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viernes, 20 de octubre de 2017

El falso Batallador

Algunas fuentes aseguran que el rey, una vez huido de la matanza de Fraga con ayuda de sus escolta, pudo reunir a varios supervivientes y fieles y siguió a los musulmanes hasta la costa donde se disponían a cargar el botín capturado a los aragoneses. En el mar se encontraba una nave cargada con las cabezas de los cristianos muertos que iban a ser entregadas al rey de África como muestra de la victoria, pero Alfonso I no lo permitió y después de vencer a los moros, se apresuró a enterrar dignamente los cuerpos de sus compañeros. Final épico, no exento de fantasía medieval, que lógicamente no se correspondió con la realidad. Es probable que el Batallador escapara con vida de Fraga, pues varios documentos demuestran la presencia del rey en algunos lugares de Aragón al mes siguiente del desastre, como Alfajarín y Lizana, e incluso se sabe que el 4 de agosto ratificaba el testamento firmado en Bayona, texto y firma que tal vez pudieron ser falsificados.
Si hacemos caso a un cronista navarro, Alfonso el Batallador debió morir el 7 de septiembre de 1134 en la aldea de Poleñino, a seis leguas de Huesca y a dos de Grañén. Fue enterrado en la fortaleza de Montearagón y posteriormente trasladado al pequeño panteón real de la capilla de San Bartolomé, en el claustro de la iglesia románica de San Pedro el Viejo de Huesca, donde ejerció de abad su hermano Ramiro. 
Pero Alfonso I no pudo aún descansar en paz hasta pasados varios años debido a la aparición en escena de un curioso personaje que se presentó en la corte con su nombre, como el auténtico rey de Aragón, todavía vivito y coleando. Hubo gente que se creyó el engaño y hasta fue tratado como el verdadero monarca. Luego se demostró que se trataba de un farsante, de un herrero que huyó a Francia cuando se enteró de que estaba en situación de búsqueda y captura por su descabellada idea. En el país vecino fue protegido por Luis VII pero al final, el entonces rey de Aragón, su sobrino-nieto Alfonso II el Casto, consiguió la extradición del farsante ordenando su muerte en horca en 1181.

(Javier Leralta)

lunes, 16 de octubre de 2017

Alfonso el Batallador y la derrota de Fraga

Alfonso I fue un rey inquieto y decidido, siempre moviéndose de un lado a otro en lucha con los musulmanes o poniendo orden en los territorios recién conquistados.
El principio del fin de Alfonso I fue la batalla de Fraga que acabó con las esperanzas de recuperar la ciudad de Lérida para Aragón, uno de los sueños del monarca junto con la conquista de Tortosa (Tarragona). Plazas, por cierto, que aún tardarían en pasar al patrimonio cristiano por un acuerdo entre el conde de Barcelona y el emir musulmán por el que éste se comprometía a pagar doce mil dinares anuales a cambio de la paz, contrato que levantó las iras de Alfonso I como era lógico. El caso es que la batalla de Fraga (1134) fue una escabechina para las tropas aragonesas en la que murieron la mayoría de los caballeros hispanos. Una lluvia de piedras, dardos, lanzas y saetas acabaron con la vida de condes, obispos, abades y soldados.
Alfonso I siempre encabezaba sus mesnadas, iba en la vanguardia de sus ejércitos presumiendo de valor y coraje acompañado de sesenta caballeros que formaban su escolta personal cuando salía de campaña o iba de viaje. Se cuenta como anécdota que poco antes del inicio de las hostilidades, se presentó en el campamento cristiano un monje francés asegurando al rey que con los poderes de Diós y sus plegarias vencerían a los musulmanes. El religioso subió a una colina cercana a las murallas de Fraga para rezar y al poco tiempo recibió una enorme pedrada, procedente de un almajaneque -máquina de guerra árabe- que le arrancó medio cuerpo. Aquello fue una premonición de lo que le esperaba al ejército cristiano.
En el combate se perdieron muchas vidas y muchos objetos de gran valor testimonial como un arca de oro con el Lignum Crucis que Alfonso I le gustaba tener en la tienda de campaña, traído expresamente del monasterio de Sahagún (León).

(Javier Leralta)


jueves, 7 de julio de 2016

Las Alfonsadas de Calatayud

Cada mes de junio Calatayud retrocede en el tiempo para celebrar sus tradicionales Alfonsadas, una de las fiestas medievales más importantes de Aragón que rememóran la reconquista cristiana de la ciudad por parte del Rey Alfonso I el Batallador en el año 1120. Esta fiesta declarada de Interés Turístico transforma las calles de la ciudad zaragozana con recreaciones, pasacalles, actuaciones y un gran mercado medievaL Una buena forma de disfrutar de un pasado y descubrir sus más de dos mil años de historia.
Las Alfonsadas se celebran con un variado programa de actividades. Tras el asalto al castillo el jueves, el viernes a las 19.30 horas tendrá lugar desde el balcón del ayuntamiento la lectura del pregón del inicio de las fiestas. Entre los actos más destacados de esta jornada figuran la capitulación de la ciudad de Calat'Ayyub y la entrada del rey Alfonso I con sus tropas en la plaza del Mercado. El sábado, a las 19 horas, los bílbilítanos y turistas disfrutarán con el desfile triunfal de victoría, desde la plaza Erlueta hasta la iglesia de San Pedro de los Francos, donde se entregarán las llaves de la ciudad al rey y se procederá al nombramiento de la Dama de Honor. Las Alfonsadas concluirán el domingo con la lectura de los fueros concedidos por el Monarca a Calatayud en la plaza del Olivo, a la que acudirán todas las haimas, y la presentación de estandartes y el juramento al rey Alfonso I. Las actuaciones y representaciones teatrales se sucederán durante el fin de semana. Todos los días abrirá sus puertas en el casco antiguo el mercado medieval en el que se realizarán pasacalles, desfiles de ocas, música y danzas, asaltos al campamento, exhibiciones, actuaciones de títeres, bufones de la corte, lizas y enfrentamientos, y desfiles nocturnos de antochas.