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viernes, 17 de agosto de 2018

El nombre de Cataluña


El nombre de Cataluña aparece por primera vez en un texto extranjero del siglo XII que relata una expedición a Mallorca. 
Más tarde, en las actas de Ramón Berenguer IV empezó a utilizarse el término a partir de 1149 y unos años después se empleó con más frecuencia con la finalidad de diferenciar su patrimonio con respecto al del Reino de Aragón. Se trata, pues, de una expresión diplomática referida a la cancillería para explicar que Caraluña es una región con rasgos históricos distintos, con su propia lengua, legislación y tal vez con un sentimiento de identidad colectivo y una conciencia de grupo. 
En cambio, otras versiones citan -como posible origen de la palabra- a un pueblo bárbaro, quizá godo o alano, de nombre catalauni, asentado desde tiempos lejanos en el nordeste peninsular. 
Otra referencia (siglo XVI) recuerda la figura de un héroe local, de nombre Oter Cátalo, como padre etimológico de la palabra.

(Javier Leralta)

domingo, 15 de julio de 2018

La Batalla de Aljubarrota

No fueron muy felices los castellanos durante los gobiernos de los primeros monarcas Trastámara. La hegemonía y fortaleza de Castilla se habían debilitado mucho con tanta guerra estúpida y sin sentido. Primero con Enrique II y luego con Juan I, empeñado en invadir Portugal como fuera por cuestiones hereditarias y de familia. La muerte del soberano luso Fernando I el Inconsciente en 1383 había dejado el reino sin sucesor directo al morir sin hijos varones. Ni la reina viuda Leonor, ni su favorito el conde Andeiro, ni la infanta Beatriz, única hija y esposa del rey de Castilla, satisfacían a la burguesía portuguesa. Ante esta situación de crisis (1383-1385) se propuso nombrar rey de Portugal a Juan, maestre de la Orden de Avis, hijo natural de Pedro I, padre de Fernando I.
El declive castellano, que venía de lejos, se confirmó en la batalla de Aljubarrota (14 de agosto de 1385), cerca de Leiria, al norte de Lisboa, donde las tropas portuguesas derrotaron al ejército de Juan I, quien tuvo que huir como pudo por Santarem primero y luego por el Tajo hasta el Atlántico y Sevilla, adonde llegó enfermo. 
Cuentan las crónicas que los jefes portugueses tuvieron tiempo de elegir el terreno propicio para preparar el combate debido al lento avance de los 30.000 soldados que formaban las tropas castellanas y francesas. Al parecer se colocaron en una pequeña colina plana rodeada de riachuelos que hacían de defensas naturales. Luego prepararon el terreno con trincheras y distribuyeron a los 6.500 soldados, entre lusos e ingleses, colocando en los flancos a los arqueros británicos, en el centro a la infantería y detrás a la caballería. 
Hacia las seis de la tarde la caballería castellana empezó el combate pero enseguida fue rechazada por la eficacia de las flechas inglesas y las dificultades del suelo que hicieron muy difícil el avance de los caballos españoles. Entonces cundió la confusión y la desorganización en las filas castellanas.

(Javier Leralta)

sábado, 9 de junio de 2018

Las monedas medievales

En aquellos tiempos de la Baja Edad Media se seguía negociando con las viejas monedas impuestas en tiempos de Carlomagno, es decir, se pagaba con libras, sueldos y dineros aunque la libra no era una unidad física. Esta se dividía en veinte sueldos, fraccionados a su vez en doce dineros y cada dinero en dos óbolos. Estas eran las monedas que corrían por los reinos hispanos que en algunos casos podían variar durante un periodo determinado. Así, por ejemplo, en Navarra, en tiempos de Sancho VI el Sabio (1150-1194), padre de Sancho el Fuerte, se acuñaron dineros y óbolos que fueron bautizados con los nombres de "sanchetes" y circularon por el reino hasta el siglo xiv. momento en que fueron sustituidos por los "carlines" coincidiendo con el mandato de Carlos II el Malo (1349-1387). Tanto unos como otros estaban fabricados con una aleación de cobre y plata llamada vellón.
En cambio, en la Corona de Aragón, dentro del mismo sistema monetario, se acuñaron dineros y óbolos procedentes de Jaca y Barcelona como prueba de las dos unidades sociales e históricas del reino. En la España musulmana la unidad monetaria era el diñar, acuñada en oro, dividido en diez monedas de plata llamadas "dirhames". Los dinares que pusieron en circulación los almorávides en el siglo XII se extendieron por toda España y fueron conocidos como morabetís, marabetinos o maravedís, el nombre más familiar. Los almohades introdujeron después una moneda de menor valor que el dinar llamado "dinarín"; más tarde se acuñaron las doblas, equivalentes a dos dinarines, que se fraccionaban en monedas de media dobla o mazmudinas. En tiempos de Alfonso VIII se acuñaron monedas de oro similares a las del mundo musulmán.

(Javier Leralta)

