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jueves, 22 de septiembre de 2016

La calle del Candilejo - Sevilla

Siguiendo la tradicion sevillana, un miembro de la familia de los Guzmán, enemigos del rey Pedro y partidarios de su hermanastro, había propagado murmuraciones y sátiras contra el rey legítimo, el cual decidió defender su honor con las armas en lugar de prender al caballero.
Aprovechando la oscuridad de la noche, consiguió seguir a su oponente hasta enfrentarlo en una calle iluminada por un pequeño candil. A pesar de la bravura de su adversario, don Pedro, hábil espadachín, consiguió arrebatarle la vida, pero sin darse cuenta de que los hechos habían sido observados por la anciana propietaria del candil. Los familiares de Guzmán acudieron al rey buscando justicia, el cual respondió que no había sido asesinato vil, por tener noticia de haberse producido la reyerta en calle iluminada, lo que demostraba que ambos habían podido defenderse adecuadamente. A pesar de ello, accedió a que si se hallaba al matador, pondría su cabeza en un nicho de la calle donde se produjo el duelo.
La intervención del hijo de la anciana, conocedor de los hechos, hizo que la familia de los Guzmán reclamara que el rey cumpliera lo prometido, a lo que el monarca accedió, ordenando que se empotrara un cajón que, según él, contenía en su interior la cabeza del asesino. Pasaron los años y tras el destronamiento de Pedro I, don Tello Guzmán hizo abrir el cajón en cuestión encontrando una cabeza de piedra con la efigie del monarca que había cumplido su promesa burlando con ingenio a unos y otros.

(J.L.E.)

martes, 17 de junio de 2014

El Rey don Pedro y el asistente Juan Pascual

En la Sevilla medieval no existieron plazas mayores, de modo que los grandes sucesos públicos acontecían en plazas pequeñas o junto a edificios principales, como la catedral o el Alcázar, bajo cuyos venerables muros se desarrolló esta leyenda.
Una noche de tormenta iban a caballo por el monte dos jinetes, el rey Pedro llamado el Cruel y también el Justiciero y un fiel hidalgo que lo acompañaba. A lo lejos vieron una casa, en la que residía un labrador y hombre de bien, Juan Pascual, ni sabio ni ignorante, sabedor, sin embargo, de que Sevilla era una ciudad mal gobernada, nido de galanteos, crímenes y truhanerías, «madre de huérfanos y capa de pecadores» o, como dijo Cervantes, «urbe de gente ancha de conciencia y llena de rufianes dispuestos a matar con la misma facilidad a un hombre que a una vaca».
A la hora de la cena, los caballeros no se identificaron, de modo que el rey Pedro supo de boca del humilde labrador lo que en verdad ocurría en aquella capital, pues nadie se lo había dicho. Al día siguiente lo mandó llamar y lo nombró asistente de Sevilla, a fin de que gobernara en su nombre con verdadera justicia.
El justo labrador trabajó para la gente honrada y organizó un inflexible cuerpo de policía, que hizo de la ciudad un lugar ordenado, desterrando la alcahuetería, el juego y la delincuencia. Pero una noche estaba el rey metido en uno de sus galanteos cuando mató a uno de sus agentes, que le había afeado su turbia conducta de asaltador de damas. El asistente quedó en grave conflicto porque la persona real era inviolable, de modo que el pueblo conjeturaba cómo saldría del aprieto sin perder la cabeza. Pero, para asombro de todos, mandó al rey presentarse a los pies de las murallas del Alcázar y leyó la sentencia de muerte que correspondía a su delito.
Nada más acabar, dio la orden de que entrara una comitiva con un monigote que representaba al monarca. El asistente señaló ante todos que su autoridad no lo alcanzaba, pero la ley debía ser cumplida, dicho lo cual, ordenó al verdugo descabezar la efigie de un hachazo. El asombro dejó paso al entusiasmo incluso del rey Pedro, que mandó erigir a tan justo asistente de Sevilla una estatua para eterna memoria.


("Ciudades y Leyendas" de Manuel Lucena Giraldo)

miércoles, 14 de octubre de 2009

El rubí de la corona real inglesa


El reinado de Pedro el Cruel constituye una página sangrienta de la historia de España. El país se desgarró en una guerra civil entre los partidarios del rey legítimo y los de su hermano bastardo, Enrique de Trastamara, que le quería arrebatar la corona.

E13 de abril de 1367, Pedro derrotó a su hermano Enrique gracias a la ayuda de los arqueros ingleses del Príncipe Negro. Pedro I recompensó a su aliado inglés con «muchas joyas ricas de aljófar e piedras preciosas», entre ellas un notable rubí espinela del tamaño de un huevo de paloma procedente de una virgen del monasterio de Santa Maria la Real de Najera . Probablemente sea el mismo que luce la corona de Inglaterra engastado entre dos flores de lis. La State Imperial Crown data sólo de 1838, pero fue realizada con perlas y piedras preciosas provenientes de la colección real.

Como otras piedras notables, este rubí tiene su leyenda maldita. Sus dueños propenden a morir trágicamente: el propio Pedro I, asesinado por su hermano en Montiel; el Príncipe Negro, fallecido a los pocos meses de recibir la joya, sin llegar a reinar; en el siglo siguiente, el rey Ricardo III llevaba el rubí cuando perdió la batalla y la vida gritando: «Mi reino por un caballo.»
(según Juan Eslava Galán en España insólita y misteriosa)