Al principio de los tiempos, en un descanso durante sus trabajos en la península Ibérica, Hércules decidió establecerse en un lugar paradisíaco no lejos del mítico país de los hiperbóreos, en el interior de la Carpetania, allí donde siete colinas unidas en un único promontorio eran circundadas por un hermoso río. El lugar le pareció de tal belleza que quiso fundar una ciudad, plantando en las orillas del río Tajo cientos de álamos consagrados a su nombre. La llamó Toledo, que proviene de la raíz latina tulatu, la «alegría de sus habitantes».
Corría el año 3006 de la era de Adán cuando Hércules construyó en ella un maravilloso palacio para albergar las enormes riquezas que había atesorado a lo largo de su dilatada y esforzada vida. Dicho recinto fue clausurado a una orden suya con un enorme candado. También mandó que cada uno de sus descendientes fuera añadiendo uno nuevo, sin que nadie osase nunca entrar en él y violentar su misterio. Así lo refirió el cronista Abdel-hakim, «que había en España una casa cerrada con muchos cerrojos y cada rey le aumentaba uno», y también la bella Scherezade entre la noche doscientas setenta y una y doscientas setenta y dos de Las mil y una noches.
(Ciudades y Leyendas" de Manuel Lucena Giraldo)
De todo un poco. Leyendas, tradiciones e historias curiosas de todas las regiones de España. Unas son verdad y otras no tanto.
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sábado, 11 de octubre de 2014
lunes, 16 de septiembre de 2013
El Rey Rodrigo y la pérdida de España
Treinta candados correspondientes a treinta monarcas sucesivos habían puesto los reyes godos al palacio del tesoro de Toledo — erigido por el propio Hércules en persona — cuando subió al trono don Rodrigo.
Tal y como ordenaba la tradición, para prevenir cualquier posible desgracia, la ciudad esperaba que cumpliese la ley y se limitase a añadir un nuevo candado. Sin embargo, el rey se negó a respetarla y, embriagado de curiosidad, decidió penetrar en el misterioso palacio para conocer aquello que ocultaba. Todos se alarmaron. Nobles, consejeros, obispos, sacerdotes y vasallos, temerosos de que violara la antigua prohibición, quisieron disuadirlo: «Rey Rodrigo, mil maldiciones nos aguardan si hacéis vuestra voluntad.»
El monarca, sordo ante sus súplicas, exigió que le fueran entregadas las llaves de todos los cerrojos. Ante la negativa de sus custodios, que consideraban más fuerte el poder de la ley que el deseo del rey, ordenó romperlos. Él mismo descerrajó el candado que había puesto el fundador Hércules y se adentró en el palacio junto a sus hombres más temerarios. La primera sorpresa les sobrevino cuando descubrieron que el palacio, circular por fuera, era cuadrado por dentro y tenía cuatro habitaciones: una blanca, otra negra, una tercera verde y la última roja, de la misma tonalidad que la sangre. En el centro de la habitación verde hallaron una arca labrada, con un complicado candado de oro y una ambigua leyenda escrita en griego en la tapa: «El rey en cuyo tiempo se abra esta arquilla puede ser que no vea maravillas antes de su muerte.»
Don Rodrigo forzó el arca con un tajo de su espada, pero en su interior tan sólo encontró un antiguo pergamino enrollado que representaba unas extrañas figuras vestidas como los árabes y montadas a caballo con armas y estandartes, a cuyo pie se leía: «Cuando este paño sea extendido y aparezcan estas figuras, hombres que andarán así vestidos conquistarán España y serán de ella señores.»
El imprudente monarca quedó muy preocupado por los augurios que describía el pergamino y prohibió a todos sus acompañantes que comentaran nada de lo que habían visto en aquel lugar. Por fin, cuando salían al exterior, una enorme águila con un tizón encendido en el pico voló por encima de sus cabezas. Al soltarlo, provocó un gran incendio que destruyó el palacio por completo.
