dominaba el huerto de María Tomillo, ya difunta, y una noche se asomaron, y esperaron que dieran las doce campanadas. Al terminar de dar el reloj las horas, vieron salir del aljibe la sombra de la vieja, y dando agudos chillidos, empezó a dar vueltas alrededor de la higuera, que, como por encanto, se iba cubriendo de dorados frutos. En seguida aparecieron nuevas sombras, que, formando un círculo, giraban alrededor de la higuera, mientras la Tomillo les iba repartiendo de aquellos higos, que eran de oro. Cuando estuvieron todas satisfechas, comenzaron a danzar en torno al árbol, cada vez más aprisa, y así continuaron hasta que empezaba a alborear la mañana. Entonces la vieja se convirtió de repente en una lechuza, y, lanzando un terrible graznido, se precipitó en el aljibe. Las demás sombras se transformaron también en feos pajarracos, que pusiéronse a picotear furiosos el árbol, hasta hacer que lanzara hondos gemidos y después desaparecieron todos detrás de la lechuza.
Las mujeres quedaron aterradas, y, al llegar a sus casas, refirieron a sus familiares el espectáculo que habían presenciado. Algunos de sus hijos mozos, creyendo que sería alguna broma, se apostaron, en la noche siguiente, tapando el aljibe; pero las sombras se filtraron igual por él, y dieron tal paliza a los mozos, que hubieron de ser curados de sus lesiones.
La Iglesia tomó parte en el asunto, y se hicieron allí exorcismos y se cortaron los árboles del huerto. Pero la higuera retoñaba siempre, sin poderla extirpar.
Todavía existe el Aljibe de la Vieja, y algunas mozas acuden a medianoche a él, en espera de que la sombra de la bruja se aparezca y les reparta de sus higos de oro.

(Leyendas de España)

viernes, 11 de agosto de 2017

Navia - Diosa de la abundancia

La Diosa Navia es la Diosas Celta a quien ha sido encomendada la tarea de cuidar de los ciclos de la naturaleza. Todo lo que tiene vida y ha de prosperar y crecer depende de ella.
Es la diosa de las cosechas, de la abundancia, de la fertilidad y de la suerte 
De Ella depende, sobre todo, el trabajo y la economía y a ellas has de recurrir cuando necesites que esas parcelas de tu vida mejoren
En el norte de España, en Galicia y Asturias, algunos pueblos, playas y ríos llevan su nombre.
Segun la Magia Celta el día que corresponde a Navia es el Jueves, su planeta Júpiter y has de encomendarte a ella si necesitas que la suerte te acompañe en algún momento especial de tu vida o de tus actividades.
Puedes hacer peticiones de manera muy sencilla.
Un Jueves a primera hora del día coloca un velón azul en un platillo rodeado de símbolos azules, sales, piedras, flores, lamparillas pequeñas…
Debajo del velón pon tu petición de suerte empezándola asi.
“Navia, Diosa de la fortuna, necesito que la suerte me acompañe…(escribe el tema en el que necesitas sus ayuda) y asi siempre te lo agradeceré con toda mi fe”
El velón debe ser pequeño para que se consuma pronto.
Otra manera de hacer tus peticiones es hacer un pequeño altar con elementos de la Naturalza tan queridos por Navia, como conchas, cantos rodados, recipientes de barro con agua, colocados a tu gusto y si  quieres acompañar esta petición con una ofrenda puedes añadir algunas varillas de incienso de Navia,  elaboradas con sus resinas favoritas o quemar unas ramitas de albahaca, que es la planta que mas la representa.
Haz el altar de petición para trabajo de Navia como mas te agrade, pero sobre todo no olvides el papel escrito donde has de explicar, con todo detalle, lo que deseas pedirle a la Diosa,

(Cosas de Meiga)

Nacimiento del Río Cuervo Vega del Cordorno

No muy lejos de Albacete, en Cuenca, se encuentra otro clásico en esto de los nacimientos fluviales: el río Cuervo, del que seguro habéis alguna foto. Es Monumento Nacional desde 1999 y se encuentra en la Serranía de Cuenca, a seis kilómetros de la población de Vega del Cordorno y a catorce de Tragacete.
Para acceder a este lugar basta con transitar por la CM-2106 hasta el punto indicado donde comienza un sendero que en unos diez minutos os deja en este maravilloso lugar.
La cascada que resbala por un pequeño promontorio contiene múltiples chorros y en invierno, cuando se congela el agua, se crean estampas verdaderamente preciosas.

