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miércoles, 8 de febrero de 2017

Los sellos de la Exposición Universal de Chicago

 l 25 de abril de 1890 el presidente de los EEUU Benjamin Harrison anunció la la elección de Chicago como sede de la Exposición Universal, también llamada World’s Columbian Exposition. Aunque el tema central de la exposición era el cuarto centenario de la llegada de Cristobal Colón al llamado Nuevo Mundo, el recinto ferial no se abrió al público hasta el 1 de mayo de 1893, un año después de lo previsto. Aquel evento tuvo un gran impacto en la apariencia de Chicago y se convirtió en un símbolo del entonces emergente sentimiento nacionalista americano, marcado por la industrialización y el crecimiento demográfico. 
Hasta el 30 de octubre, fecha del cierre, más de 27 millones de personas visitaron la exposición.
Aprovechando el tirón de la exposición, se aprobó la emisión de una serie de monedas relativas al evento, si bien es verdad que no tuvieron mucho éxito, y otra de sellos, lo que supondría la primera edición de sellos
conmemorativos emitidos en los EEUU. Lógicamente, también era Colón el protagonista de esta colección. Aunque inicialmente se pensó que los sellos fuesen bicolor, se desechó la idea por el alto coste. La serie en cuestión estaba formada por 16 sellos en los que se representaban obras de arte relacionadas con la vida de Cristobal Colón. Algunos de los sellos, en concreto los de 5 y 15 centavos y los de 1 y 4 dólares, tenían otra particularidad… era la primera vez que la imagen de una mujer aparecía en un sello de los EEUU, y esa mujer no era otra que la reina Isabel la Católica.

(Historias de la historia)

martes, 15 de marzo de 2016

El Suspiro del Moro


En el año de 1492 los Reyes Católicos conquistaron el reino de Granada. Cuenta la leyenda que, tras entregar el rey Boabdil las llaves de la ciudad a los reyes de Castilla y Aragón, cuando alcanzaba la colina así conocida, se volvió por fin y, suspirando, rompió a llorar, momento en que su madre le dijo: “Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre”.

sábado, 17 de octubre de 2015

Juana la Beltraneja


En los comienzos de 1462 nació una hija del rey Enrique IV de Castilla y de la reina Juana de Portugal. Una hija que alcanzaba la vida como única heredera de la corona castellana.
Nació en Madrid, Villa muy querida del rey Enrique, por deseo de éste, que hizo venir a este rincón castellano a la reina cuando ya se acercaba la fecha del alumbramiento.
La vida de esta princesa madrileña había de estar unida a las luchas de la sucesión real, en un momento de crisis y dificultades, que llevaría al trono de Castilla a la reina Isabel la Católica.
Razones políticas, seguramente más que de otra índole, habían de dar a la recién nacida el sobrenombre de "Beltraneja", tildándola de hija no del rey, sino de su favorito y dueño del gobierno, don Beltrán de la Cueva. El mismo padre, en distintas ocasiones, presionado por facciones contrarias, había de admitir el origen adulterino de la princesa, que atravesaría una vida difícil y azarosa, movida siempre por el interés político que había de perseguirla, haciendo de su figura bandera de grupos descontentos o ambiciosos.
Si siquiera en el claustro pudo encontrar sosiego, que allí encerrada, desposeída ya de la corona castellana, habían de venir a sacarla para hacerla su esposa el rey de Portugal, pretendiendo así derechos a la corona que había de ver perdidos en la batalla de Zamora.
El claustro había de ser, sin embargo, el último retiro de esta vida de luchas, intrigas y batallas de la que el pueblo llamaba "Excelente Señora, reina sin reino".
Ya en su vejez, a las sesenta y ocho años, edad tardía para la época, murió en un convento de Lisboa, el año 1530, la princesa doña Juana, llegando así a conocer el esplendor de la corona de Castilla, unida a la de Aragón por tu tía la reina Isabel la Católica, y que ya extendía su dominio por Italia y más allá de las recién nacidas tierras de América. Ya Castilla no era, como en los días de su padre, una hoguera de intrigas y banderías, sino un reino próspero y unido que habla ganado las tierras de los moros y había dado fin a la guerra secular de la Reconquista. Los años de su vida, tan cruciales, habían cambiado enteramente el mundo de sus primeros días, el de su niñez y juventud y también la sociedad era ya otra y no tenían cabida las ambiciones de unos nobles levantiscos capaces de alzar bandera contra sus reyes; se había jerarquizado alrededor de los nuevos monarcas, que habían sabido ver el mundo cambiante y crítico da sus vidas y habían mantenido una política férrea de unidad, distinta de los días del rey Enrique IV.