martes, 29 de mayo de 2018

El siglo de las Catedrales

Sin saberlo, Fernando III inició las obras de la primera gran catedral gótica de España y una de las más elegantes del viejo continente. Hacía ochenta años (primer tercio del siglo xi) que el nuevo estilo había empezado a cambiar la imagen de los grandes templos románicos de Francia, Italia, Inglaterra, Alemania y llegaba a Castilla con retraso. El primer experimento gótico fue la catedral de Sens, a pocos kilómetros de la capital francesa. Las catedrales de Chartres, París, Canterbury y otras llevaban con los andamios colocados desde el siglo anterior mientras en el Reino de Castilla permanecían en pie los macizos y oscuros templos románicos. 
La luz, la elevación y sobre todo la expresividad de las formas eran las señas de identidad del nuevo arte europeo que entró en Aragón y Castilla a través del Camino de Santiago, ruta espiritual, económica y también cultural que impregnó de modernidad las cortes hispanas. El arco ojival, las bóvedas de crucería, los arbotantes, los contrafuertes, los ventanales, la girola marcaban la diferencia entre el románico y el gótico. Nuevos elementos y nuevas técnicas constructivas que pretendían elevar la altura de las naves hasta los cuarenta metros, iluminarlas de luz natural a través de amplios rosetones y ventanales tapados con ricas vidrieras donde se podía leer la doctrina de las sagradas escrituras, igual que en las esculturas que decoraban las portadas, arquivoltas, canecillos y capiteles, auténticas enciclopedias iconográficas y moralizantes. Todo lo contrario que el románico, que transmitía sus enseñanzas con coloristas frescos dibujados en los muros interiores de los templos. Eran dos conceptos diferentes. Por primera vez, el hombre europeo pudo controlar la luz solar y adaptarla a sus necesidades.
El peso de los altos muros góticos se transmitía por los arcos arbotantes a los contrafuertes exteriores que reforzaban el empuje lateral de los arcos y bóvedas de crucería. De esta manera se liberaba de peso los muros de las naves y las nuevas obras podían crecer hasta alturas inimaginables en aquel tiempo. Los encargados de realizar estos colosales edificios fueron los maestros de obras cuyas funciones eran un compendio de arquitectos, ingenieros, delineantes y constructores. Debían estar atentos a todo, a la elección del solar cuando no se levantaba sobre un templo anterior, a la búsqueda de los materiales (piedra, madera) en lugares cercanos a las ciudades (canteras, bosques, ríos), al diseño de la catedral, al desarrollo de los planos, a la coordinación de los grupos de trabajo (albañiles, carpinteros, canteros, herreros, vidrieros, artesanos), a la fabricación y desarrollo de los ingenios para la construcción del encargo y al presupuesto de la obra. Muchas funciones que cumplían a la perfección mientras el dinero llegara con puntualidad y los mecenas del proyecto -Corona, nobles, obispos, cabildos- siguieran adelante con la idea, los conocimientos constructivos se transmitían de padres a hijos y el maestro debía pasar un duro examen para conseguir su título y capacitacion profesional.
Las obras siempre empezaban por la cabecera con idea de levantar cuanto antes el altar y conseguir una rápida consagración de la catedral. Los trabajos duraban normalmente de dos a tres décadas pero la terminación del edificio podía prolongarse durante más de un siglo, casi siempre por las crisis económicas como podemos apreciar en varios templos que fueron rematados con una solitaria torre o campanario (Toledo, Oviedo) en lugar de las dos habituales. En apenas un siglo se construyeron en Francia cerca de ochenta catedrales y quinientos monasterios. Las primeras catedrales góticas levantadas en España fueron las de Cuenca y Ávila.

(Javier Leralta)

domingo, 27 de mayo de 2018

El Buen Conde


Todo empezó después de la batalla de Valdejunquera (920), en el Reino de Pamplona, cuando las tropas de Abderramán III vencieron al Ejército del navarro Sancho Garcés I y del leonés Ordoño II, monarca que no recibió la ayuda esperada de los condes castellanos. Aquella derrota cambiaría el futuro del Reino de León. El rencor se apoderó del monarca leonés que citó a los principales nobles castellanos a una reunión en el pueblo de Tejares, a orillas del río Carrión. Allí acudieron todos, incluido el conde castellano Ñuño Fernández, y todos fueron detenidos, atados con cadenas y ajusticiados después. La muerte de Ñuño posibilitó a su hermano Fernando heredar el título de conde e iniciar la leyenda del heroico Fernán González, conde de Castilla (923-970) que llegó a alcanzar más poder que los propios reyes de León hasta el punto de influir en sus nombramientos y destituciones.
El buen conde, como fue llamado, nació probablemente en el castillo de Lara, en tierras burgalesas de suaves lomas y campos de cereal, donde su familia tenía solares, haciendas y títulos que pasaron a su propiedad en 931 cuando reunió los condados de Burgos, Castilla, Asturias de Santularia, Lara, Lantarón y Álava, mucho poder en una sola persona. Ramiro II (931-951), ambicioso rey de León, le premió con un fuerte Ejército por haberle ayudado en su particular guerra familiar por conseguir la unificación de las tierras de Galicia. Asturias, León y Portugal. El enérgico y cruel Ramiro no sólo deseaba consolidar las fronteras del Reino leonés sino avanzar hacia el Sur para combatir a Abderramán III. En una de esas incursiones (932) cruzó la sierra de Guadarrama, arrasó la ciudad de Magerit (Madrid), pasó a cuchillo a sus habitantes y unos días después hizo lo mismo con la población de Talavera de la Reina (Toledo).
Ramiro permitió a Fernán González cierta autonomía en la gestión de sus condados. Ambos lucharán juntos contra las tropas musulmanas en unión de navarros y zaragozanos, una colaboración que desemboca años más tarde en la victoria de Simancas (939) donde el califa de Córdoba sufre la peor derrota de su vida. El resultado tuvo una gran repercusión porque le permitió repoblar las tierras segovianas de Sepúlveda, es decir, el sur del Duero, hasta ese momento límite entre moros y cristianos. Poco a poco el condado de Castilla crece en extensión, aumenta el prestigio y la codicia de Fernán González que se siente más poderoso, lo que le lleva a enfrentarse al mismísimo monarca enfadado por la entrega al conde de Monzón de unas tierras recién ganadas a los árabes. Fernán termina en prisión pero por poco tiempo porque no estaban las cosas para prescindir de buenos caballeros. Ramiro II actúa con inteligencia y prepara la boda de su hijo Ordoño con Urraca, hija del conde. De repente pasa de ser prisionero a formar parte de la familia real con el nombramiento oficial de conde de Castilla y consuegro del rey. A partir de ese momento el título le pertenecerá para siempre y será hereditario entre su familia.
Luego llegaron tiempos difíciles de rebeliones y torpezas sin sentido después de la muerte de su soberano en 956. Con Ordoño III en el trono el reino entra en un periodo de constantes guerras civiles que son aprovechadas por el buen conde para sacar beneficios. Primero apoya a Sancho el Gordo, el cual es derrotado por su hermanastro Ordoño, y más tarde hace lo propio con Ordoño el Malo. Pero la jugada no le salió muy bien y en la batalla de San Andrés de Cirueña fue apresado por los navarros que junto a los musulmanes defendían los derechos al trono de Sancho I una vez curado de su hidropesía. A cambio de la libertad y de no ser entregado al califa Al-Hakam II, sucesor de Abderramán III, muerto en 961, juró fidelidad a Sancho. Casi al final de su vida tuvo que pedir una tregua a Córdoba para evitar los ataques musulmanes que hacían peligrar la estabilidad de Castilla. Fernán González, que nunca fue rey y que no conoció la independencia absoluta de su territorio pero sí marcó las bases, murió en 970 dejando una herencia de gran valor fundamentada en la lengua castellana, en la libertad y en el espíritu guerrero de sus gentes. Su cuerpo fue enterrado primero en el monasterio de San Pedro de Arlanza y finalmente fue llevado a la colegiata de Covarrubias cuando el cenobio burgalés cayó en el olvido.