Los cuatro caballeros cristianos - Granada

Ante el cruel y tirano sultán de Granada presentóse un día el cegrí con semblante sombrío, preparándole para oír una importante y dolorosa revelación. El rey se impacientó y le hizo hablar, escuchando de sus labios que la sultana le engañaba. El sultán le pidió pruebas, pues de lo contrario, moriría. Y el cegrí, con serenidad y calma, le explicó que su esposa se había enamorado del arrogante Albin-Hamete, perteneciente a la por él maldecida y odiada raza de los abencerrajes, y que acudía a las citas amorosas de la sultana todas las noches.
El sultán enloqueció de cólera y hubiera querido despedazar entre sus manos a los culpables-, pero, dominándose, despidió al amigo y, encerrado en sus habitaciones, dio orden de que nadie le molestara, para poder meditar a solas su venganza.
En su cámara, sin testigo alguno, el sultán se entregó a la más furiosa desesperación; gemía y lloraba, sin que las lágrimas aliviaran su corazón. Quiso convencerse de la infamia, y, en silencio, fue a espiar la puerta de la sultana. Vio a una sombra deslizarse en ella. Volvió a sus habitaciones aún más destrozado, y esperó con angustia el nuevo día. Cuando por fin llegó la mañana, llamó a un esclavo y le entregó unas invitaciones para una suntuosa fiesta que iba a dar en su magnífico palacio de la Alhambra, con el encargo de que las repartiera entre los numerosos nobles de la familia de los abencerrajes.
Albin-Hamete era el más gallardo y caballeresco de los moros granadinos, dotado de todas las perfecciones físicas y morales que se pueden reunir en un ser: diestro en los torneos, de gran inteligencia, de cultivado espíritu y excelente poeta, era el héroe de su raza y el ídolo de las mujeres. La sultana, que había escuchado sus épicas hazañas y le veía siempre triunfante y atrayente como un semidiós, no podía menos de admirarle, y este sentimiento fue cambiando en amor, hasta convertirse en una pasión arrolladura. Él también estaba enamorado de la hermosa sultana y, dominado por su fogoso corazón, no supo calcular los peligros de aquel loco amor y se entregó a él sin reservas.
Albin-Hamete trabó una íntima amistad con don Juan Chacón, señor de Cartagena, que se distinguió por su heroísmo en el sitio de Granada. La afinidad de gustos y aficiones había unido estrechamente sus cultivados espíritus, y habían tomado parte juntos en los torneos, midiendo sus armas, que manejaban con la misma singular destreza. Los dos caballeros se profesaban gran afecto, a pesar de la diferencia de raza, y, como hermanos, se comunicaban siempre sus cosas más íntimas. Así, al recibir la invitación del sultán, el joven abencerraje supo medir el alcance de la trágica orden y escribió una carta a su amigo en la que le descubría sus mortales temores y, despidiéndose de él, le pedía, como último favor, su amparo para la sultana. Entregó el mensaje a un fiel criado, que, a galope en su mejor caballo, partió hacia el campamento cristiano.
Mientras, él, vistiéndose sus mejores galas, marchó resuelto al real palacio de la Alhambra. Ante uno de sus más bellos patios, una fila de negros guardaba la entrada. Al ver al caballero, abriéronle paso para que entrara, y al punto quedó inmóvil, con los nervios crispados y el terror reflejado en su semblante ante la horrenda traición. Todos sus ilustres familiares yacían en el suelo, vilmente asesinados: treinta y seis cadáveres de la más noble estirpe eran los invitados de aquella fiesta fúnebre, que el sanguinario sultán había imaginado y dio nombre así, y para siempre, al maravilloso patio de los Abencerrajes.
Pronto se supo la felonía por toda la ciudad, y los partidarios de los abencerrajes, deseando vengar la alevosa muerte de los suyos, cayeron sobre los de los cegríes. La ciudad se dividió en dos bandos, y trabóse una lucha a muerte, que sembró de cadáveres las calles y plazas.
Por fin, restablecida la calma, se escuchó la voz de los heraldos notificando al pueblo la condena de la sultana a ser quemada viva en la plaza pública. Se concedían treinta días de plazo por si algún caballero, queriendo defenderla, tomaba parte en un juicio de Dios, que se celebraría para comprobar la inocencia o culpabilidad de la reina.
Pasaron los días sin que ningún caballero se ofreciese en su defensa, y, alarmada la sultana, envió un mensaje con su más fiel servidora, una cristiana cautiva, para el campamento cristiano, en demanda de algún caballero que quisiera defenderla.
La recibió don Juan Chacón, que, profundamente apenado por el trágico fin de su querido amigo, a quien había jurado vengar, y dispuesto a cumplir su última voluntad, se decidió a acudir al juicio para defender la causa de la sultana, y así se lo anunció a la sirvienta, la cual lo transmitió a su soberana.
Ya finalizaba el plazo concedido, y a diario seguía pregonando el heraldo la condena de la sultana, sin que hasta entonces se presentara caballero alguno en su defensa.
Llegó el momento señalado y acudieron ante las puertas de Granada cuatro caballeros cristianos para tomar parte en el juicio de Dios que iba a celebrarse. En el acto se les abrieron las puertas, y entraron en la ciudad, entre aclamaciones de la muchedumbre. Llevados ante el juez de campo, se ofrecieron para luchar en defensa de la sultana; mas ocultaron sus nombres y dieron sólo el de «nobles caballeros», aceptando de antemano el castigo impuesto si mentían.
Eran ellos don Juan Chacón y tres nobles cristianos más, que, poniéndose en las manos de Dios, se brindaban a defender la causa de la mujer caída y abandonada, teniendo que luchar contra cuatro caballeros cegríes y siendo uno de ellos el pérfido delator de Albin-Hamete.
La reina estaba obligada a presenciar el combate. Dada la señal, los caballeros se lanzaron al campo y comenzó la lucha con gran ímpetu y coraje, hasta alcanzar proporciones de epopeya. Después de varias alternativas, el triunfo fue de los cristianos, ayudados por Dios en su noble causa, y los cegríes quedaron derrotados y muertos y proclamada así la inocencia de la sultana.
Don Juan Chacón, herido y al frente de los tres caballeros cristianos, partió veloz a su campamento, habiendo antes arrojado el guante ensangrentado al medio del campo, en señal de reto, anunciando así el próximo asedio de la ciudad. El heroísmo de don ]uan fue el primer jalón de la reconquista de Granada.
Vencidos los cegríes, de nuevo se encendieron las luchas entre los dos bandos, que mancharon de sangre la ciudad hasta que, al verse sitiados, se unieron para la común defensa.
La sultana, llorando su infortunio y sin poder olvidar su perdido amor, retiróse a una celda solitaria sin más compañera que la fiel cristiana cautiva, que la instruyó en las verdades de la fe, enseñándola el consuelo divino de la religión de Cristo crucificado.

