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martes, 4 de agosto de 2015

El mes de Febrero

En la entrada titulada "Hispania y el cambio de calendario" del 6 de febrero ya dejé explicado el motivo por el que los últimos meses del año se llaman como se llaman. Nada dije, sin embargo de las razones por las que Febrero es más corto que los demás.
En la primera reforma del calendario que llevaron a cabo los romanos, el año tenía 10 meses y 354 días. Esto ocasionaba un desfase con las estaciones que se resolvía agregando un mes ocasionalmente. Esto obligaba a pagar a la servidumbre por lo que motivaba frecuentes conflictos y manipulaciones. Con todo y con éso, Julio César se encontró con un desfase de cerca de tres meses entre el calendario y las estaciones. Conocedor de que los egipcios habían sido los primeros en adoptar el calendario de 365 días, encargo al astrónomo Sosígenes de Alejandría, la confección de un nuevo ciclo anual.
El sabio adoptó un calendario regular de 11 meses de 30 ó 31 días y otro mes, el último, que recogía los días sobrantes. Este último mes, que resultó ser Febrero, porque inicialmente se mantuvo el inicio del año en Marzo, se quedo con los 28 ó 29 días que restaban.
Más adelante se trasladó el principio de año al día 1 de Enero, como expliqué en la entrada anterior,  pero no se alteraron los nombres.
 

jueves, 12 de julio de 2012

Hércules y Sevilla

A la dinastía Heráclida sucedio en el gobierno de Hispania la de los Atlantes. Antes de ocuparme de ella, pasaré una breve revista a algunas leyendas relacionadas con los ciudades fundadas por Hércules y sus sucesores.
Empiezo por Sevilla.


Cuenta la Primera Crónica General de Alfonso X el Sabio que unos seiscientos años antes de Cristo, en una de sus incursiones por el curso superior del río Betis, Hércules indicó dónde se situaría Sevilla erigiendo un dolmen con seis enormes columnas, que delimitaron el perímetro de la futura urbe. En cada una de ellas escribió un principio virtuoso que debía gobernarla, y así surgieron las consagradas al amor, el impulso, la armonía, la gracia, la sabiduría y la belleza. En la última reprodujo su propia imagen, a fin de ser recordado por quienes la habitaran.


Los fenicios rindieron culto a Hércules, pero los romanos, más ingratos, fueron olvidándolo hasta que en el año 45 Julio César quiso apoderarse por completo de su gloria, pues refundo Sevilla con el nombre de «Julia Romula Hispalis». Quizá para contentarlos, concedió a sus vecinos la valiosa ciudadanía romana.


Como la historia es siempre justa, en el año de Nuestro Señor de 1578, durante el reinado de Felipe II, el conde de Barajas abrió la Alameda de Hércules para entretenimiento y paseo de sus pobladores, y dispuso en sus extremos sendas estatuas de Julio César, el restaurador, y del propio Hércules, el fundador, a fin de que ambos fueran celebrados por los sevillanos, que tanto les deben.


("Ciudades y Leyendas" de Manuel Lucena Giraldo)