(Javier Leralta)

sábado, 19 de mayo de 2018

Historia de una colaboración entre cristianos, judíos y musulmanes

Sancho I de León el Craso llegó a pesar 240 kg., lo que le incapacitaba para cualquier actividad física como guerrear o montar a caballo. Ello fue suficiente para que los nobles de León le depusiesen auxiliados por el poderoso Conde Fernán González de Castilla, en teoría su vasallo.
Según las fuentes coetáneas, la enfermedad de Sancho no fue genética ni endocrina si nos atenemos a la tardía aparición del proceso -cuando tenía unos veintidós años- y a su rápida recuperación, sin recaídas. Debió padecer una vulgar hidropesía abdominal que fue curada con los métodos del momento a base de hierbas apropiadas, ejercicio físico, dieta equilibrada y baños de sol y vapor. El encargado de organizar la terapia fue el judío Abu-Jusuf Hasdai, médico culto, diplomático, traductor y buen político, natural de Jaén, experto en tratamientos medicinales, que primero viajó a Pamplona a reconocer al paciente y negociar las cláusulas del acuerdo, y luego bajó a Córdoba en compañía de la reina Toda, abuela del monarca leonés, para desarrollar la curación. Abderramán, que había accedido a la petición hecha desde Pamplona, impuso sus condiciones entre las que estaban que tanto Sancho como el rey navarro, García Sánchez I, bajaran a su corte de Medina Azahara a rendirle pleitesía y vasallaje, exigencia que no fue discutida por Toda a pesar de la humillación que suponía aquella sumisión después de tantas peleas entre árabes, navarros y leoneses. En el contrato de colaboración se disponía, además, la entrega de diez fortalezas cristianas rayanas a cambio del apoyo prestado por los hombres del califa para que Sancho I recuperase el solio leonés una vez curado de la obesidad.
El viaje debió ser duro y extenuante por la enorme distancia entre Pamplona y la capital musulmana. Seguramente aquel traslado fue el inicio del tratamiento. Sancho permaneció en Córdoba algo más de un año (957-958), tiempo suficiente para que los potingues y brebajes preparados por la ciencia de Hasdai hicieran su efecto. Una vieja ciencia con antecedentes en el mundo griego y romano recogidos en el siglo I por Pedanio Dioscórides, medico militar durante los mandatos de Claudio y Nerón, que recopiló en un tratado todos los conocimientos de plantas medicinales y minerales publicados hasta el momento o bien conocidos oralmente.

(Javier Leralta)

martes, 7 de noviembre de 2017

Tiempos de Cortes y tratados

Pocas veces se reunieron las Cortes en tiempos de Sancho IV (Palencia, Haro, Valladolid), no era muy amigo de ceder su autoritarismo a los representantes del reino; en cambio, durante el gobierno de Fernando IV las convocatorias de Cortes fueron más frecuentes, tanto que hubo años que se celebraron dos reuniones en diferentes sedes (Valladolid, Cuéllar, Burgos, Zamora, Medina del Campo, Madrid). Este fue uno de los rasgos diferenciadores entre la gestión de uno y otro monarca. En todas se discutieron temas de suma importancia. Así, en las de Valladolid de 1295 —hubo varias en esta ciudad-, donde fue proclamado rey, quedó en evidencia el protagonismo de los representantes concejiles; en las de Cuéllar (1297) se trató el asunto de la venta de Tarifa para rebajar la presión fiscal del reino; en las de Medina del Campo de 1305 se habló de orden público, de los abusos de los poderosos y de los privilegios de las villas y ciudades, y en las de Madrid (1309) se autorizaron los sueldos para pagar a los soldados de la futura guerra con Granada.
Pero el buen gobierno de Castilla también se gestionaba con tratados y acuerdos. Importantes fueron los de Torrellas, (Zaragoza, 1304) y Elche (1304) que sirvieron para acabar con la cuestión dinástica de Alfonso de la Cerda a cambio de la cesión de varios lugares y para definir la frontera de Murcia, límite sureste de los Reinos de Castilla y Aragón, durante mucho tiempo en disputa. Otro tratado de gran interés fue el de Alcalá de Henares (1308) donde se firmó la reconciliación entre Castilla y Aragón y se elaboró el calendario para el inicio de la guerra contra los nazaríes granadinos.