(Leyendas de España - Vicente García de Diego)

jueves, 10 de agosto de 2017

Casa Ardura - Mieres

Todo sucedió allá en torno al año cincuenta del pasado siglo. Desde la aldea de El Sordán, en plena Güeria de San Xuan, Adela Ardura trajo hasta las mismas puertas del barrio de Requejo, donde otros establecimientos de hostelería conservaban y aún conservar su propia marca de comidas, la cocina casera que ella misma se había "inventado" en el pequeño bar de su casa dedicado a mineros y vecinos que acudían a tomarse una copa antes de ir al tajo o un vaso de vino a la salida del turno. Además la taberna era cita de reunión del pueblo para distraer tiempos y jugar a las cartas. Allí Adela, fallecida hace unos meses, puso en marcha las enseñanzas culinarias que había aprendido de su madre Encarna.
Y con ese bagaje por bandera, seguida de su esposo Benjamín Argüelles que complementaba su trabajo, se vino a probar suerte a la principal localidad del municipio, buscando un lugar estratégico, concretamente en la calle hoy denominada de Antonio Machado, frente a la parada de Autobuses Fernández, cerca de Los Recollos y próxima a la especie de estación laboral del Fábrica de Mieres que facilitaba el traslado de ida y vuelta a Mina Baltasara. Próxima también estaba la plaza de San Xuan donde, por aquel entonces se celebraba, los domingos, la feria de ganado.

(El Blog de Acebedo)

Hirguan - La Gomera

En La Gomera se desconoce el nombre que poseía el Ser Supremo ni ninguna otra divinidad, a excepción de un espíritu maligno denominado Hirguan −'diablo, genio'− y que se aparecía en la forma de un perro de pelo espeso.