Y así se cumplió lo que estaba escrito. Los restos fueron tragados por una sima y desde ese mismo día todas las desgracias se abatieron sobre el reino.
("Ciudades y Leyendas" de Manuel Lucena Giraldo)
Tal y como ordenaba la tradición, para prevenir cualquier posible desgracia, la ciudad esperaba que cumpliese la ley y se limitase a añadir un nuevo candado. Sin embargo, el rey se negó a respetarla y, embriagado de curiosidad, decidió penetrar en el misterioso palacio para conocer aquello que ocultaba. Todos se alarmaron. Nobles, consejeros, obispos, sacerdotes y vasallos, temerosos de que violara la antigua prohibición, quisieron disuadirlo: «Rey Rodrigo, mil maldiciones nos aguardan si hacéis vuestra voluntad.»
El monarca, sordo ante sus súplicas, exigió que le fueran entregadas las llaves de todos los cerrojos. Ante la negativa de sus custodios, que consideraban más fuerte el poder de la ley que el deseo del rey, ordenó romperlos. Él mismo descerrajó el candado que había puesto el fundador Hércules y se adentró en el palacio junto a sus hombres más temerarios. La primera sorpresa les sobrevino cuando descubrieron que el palacio, circular por fuera, era cuadrado por dentro y tenía cuatro habitaciones: una blanca, otra negra, una tercera verde y la última roja, de la misma tonalidad que la sangre. En el centro de la habitación verde hallaron una arca labrada, con un complicado candado de oro y una ambigua leyenda escrita en griego en la tapa: «El rey en cuyo tiempo se abra esta arquilla puede ser que no vea maravillas antes de su muerte.»
Don Rodrigo forzó el arca con un tajo de su espada, pero en su interior tan sólo encontró un antiguo pergamino enrollado que representaba unas extrañas figuras vestidas como los árabes y montadas a caballo con armas y estandartes, a cuyo pie se leía: «Cuando este paño sea extendido y aparezcan estas figuras, hombres que andarán así vestidos conquistarán España y serán de ella señores.»
El imprudente monarca quedó muy preocupado por los augurios que describía el pergamino y prohibió a todos sus acompañantes que comentaran nada de lo que habían visto en aquel lugar. Por fin, cuando salían al exterior, una enorme águila con un tizón encendido en el pico voló por encima de sus cabezas. Al soltarlo, provocó un gran incendio que destruyó el palacio por completo.
Y así se cumplió lo que estaba escrito. Los restos fueron tragados por una sima y desde ese mismo día todas las desgracias se abatieron sobre el reino.
("Ciudades y Leyendas" de Manuel Lucena Giraldo)
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domingo, 29 de julio de 2012
Hércules y La Coruña
La Coruña también es fundación de Hércules, como proclama su escudo, en cuyo motivo central figura la torre del siglo II que lleva su nombre. Ésta es, en realidad, un faro romano de navegación convertido en fortificación durante la Edad Media y restaurado en 1791.
Cuenta la leyenda hercúlea que el héroe llegó por mar a las cercanías de la futura ciudad de La Coruña, llamado por los subditos de Gerión, rey de Brigantium, que estaban hartos de pasar penalidades por su comportamiento y exacciones, pues los obligaba a entregarles la mitad de sus bienes y sus hijos. Vencerlo no fue tarea fácil, ni siquiera para Hércules, pues Gerión era un gigante alado formado por tres cuerpos completos unidos por la cintura. Para derrotarlo, le disparó desde su escondite una flecha envenenada con la sangre de la Hidra. Luego le cortó la cabeza, la enterró y edificó en aquel mismo lugar la torre que celebra su hazaña. De ahí que al pie del escudo coruñés figure una calavera.
Igonoro donde fueron a parar los tres cuerpos de Gerión y las dos cabezas restantes.