(Javier Leralta)

martes, 31 de octubre de 2017

Alfonso el Batallador

La historia es una ciencia sujeta a los caprichos de las circunstancias y a las debilidades de los hombres. Pedro I, rey de Aragón, murió prematuramente en el valle de Arán en 1104 sin dejar un heredero al trono una vez que su hijo Pedro había muerto sin descendencia un año antes. Había estado casado con Inés de Aquitania (1086) en primeras nupcias con quien tuvo al infante y después con María, hija del Cid, cuyo matrimonio no dio frutos a la corona. El monarca aragonés había gobernado de forma brillante durante una década recuperando las plazas de Huesca, Barbastro y Calahorra y obligando a los jefes musulmanes al pago de parias para evitar ataques y asegurarse la tranquilidad. La muerte le sorprendió cuando la cuestión sucesoria estaba sin resolver y hubo que buscar a un familiar cercano, a su hermano Alfonso, para que se hiciera cargo de la empresa, toda vez que su otro hermano mayor, Fernando, había muerto antes de 1094.
Alfonso el Batallador ya conocía de cerca la política cristiana de la época que consistía en el hostigamiento y en la pelea casi permanente con el enemigo moro. La educación guerrera recibida le sirvió para participar activamente al lado de su hermano en varias conquistas como la toma de Huesca, lograda en la sangrienta batalla de Alcoraz, al sur de la ciudad, el 28 de noviembre de 1096. La situación bélica del momento, unido al ambiente de cruzada que se respiraba en el mundo cristiano después de las propuestas del papa Urbano II de ir a Tierra Santa para liberar Jerusalén, fortalecieron los ideales militares de Alfonso I que, con razón y justicia, se hizo merecedor del sobrenombre con el cual ha pasado a los libros de historia. Durante los treinta años que duró su mandato duplicó la extensión de Aragón dejando las fronteras en los actuales límites de la comunidad aragonesa.
Cuando subió al trono, el territorio de Aragón se extendía a lo largo de la actual provincia de Huesca y era incapaz de crecer hacia oriente y occidente por estar al abrigo de los condados catalanes y de Navarra; en cambio si podía mirar al sur donde el único obstáculo era el reino de taifas de Zaragoza en cuyo empeño puso gran parte de su coraje. Desde que tomó la vara de mando y se ciñó la corona real, Alfonso, armado de una profunda religiosidad y siempre pensando como caballero cruzado, se obsesionó por conquistar Zaragoza y Lérida con el fin de abrir una ruta marítima por las costas de Valencia y Tortosa que le permitiera embarcar hacia Jerusalén. La Crónica de San Juan de la Peña define al rey de Aragón como "varón dotado de gran valor y animosidad" y así fue como Alfonso I fue ganando terreno a los musulmanes, a base de pundonor, estrategia y fe, sobre todo mucha fe. En una primera etapa (1104-1110) conquistó las tierras de Ejea, Tauste, Tamarite y San Esteban de Litera con el fin de preparar las ofensivas de Tudela, Zaragoza y Lérida, proyectos que tuvo que aparcar debido a los problemas sucesorios de Castilla y a la llamada de los nobles francos que le encomendaron la custodia de sus territorios mientras luchaban en las cruzadas.
Después, entre 1118 y 1122, volvió a la carga recuperando las ciudades y villas de las cuencas del Ebro, Jiloca y Jalón. En diciembre de 1118 cayó Zaragoza y después fueron cambiando de amo y creencia las plazas cercanas de Tudela, Fitero, Tarazona y Borja; más tarde consiguió arrebatar a los africanos las importantes villas de Agreda (Soria), Calatayud y Daroca, estratégicos lugares para seguir el avance hacia el sur camino de los campos de Molina y Teruel. Por aquel entonces las tierras conquistadas eran objeto de un plan de repoblación con el fin de asentar fronteras y facilitar la estabilidad en la zona. Con estos fines se crearon cofradías religiosas y se redactaron los fueros de Belchite, Calatayud y Daroca otorgando interesantes beneficios fiscales a los pobladores. Alfonso dedicó sus últimos años a preparar los ataques a Valencia y Lérida pero con poco éxito. Por un lado, la alianza entre el conde de Barcelona y el rey de Castilla impidió que los hombres aragoneses alcanzaran la costa mediterránea; y por otro, el ataque a Lérida se resolvió con una dura derrota de las tropas cristianas en los campos de Fraga (17 de julio de 1134), batalla que acabó con su reinado e incluso con su vida como aseguran algunas fuentes. En definitiva, Alfonso I dedicó todo su reinado a la cruzada contra los almorávides y reyezuelos de taifas, de ahí su apodo de Batallador.

(Javier Leralta)

sábado, 28 de octubre de 2017

Una novia rica y fea - Sancho IV

No tuvo una vida cómoda el rey Sancho IV de Castilla; a las preocupaciones heredadas de su padre se sumaba otra que pesará como una losa durante todo el reinado. Nos referimos al acuerdo entre Alfonso X y el poderoso y adinerado Gastón de Bearne de casar a la hija del vizconde, Guillerma de Montcada, con el infante Sancho. El matrimonio se celebró por poderes o mediante procuradores en la ciudad de Burgos, en abril de 1270, sin la presencia de los novios, con la fórmula tradicional de esos casos, es decir, "sponsalia per verba de presentí", que significaba que ambos cónyuges se comprometían a desposarse como si fuera una ceremonia real aceptando las mismas obligaciones y responsabilidades legales que el derecho canónico establecía para cualquier enlace. La diferencia es que los novios, aún muy jóvenes -Sancho no había cumplido los doce años- no se conocían ni seguramente se conocerían por diferentes razones. Guillerma era una fuente inagotable de virtudes negativas que espantaban a los hombres. Era famosa por su mal carácter, por su bravura y por su fealdad, pero era rica, muy rica -motivo de la boda-; en cambio Sancho, que también tenía un carácter de cuidado, llevaba en su corazón a otra dama de la que sí estaba realmente enamorado, se llamaba María de Molina y resulta que era su tía. Sería el amor de su vida. Aquel matrimonio de intereses pesó como una espada de Damocles a lo largo de todo el reinado. Los dineros recibidos desde Castilla para conseguir el acta de anulación no debieron ser suficientes porque la Iglesia tardó mucho tiempo en regular el matrimonio entre Sancho y María, tanto que cuando vieron que no había razones para seguir con la premeditada tardanza, el monarca ya había fallecido y era necesario legitimar la descendencia del joven Fernando IV. Ocurrió en tiempos de Bonifacio VTII, dos años después de morir Sancho IV. El rey llegó incluso a contratar a un fraile dominico para que falsificara la dispensa papal que diera por válido su enlace con María de  Molina, pero la trampa fue descubierta a tiempo. Según parece, en Marzo de 1292 los reyes recibieron una bula, de nombre Proposita nobís, en la cual el pontífice Nicolás IV legitimaba el matrimonio entre Sancho y María, pero años después se comprobó que el documento era falso y que debió redactarse a la muerte del papa, producida el 4 de abril de aquel año.
El monarca fue acusado de bigamo y hasta el papa Martín IV (1281-1285) obligó a los jóvenes a separarse por vivir en grave pecado. No olvidemos que además de ser parientes cercanos, el rey estaba legalmente casado con otra mujer. Entre ambas damas tuvo Sancho varias aventuras amorosas, propias de la edad y la época, que terminaron con dos niñas ilegítimas, de nombre Violante y María, nacidas de su relación con María Alfonsa de Uceda, prima de María de Molina.