La comida de los cerdos - Proaza

Vivía en Proaza una acaudalada dama, cuyo egoísmo y falta de caridad eran bien conocidos en aquellos alrededores. Su hacienda le daba renta sobrada para vivir holgadamente, ya que había enviudado y sólo su único hijo y el servicio hacían un cierto gasto. La comida, en aquella casa, era muy abundante, y unos días más, otros menos, siempre sobraba lo suficiente para alimentar bien a una pequeña piara de cerdos de su propiedad. Muchas veces, los pobres que se acercaban mendigando por allí tenían que soportar, doloridos y hambrientos, el desprecio de la dama que, aun viéndolos famélicos y con los ojos fijos en su mesa, prefería arrojar la comida a los cerdos.
Un día, uno de aquellos mendigos, más osado que los demás, se acercó hasta la dama, que acababa de dar por terminada su comida, y le pidió humildemente le diera alguna parte de aquellas sobras para saciar su hambre; pero ella, tan dura y altanera como siempre, le contestó, sin siquiera mirarle a la cara, que le era imposible complacerle, porque esa comida la reservaba para sus puercos. Humillado, el pobre viejo volvió sobre sus pasos, y nunca más desde entonces se atrevió a pedir limosna en aquella casa.
Así transcurrieron los años, sin que se ablandara un ápice el duro corazón de aquella dama. Fue poco a poco envejeciendo, y un día, por fin, murió, sin que nadie llorase su pérdida. Su hijo, convertido en un hombre, heredó toda la hacienda y siguió gobernando la casa del mismo modo que lo hiciera su madre. Después de comer, recogía todas las sobras de la comida y él mismo iba a la pocilga, para echársela a los cerdos.
Cuenta la leyenda que, en cierta ocasión, mientras se entretenía en ver comer a los animales, se acercó una marrana que no era de su corral, olfateando los desperdicios, como si estuviera hambrienta. El muchacho, viendo que pretendía comer lo que pertenecía a sus cerdos, la apartó bruscamente de allí. La marrana se espantó, de momento; pero tantas veces como la echó, volvió hociqueando cada vez con más violencia, como si quisiera demostrar que sufría un hambre espantosa. El muchacho, tan endurecido como su madre para la piedad, no se conmovió por esto, y una vez más la golpeó sobre el lomo para quitársela de encima. Cuál no sería su asombro cuando la marrana abrió la boca y con voz humana y familiar para él, le dijo: «¡No me eches de aquí! ¡Soy tu madre!».
El hijo comprendió entonces cuan duros habían sido los dos y qué merecido era el castigo que sufría su madre por su falta de caridad. Desde aquel día se preocupó siempre de todos los que sufrían y procuró cubrir, en la medida de sus posibilidades, todas las necesidades que vio a su alrededor.

(Vicente García de Diego)

La matanza de Escipión en Cartagena

Cuando Publio Escipión creyó que el número de los suyos que había entrado era ya respetable, envió, según la costumbre de los romanos, a la mayoría contra los de la ciudad, con la orden de matar a todo el mundo que encontraran, sin perdonar a nadie, no podían lanzarse a recoger botín hasta oir la señal correspondiente.
Creo que la finalidad de ésto era sembrar el pánico. En las ciudades conquistadas por los romanos se pueden ver con frecuencia, no sólo personas descuartizadas, sinó perros y otras bestias. Aquí esto se dió sbremanera, pues el número de los atrapados era enorme. "Magón inicialmente se resistió, sin embargo rindió la fortaleza. Ante ésto, Publio Cornelio mandó dar la señal de cesar la matanza y los romanos se lanzaron al botín"

(La aventura de la Historia)

Culibillas y las hormigas - Huesca

Según cuenta la leyenda, en la montaña de “Formigal”, provincia de Huesca, habitaron las “formigas u hormigas blancas”, insectos milenarios que protegían a la diosa “Culibillas”, quien mantenía con ellas una gran amistad, que consistía en compartir sencillas risas y alegrías.
A la Diosa Culibillas  se la conoce como un “Espíritu de las Montañas”. Culibillas temía ser conquistada por “Balaitus” para hacerla su esposa, y éste al no ser correspondido en su amor decidió secuestrarla; pero la hormigas blancas lograron que no lo hiciera, al cubrir todo el cuerpo de Culibillas con ellas, e hicieron huir a Balaitus. Culibillas, como muestra de agradecimiento y amistad por salvarla de ese ser, se clavó un puñal en el pecho para que habitaran en éste todas sus amigas… “Las hormigas blancas”.