("Ciudades y Leyendas" de Manuel Lucena Giraldo)
Cuenta la leyenda hercúlea que el héroe llegó por mar a las cercanías de la futura ciudad de La Coruña, llamado por los subditos de Gerión, rey de Brigantium, que estaban hartos de pasar penalidades por su comportamiento y exacciones, pues los obligaba a entregarles la mitad de sus bienes y sus hijos. Vencerlo no fue tarea fácil, ni siquiera para Hércules, pues Gerión era un gigante alado formado por tres cuerpos completos unidos por la cintura. Para derrotarlo, le disparó desde su escondite una flecha envenenada con la sangre de la Hidra. Luego le cortó la cabeza, la enterró y edificó en aquel mismo lugar la torre que celebra su hazaña. De ahí que al pie del escudo coruñés figure una calavera.
Igonoro donde fueron a parar los tres cuerpos de Gerión y las dos cabezas restantes.
("Ciudades y Leyendas" de Manuel Lucena Giraldo)
jueves, 12 de julio de 2012
Hércules y Sevilla
A la dinastía Heráclida sucedio en el gobierno de Hispania la de los Atlantes. Antes de ocuparme de ella, pasaré una breve revista a algunas leyendas relacionadas con los ciudades fundadas por Hércules y sus sucesores.
Empiezo por Sevilla.
Cuenta la Primera Crónica General de Alfonso X el Sabio que unos seiscientos años antes de Cristo, en una de sus incursiones por el curso superior del río Betis, Hércules indicó dónde se situaría Sevilla erigiendo un dolmen con seis enormes columnas, que delimitaron el perímetro de la futura urbe. En cada una de ellas escribió un principio virtuoso que debía gobernarla, y así surgieron las consagradas al amor, el impulso, la armonía, la gracia, la sabiduría y la belleza. En la última reprodujo su propia imagen, a fin de ser recordado por quienes la habitaran.
Los fenicios rindieron culto a Hércules, pero los romanos, más ingratos, fueron olvidándolo hasta que en el año 45 Julio César quiso apoderarse por completo de su gloria, pues refundo Sevilla con el nombre de «Julia Romula Hispalis». Quizá para contentarlos, concedió a sus vecinos la valiosa ciudadanía romana.
Como la historia es siempre justa, en el año de Nuestro Señor de 1578, durante el reinado de Felipe II, el conde de Barajas abrió la Alameda de Hércules para entretenimiento y paseo de sus pobladores, y dispuso en sus extremos sendas estatuas de Julio César, el restaurador, y del propio Hércules, el fundador, a fin de que ambos fueran celebrados por los sevillanos, que tanto les deben.
("Ciudades y Leyendas" de Manuel Lucena Giraldo)
Empiezo por Sevilla.
Cuenta la Primera Crónica General de Alfonso X el Sabio que unos seiscientos años antes de Cristo, en una de sus incursiones por el curso superior del río Betis, Hércules indicó dónde se situaría Sevilla erigiendo un dolmen con seis enormes columnas, que delimitaron el perímetro de la futura urbe. En cada una de ellas escribió un principio virtuoso que debía gobernarla, y así surgieron las consagradas al amor, el impulso, la armonía, la gracia, la sabiduría y la belleza. En la última reprodujo su propia imagen, a fin de ser recordado por quienes la habitaran.
Los fenicios rindieron culto a Hércules, pero los romanos, más ingratos, fueron olvidándolo hasta que en el año 45 Julio César quiso apoderarse por completo de su gloria, pues refundo Sevilla con el nombre de «Julia Romula Hispalis». Quizá para contentarlos, concedió a sus vecinos la valiosa ciudadanía romana.
Como la historia es siempre justa, en el año de Nuestro Señor de 1578, durante el reinado de Felipe II, el conde de Barajas abrió la Alameda de Hércules para entretenimiento y paseo de sus pobladores, y dispuso en sus extremos sendas estatuas de Julio César, el restaurador, y del propio Hércules, el fundador, a fin de que ambos fueran celebrados por los sevillanos, que tanto les deben.
("Ciudades y Leyendas" de Manuel Lucena Giraldo)
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Sevilla
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