(Javier Leralta)

jueves, 26 de octubre de 2017

Panteón de Jaime I en el Poblet

Jaime I quiso ser enterrado en el monasterio románico-cister-ciense de Poblet (Tarragona) y así se lo hizo saber al abad Arnaldo y lo ratificó en los sucesivos testamentos firmados en 1262, expedido con motivo de la muerte de su primogénito: Montpellier (1272), Lérida (1275) y Algeciras (1276). El soberano de Aragón entregó al monasterio parte de su rico patrimonio inventariado en cinco mil morabatines, un cinto de oro, valorado en treinta mil sueldos jaqueses, una cubertería de plata, varias piedras preciosas y anillos tasados en cincuenta mil sueldos jaqueses y toda su capilla personal que incluía una rica cruz con camafeo, un retablo de la Virgen y otro que le había regalado su yerno el rey de Castilla y seis cálices de plata sobredorada entre otros objetos, además de varios castillos y villas, donados también para obtener el sufragio de su alma.

(Javier Leralta)

Los consejos del suegro

Alfonso X se casó con Violante, hija de Jaime I el Conquistador, un rey experimentado en mil batallas y luchas internas. Con el paso del tiempo ambos monarcas llegaron a experimentar un afecto mutuo, cariño y admiración. La historia nos ha dejado una página entrañable de la entrevista que mantuvieron en Tarazona (Zaragoza), poco después de la boda del príncipe Fernando, primogénito de Alfonso y sobrino del rey de Aragón, celebrada en Agreda (Soria). Siete días de conversaciones llenos de sabios consejos y sentencias acertadas nacidas de la experiencia y el dolor.
Jaime I le explicó a su yerno, entre otras advertencias, que "más le valía pasar por la vergüenza de decir que no a los que le solicitaban alguna cosa que no tener que arrepentirse por no poder cumplir lo que había prometido". Ni oralmente ni por escrito se entiende. Le habló de estar siempre al lado de las ciudades y de la Iglesia, de alcanzar el amor de sus súbditos, de poner al frente de las repoblaciones a personas cualificadas, preparadas para el buen gobierno, y de administrar justicia de manera transparente, sin ocultar decisiones, impropias de un rey celoso con el derecho.

(Javier Leralta)

viernes, 20 de octubre de 2017

El falso Batallador

Algunas fuentes aseguran que el rey, una vez huido de la matanza de Fraga con ayuda de sus escolta, pudo reunir a varios supervivientes y fieles y siguió a los musulmanes hasta la costa donde se disponían a cargar el botín capturado a los aragoneses. En el mar se encontraba una nave cargada con las cabezas de los cristianos muertos que iban a ser entregadas al rey de África como muestra de la victoria, pero Alfonso I no lo permitió y después de vencer a los moros, se apresuró a enterrar dignamente los cuerpos de sus compañeros. Final épico, no exento de fantasía medieval, que lógicamente no se correspondió con la realidad. Es probable que el Batallador escapara con vida de Fraga, pues varios documentos demuestran la presencia del rey en algunos lugares de Aragón al mes siguiente del desastre, como Alfajarín y Lizana, e incluso se sabe que el 4 de agosto ratificaba el testamento firmado en Bayona, texto y firma que tal vez pudieron ser falsificados.
Si hacemos caso a un cronista navarro, Alfonso el Batallador debió morir el 7 de septiembre de 1134 en la aldea de Poleñino, a seis leguas de Huesca y a dos de Grañén. Fue enterrado en la fortaleza de Montearagón y posteriormente trasladado al pequeño panteón real de la capilla de San Bartolomé, en el claustro de la iglesia románica de San Pedro el Viejo de Huesca, donde ejerció de abad su hermano Ramiro. 
Pero Alfonso I no pudo aún descansar en paz hasta pasados varios años debido a la aparición en escena de un curioso personaje que se presentó en la corte con su nombre, como el auténtico rey de Aragón, todavía vivito y coleando. Hubo gente que se creyó el engaño y hasta fue tratado como el verdadero monarca. Luego se demostró que se trataba de un farsante, de un herrero que huyó a Francia cuando se enteró de que estaba en situación de búsqueda y captura por su descabellada idea. En el país vecino fue protegido por Luis VII pero al final, el entonces rey de Aragón, su sobrino-nieto Alfonso II el Casto, consiguió la extradición del farsante ordenando su muerte en horca en 1181.