Gambosinos - Valencia

Los Gambosinos, en la cultura popular valenciana son una especie de hobrecillos (animalitos para otros) que se esconden en bosques cercanos a poblados. Les gusta acercarse a las casas para observar a la gente e imitar sus gestos y acciones. También se aproximan a las fuentes y lugares de acampada. Si encuentran a alguien se burlan de él.
Según algunos tienen rabo y otros opinan que gritan y bailan a la luz de la luna llena. Se dice también que que son malcriados y caprichosos.

(traducción de Viquipedia)

miércoles, 9 de agosto de 2017

La romería de San Blas - Madrid

En el parque del Retiro, por donde hoy está el observatorio astronómico, hubo una ermita dedicada a San Blas. Aquí acudían los madrileños de siglos pasados varias veces al año a celebrar fiestas religiosas o populares. La fiesta más importante en este lugar era la Romería de San Blas. Las gentes traían a sus animales para que los bendijeran y quedaran la protección del santo. Blas de Sebaste, San Blas, se había distinguido en vida por la curación de personas y animales.


Faro de Ortiguera

El bonito pueblo de Ortiguera nos presenta su faro, situado en el cabo San Agustín, con una torre que nos recuerda a otras que tienen este mismo diseño de rayas negras y blancas. Encendido en 1975, se ubicó al final de un camino que desemboca en un acantilado suspendido sobre la ría de Navia, limitando con el puerto por el otro lado. Un tramo que necesitaba ser señalizado por este faro de 20 metros sustituto del antiguo faro de 5 metros, el cual se encuentra a pocos pasos del primero.
A pesar de que hay una pequeña caseta de piedra a pocos metros, no es una vivienda ni hay lugar de residencia para fareros; es por ello que el faro debe ser mantenido por los fareros de Tapia de Casariego. Pero lo que más destaca entre estas construcciones, es la impecable ermita blanca que les acompaña, coronada por un peculiar campanario que eleva su punta al cielo; todo rodeado de unos preciosos y cuidados jardines.

¿SABÍAS QUE… ?
Al lado del viejo faro, hay una curiosa y enorme campana de hierro ya oxidado que servía para advertir a los barcos cuando la niebla acechaba.

(Termómetro Turístico)

La doncella soldado - Almería

En Almería habitaba don Antonio Acevedo, acaudalado y noble caballero que, casado con doña Victoria, tuvieron una hija, a quien pusieron el nombre de la madre. Esta niña, al crecer, llegó a ser una maravillosa muchacha, la más codiciada de la ciudad por su belleza y por sus excepcionales virtudes.
La muchacha tuvo la desgracia de enamorarse perdidamente de un |oven llamado Florencio de Granada, de noble abolengo también, pero cuya familia era enemiga mortal de la suya, por lo que los jóvenes, no se atrevieron a descubrir aquel amor a sus padres, y lo ocultaron como un avaro oculta su tesoro ante el miedo de perderlo, y lo mantenían en el mayor secreto.
Los padres de Victoria, que nada sospechaban de las relaciones de su hija, concertaron su boda con un poderoso caballero que la soliciba por esposa, y doblaba en edad a la muchacha, y comunicaron a ésta la decisión tomada de casarla con él. Victoria, no atreviéndose a una oposición abierta, intentó aplazar el matrimonio, con el pretexto de su corta edad, y poder mientras comunicárselo a su adorado, para buscar juntos alguna solución al conflicto.
Mas su prometido estaba ausente, y con un criado de toda su confianza tuvo que enviarle un mensaje. Partió veloz el servidor; pero fue asaltado por unos bandoleros, que le dieron muerte, sin poder llegar a su destino, evitando así que don Florencio supiera los sufrimientos de su amada ante la decisión paterna.
El nuevo pretendiente, deseando desposarse cuanto antes con la bellísima doncella, asediaba a los padres con sus prisas, que se rindieron, al fin, a pesar de los obstáculos que oponía la hija, y se fijó una fecha próxima para la boda.
De nada le sirvieron a Victoria todas sus súplicas y llantos. El padre, inflexible, le ordenó en tono severo que, con lágrimas o sin ellas, sería pronto la esposa de aquel caballero. Horrorizada, vio llegar el día trágico de su boda, y sin la ayuda de Florencio, se dejó arrastrar hasta el altar, donde se celebró la ceremonia.
Con angustia creciente resistió las fiestas y banquetes nupciales, sintiendo que un odio creciente hacia su esposo se apoderaba de su corazón.
Llegada la noche, y despedidos los invitados, una doncella le comunicó la vuelta de don Florencio. Entonces ella concibió la idea de romper como fuera aquella cadena que la unía para siempre con aquel hombre odiado y escapar con su amor. Con aparente tranquilidad entró en su cuarto nupcial, seguida de su esposo, y cuando éste estuvo acostado, le atravesó el corazón con un puñal, dejándole muerto en el lecho.
Se vistió con todos los trajes de su esposo, y con todas sus armas, y disfrazada como nadie podía conocerla, huyó en busca de su amado y, comunicándole su terrible crimen, juntos intentaron huir a través de las calles. Pero, sorprendidos por ronda nocturna, se armó una refriega, de la que pudo escapar la muchacha; pero no así don Florencio, que quedó prisionero. Al día siguiente, al saberse la muerte del caballero, fue acusado también como autor del crimen, que él no negó, por salvar a su amada.
La muchacha, transida de dolor, vagó por los campos, hasta que cayó prisionera de unos bandidos, que, creyéndola un joven escapado de la justicia, le permitieron vivir con ellos, tomando parte en todos los asaltos con tan increíble valor, que llegó a ser la admiración de los bandoleros.
Sin más obsesión que salvar a don Florencio, propuso un día a la partida asaltar la cárcel y libertar a los condenados a muerte. Los bandoleros siguieron al fingido joven y penetraron de noche en la ciudad, llegando a las cercanías de la cárcel. Allí llamó ella a la puerta, y con sus ricos trajes no despertó sospechas en los guardianes, que la tomaron por un señor principal y le abrieron las puertas. Al instante acudieron los bandidos, que se abalanzaron sobre los guardianes de la prisión, los ataron y dieron suelta a todos los condenados, y, entre ellos, a don Florencio, que se unió a la partida, y huyeron, no sin incendiar antes el edificio, que quedó envuelto en llamas.
Llegaron salvos a la guarida de los bandoleros, y los enamorados se sintieron dichosos de poder estar, al fin, juntos. Pero, pasado el primer momento, aquella vida de farsa era para los novios un continuo tormento. Desesperado don Florencio ante la imposibilidad de casarse ni de satisfacer su amor, intentaba unirse a ella, a lo que ésta se negaba mientras no estuviesen casados, y, no pudiendo resistir más, descubrió a uno de la partida el secreto de su novia, para que le ayudara a sorprenderla. Pero ella se defendió, y, disparando sobre don Florencio le dejó muerto.
Alocada por el sufrimiento, huyó por valles y caminos, sin encontrar guarida, y sintiéndose morir de hambre y de cansancio, decidió aturdirse en la lucha y buscar la muerte en la guerra. Alistóse como soldado y marchó en los tercios de voluntarios a Flandes, donde admiró a sus compañeros de armas por su valor y heroísmo en el combate, consiguiendo por ello ascensos y condecoraciones. Pero el capitán del tercio, llamado don Anselmo de Torres, entusiasmado con el valor de su soldado y atraído por su gran simpatía, trabó una estrecha amistad con él, que se transformó en un gran amor al descubrir su sexo, declarándole su pasión. Ella le rechazó y, al verse descubierta, huyó del campamento. Al punto de partir, intentó matar al que sabía su secreto, para que no pudiese revelarlo, y, disparando contra él, le dejó herido.
Otra vez se encontró sin rumbo por aquel país y caminó hasta caer desfallecida. Vuelta en sí, levantando sus ojos al cielo y sintiendo en su conciencia los remordimientos de sus crímenes, lloró con arrepentimiento. Se dirigió entonces a un convento de frailes de Santo Domingo; llamó a sus puertas y pidió ser oída en confesión.
Horrorizado quedó el fraile que la confesara ante aquella pecadora, sin saber qué aconsejarle, e inspirado por Dios, le impuso de penitencia vivir en una cueva próxima al convento, sin ver ni hablar a persona viviente