(Javier Leralta)

miércoles, 18 de octubre de 2017

Pedro II y los Albigenses

El tercer rey en participar en la batalla de Las Navas de Tolosa junto a Alfonso VIII y Sancho el Fuerte fue Pedro II de Aragón (1177-1213), padre de Jaime el Conquistador, coronado por Inocencio III, que puso su reino bajo la protección de Roma comprometiéndose, además, a pagar a la Santa Sede un tributo anual, lo que provocó un aumento de la presión fiscal. A cambio, el papa le concedió el favor de que los reyes de Aragón pudieran ser coronados en la Seo de Zaragoza por el arzobispo de Tarragona. Estos beneficios religiosos le permitieron recibir el mencionado apodo.
Lo más llamativo de su mandato fue la lucha histórica contra el pueblo albigense o cátaro [puro, perfecto] que le partió el corazón. Por un lado, fiel a su mote, participó en la cruzada contra los infieles en la región francesa de Occitania, actual región de Languedoc (Carcasona, Toulouse, Albi), que defendían una teoría alejada del dogma católico. Los "hombres buenos" —como se llamaban en realidad- pensaban que los juramentos eran un pecado porque unían a los hombres con el mundo material y su filosofía religiosa defendía el enfrentamiento entre dos mundos en conflicto, el terrenal, creado por Satán, y el espiritual, obra de Dios. Todos los objetos materiales y obras del hombre estaban contaminados por el pecado, creado en el cielo. Una propuesta muy peligrosa en una sociedad analfabeta que cerraba tratos comerciales y particulares con contratos de juramento, sin firmas ni escrituras por medio.
El caso es que esta filosofía de vida recibió un fuerte apoyo popular, incluidos nobles y obispos, haciendo peligrar el poder de la iglesia en aquella zona independiente que se disputaban Francia y Aragón. Había que combatir al enemigo como fuera y en esa labor participaron desde el santo burgales Domingo de Guzmán (natural de Caleruega), fundador de los dominicos, hasta el noble Simón de Montfort, principal protagonista de la cruzada albigense. La población occitana fue asediada durante años, a veces con buenas razones y otras con métodos expeditivos como la hoguera. En Béziers, por ejemplo, gran parte de la población fue asesinada en 1209 a manos de las tropas católicas dirigidas por el prior del Cister y legado papal, Arnaud Amaury, quien pronunció la célebre frase: "Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos", haciendo referencia a que era imposible diferenciar entre buenos y malos, es decir, entre herejes y católicos. Muchos historiadores ponen en duda la autenticidad de aquel comentario tan letal.
Ante ese panorama, Pedro II tuvo que decidir entre apoyar la cruzada albigense o defender a su pueblo vasallo de los abusos del barón de Montfort (Raimundo VI, conde de Tolosa y señor del territorio., era cuñado del rey católico), y eligió la segunda opción, contraria a la opinión del papa. En septiembre de 1213 se enfrentaron en el castillo de Muret, cerca de Tolosa (Toulouse), los dos bandos contrarios, por una parte tolosanos y aragoneses, y por otra el Ejército de Simón de Montfort apoyado por el papa Inocencio III. En la batalla perdió la vida Pedro el Católico y la represión contra los cátaros se mantuv© hasta el asedio de la ciudadela de Montsegur (de mayo de 124 marzo de 1244) donde fueron arrojados a la hoguera más de doscientos seguidores en el Prat des Cremats [Prado de los Quemados], al pie de la fortaleza. 
Dicen que el último líder cátaro murió a comienzos del siglo XIV. 
La muerte de Pedro terminó con las pretensiones catalano-aragonesas de anexionarse el Mediodía francés.

(Javier Leralta)

Rodrigo Jiménez de Rada - Un hombre extraordinario


Rodrigo fue uno de los grandes hombres de su tiempo, de eso no hay duda como demuestran los diferentes trabajos publicados sobre su vida. Nació hacia 1180 en la villa navarra de Puente la Reina, importante referencia del Camino de Santiago. Luego estudió leyes, filosofía y teología en las universidades de Bolonia y París llegando a adquirir una gran cultura y a dominar siete idiomas. Hombre de férrea voluntad, enérgico, testarudo, ilustrado y emprendedor, fue el encargado por el rey de Navarra de negociar una paz con Alfonso VIII en 1207, entrevista que sirvió para que el rey de Castilla se fijara en su capacidad y conocimientos. A partir de este hecho sus carreras eclesiástica y política fueron fulgurantes. Sin haber ocupado el puesto de obispo de Osma (Soria), fue elegido arzobispo de Toledo, cargo que llevaba implícita la responsabilidad de canciller del Reino, es decir, sustituto del rey en caso de apuros hereditarios.
Una de sus grandes empresas fue la preparación de la cruzada de Las Navas de Tolosa y la posterior defensa de la frontera del Tajo para evitar nuevos acosos almohades. 
Fiel consejero del rey castellano, estuvo siempre a su lado hasta el último viaje. Su actividad política decayó un poco coincidiendo con la regencia de Enrique I, pero no perdió el tiempo pues en los dos años de su estancia en Roma hizo una defensa en varios idiomas de la primacía de la mitra toledana sobre el resto de las diócesis hispanas que causó gran admiración en la Santa Sede. 
Sus últimos logros fueron la tregua de paz con el Reino de León, ya en tiempos de Fernando III, y la unión de ambas coronas después de la muerte de Alfonso IX de León en 1230.
En el plano de la cultura sobresalió por ser el impulsor de la construcción de la catedral de Toledo y el responsable de otros notables edificios toledanos como la sinagoga de Santa María la Blanca y la iglesia de San Román (actual Museo de los Concilios y Cultura Visigoda); aunque su nombre también aparece asociado a otras grandes obras arquitectónicas como los monasterios de Santa María de Huerta (primer templo del Cister en Castilla) y Fitero, el palacio arzobispal de Alcalá de Henares y la colegiata de Talavera. 
Dentro de su labor literaria hay que mencionar su famosa e imprescindible De rebus hispaniae, la Historia de los Hechos de España, crónica de una importante época de nuestro pasado medieval, y su participación en dos obras de mucha entidad para los investigadores: los Anales Toledanos y la Crónica del Santo Rey Fernando. 
Murió el 10 de junio de 1247 en Ia ciudad francesa de Lyon y su cadáver fue enterrado en su monasterio soriano de Santa María de Huerta no sin antes habérsele extraído sus visceras y cerebro, quizá para el estudio de su talento y buen hacer.
Desde principios del siglo xvi su sepulcro ha sido abierto varias veces por motivos religiosos o razones científicas. En una de ellas (1558) los encargados de su apertura olvidaron colocar de nuevo el almohadón del cardenal, una de las joyas funerarias del ataúd. Está elaborado en tela de lino con hilos de seda de varios colores (oro, plata, rojo, verde, azul). El almohadón era un objeto muy apreciado en la Edad Media y su confección y número de ellos correspondía a la categoría del personaje que podía tener hasta cuatro. En el ajuar también se encontraron las vestimentas propias de un obispo como la mitra, la dalmática, los guantes y los alcorques, los chanclos con suela de corcho de Rodrigo.

(Javier Leralta)

martes, 17 de octubre de 2017

La maldición del infante rebelde y los testamentos del rey

Las graves acusaciones que había vertido Sancho contra su padre justificando su incapacidad para gobernar fueron respondidas convenientemente por Alfonso X. No olvidemos que el infante había comentado "que el rey está demente y leproso, que es falso y perjuro en muchas cosas, que mata a los hombres sin causa, como mató a don Fadrique y a don Simón". Tales palabras fueron contestadas por el monarca de forma enérgica el 8 de noviembre de 1282, medio año después de los sucesos, con esta sentencia: "Por consiguiente, dado que el sobredicho Sancho nos causó impíamente las graves injurias indicadas y muchas otras que sería largo escribir y referir, sin temor alguno y olvidando de todo punto la reverencia paterna, lo maldecimos, como digno de la maldición paterna, como reprobado por Dios y como digno de ser vituperado por todos los hombres, y viva siempre en adelante víctima de esta maldición divina y humana, y lo desheredamos a él mismo como rebelde contra nosotros, como desobediente, contumaz, ingrato, más aún hijo ingratísimo y degenerado (...)"
Curiosamente un año después (8 de noviembre de 1283), Alfonso X firmaba su testamento en Sevilla con su sello personal, un texto autobiográfico, literario, expresivo y muy duro contra su hijo que dejaba zanjada la discusión del heredero a la corona. Ni derecho tradicional ni nueva legislación, el testamento dejaba fuera de la línea de sucesión a todos sus hijos varones y apostaba por el mayor de sus nietos, es decir, por el infante Alfonso de la Cerda, decisión no deseada por el monarca pero única salida para solucionar el contencioso. No había más opciones aunque el rey, previsor como el que más, introdujo una cláusula inviable y alejada de toda lógica según la cual, en caso de fallecimiento del heredero —aún muy joven— se haría cargo de Castilla el rey de Francia: "porque viene derechamente de línea derecha de donde venimos".
Poco antes de morir, Alfonso X retocó el testamento (10 de enero de 1284) con una segunda revisión o codicilo (disposición de última voluntad) conmovedor donde explicaba el destino de sus pertenencias.
Sus restos mortales serían enterrados en la iglesia de Santa María la Real de Murcia y su corazón en el monte Calvario de Jerusalén, una voluntad no respetada pues su cuerpo fue trasladado a la catedral de Sevilla y su corazón a la de Murcia. El encargado elegido para ejecutar los traslados fue el maestre del Temple Juan Fernández, beneficiado con el caballo y las armas del rey y una suma de mil marcos de plata para misas por su alma cantadas en el Santo Sepulcro. Sus libros y objetos personales más preciados serían enterrados con su cuerpo, entre ellos el Espejo Universal las Tablas Alfonsíes, las Cantigas, el Setenario. Nada de ello se cumplió.
El 23 de marzo de 1284, poco antes de morir, Alfonso X envió al papa una carta comunicándole la intención de perdonar al infante Sancho como recoge su Crónica, aunque el documento en cuestión nunca ha aparecido. 
El día 4 de abril fallecía el rey en Sevilla y con él se cerraba uno de los periodos más gloriosos de la cultura española, sólo equiparable al Siglo de Oro de nuestras letras. Terminaba la Reconquista y el esfuerzo por alcanzar la integración de todos los pueblos peninsulares, judíos, moros y cristianos. No hay duda de que fue un gran rey, un rey desgraciado, sí; desacertado a veces, también; contradictorio, polifacético, pero un rey que ha pasado a la historia con letras mayúsculas que se adelantó a su tiempo en más de un siglo. En definitiva, un rey sabio.

(Javier Leralta)

lunes, 16 de octubre de 2017

Alfonso el Batallador y la derrota de Fraga

Alfonso I fue un rey inquieto y decidido, siempre moviéndose de un lado a otro en lucha con los musulmanes o poniendo orden en los territorios recién conquistados.
El principio del fin de Alfonso I fue la batalla de Fraga que acabó con las esperanzas de recuperar la ciudad de Lérida para Aragón, uno de los sueños del monarca junto con la conquista de Tortosa (Tarragona). Plazas, por cierto, que aún tardarían en pasar al patrimonio cristiano por un acuerdo entre el conde de Barcelona y el emir musulmán por el que éste se comprometía a pagar doce mil dinares anuales a cambio de la paz, contrato que levantó las iras de Alfonso I como era lógico. El caso es que la batalla de Fraga (1134) fue una escabechina para las tropas aragonesas en la que murieron la mayoría de los caballeros hispanos. Una lluvia de piedras, dardos, lanzas y saetas acabaron con la vida de condes, obispos, abades y soldados.
Alfonso I siempre encabezaba sus mesnadas, iba en la vanguardia de sus ejércitos presumiendo de valor y coraje acompañado de sesenta caballeros que formaban su escolta personal cuando salía de campaña o iba de viaje. Se cuenta como anécdota que poco antes del inicio de las hostilidades, se presentó en el campamento cristiano un monje francés asegurando al rey que con los poderes de Diós y sus plegarias vencerían a los musulmanes. El religioso subió a una colina cercana a las murallas de Fraga para rezar y al poco tiempo recibió una enorme pedrada, procedente de un almajaneque -máquina de guerra árabe- que le arrancó medio cuerpo. Aquello fue una premonición de lo que le esperaba al ejército cristiano.
En el combate se perdieron muchas vidas y muchos objetos de gran valor testimonial como un arca de oro con el Lignum Crucis que Alfonso I le gustaba tener en la tienda de campaña, traído expresamente del monasterio de Sahagún (León).

(Javier Leralta)


sábado, 14 de octubre de 2017

La peste negra

La peste negra llegó a ios reinos hispánicos en el peor momento cuando España aún lloraba las consecuencias de un periodo glaciar que había destrozado campos, cosechas y economías domésticas. Las Cortes de Burgos de 1345 se hicieron eco del malestar general del reino con esta declaración: "Hubo una gran mortandad en los ganados, y además la simiente muy tardía por el muy fuerte temporal que ha hecho de muy grandes nieves y de grandes hielos, de manera que la carnes están muy encarecidas y los hombres no las pueden tener".
El hambre cubría los campos de Castilla y para colmo una misteriosa enfermedad llegaba a Europa arruinando ciudades, campos y regiones enteras. Los primeros casos fueron detectados en 1348 sin que la ciencia de entonces pudieran combatirla con armas eficaces como el conocimiento y los medios técnicos. Las dudas y la ignorancia hicieron creer que los judíos o un castigo divino estaban detrás de tanta muerte y el caos se apoderó de conciencias y gobiernos. Nadie sabía muy bien qué estaba pasando y sobre todo, por qué estaba pasando. ¿Qué pecado había cometido el hombre para ser castigado con tanta crueldad? No había respuestas razonables y todas las miradas y reproches iban dirigidos al cielo para encontrar una señal, una explicación, pero nada.
Aquel castigo mortal acabó con el 25 por ciento de la población de Inglaterra y casi con el 50 por ciento de Francia y Alemania. Sólo en Barcelona murieron 38.000 personas y en algunos puntos de Castilla desaparecieron aldeas enteras. La misma "muerte negra" acabó con la vida de Alfonso XI en el Campo de Gibraltar en 1350, por lo que su hijo legítimo Pedro se colocó la corona de Castilla con conocimiento de causa. La peste negra o bubónica, como también se la conoció, asoló la Península durante tres años e igual que vino se marchó, aunque de forma periódica rebrotaba pero sin las consecuencias letales de la "primera mortandad". Los síntomas de la enfermedad aparecían a los pocos días y se manifestaban de manera contundente con cuadros de fiebre, escalofríos, angustia, malestar general, mareos, vómitos, sudores, úlceras y bultos en las articulaciones.
El gran prosista italiano Giovanni Boccaccio (1313-1375) fue el narrador que mejor reflejó la vida en tiempos de muerte. En el Decamerón (los diez días), su principal obra, relata de forma maravillosa la vida de siete jóvenes damas y tres caballeros mozos durante los días que estuvieron refugiados en una villa cercana a Florencia asolada por la peste en 1348. Para pasar el tiempo y entretenerse se dedican a cantar, jugar, bailar y sobre todo a contar historias, cien cuentos e historietas llenas de realidad y fantasía que hicieron de esta "comedia humana" uno de los libros más codiciados de la literatura medieval. En una de sus páginas leemos lo siguiente sobre las manifestaciones de la enfermedad: "le salían a las hembras y a los varones en las ingles y en los sobacos unas hinchazones que alcanzaban el tamaño de una manzana o de un huevo. La gente común llamaba a estos bultos bubas. Y en poco tiempo, estas mortíferas inflamaciones cubrían todas las partes del cuerpo".
En una crónica médica del momento leemos lo siguiente: "Ellos no estaban enfermos más de dos o tres días y morían rápidamente, con el cuerpo casi sano. El que hoy estaba sano, mañana estaba muerto y enterrado. Tenían de repente bubones (bultos) en las axilas, y la aparición de estas bubas era signo infalible de muerte". Ni las sangrías tradicionales ni la extirpación de los bultos aliviaban las penas de los enfermos. El contagio y la transmisión de este tipo de enfermedades era una incógnita para los galenos de aquellos tiempos medievales que tan sólo sabían que las personas que vivían en malas condiciones higiénicas y residían cerca de la costa eran más propensas a la infección debido al calor, la humedad, la miseria y la suciedad. Ya existían indicios de que la rata negra pudiera estar detrás de esta macabra historia y con el tiempo se comprobó la certeza de la duda.
La rata negra, originaria de India, había causado una gran mortandad en Mongolia en aquel tiempo. Al parecer los animales infectados llegaron a Occidente a través de unos navios genoveses procedentes de la península de Crimea (Ucrania), en el Mar Negro. Pero la plaga no la propagaron los roedores, sino las pulgas asociadas a ellos que se mezclaban con las telas, pieles y sacos almacenados en las bodegas de los barcos. De esta manera se difundió la "muerte negra". Después de varias epidemias, a finales del siglo XIX se supo que las pulgas, al chupar la sangre de las ratas infectadas, también ingerían el bacilo {Pasteurella pestis) transmisor de la enfermedad, el cual se reproducía de forma alarmante hasta el punto de cerrar la trompa del insecto que sólo podía liberarse del problema picando a otro roedor o al hombre. Más de seis siglos de misterio.

(Javier Leralta)

viernes, 22 de septiembre de 2017

El lío de las reparticiones

A pesar de las conquistas y de los reinos ganados a los almohades, escasos fueron los territorios para repartirlos con equidad entre todos sus hijos legales sin recibir quejas. Jaime I, influido por su segunda esposa, tuvo que rehacer varias veces el escrito de repartos ante las protestas y otras eventualidades que ahora explicamos. 
Cuentan las crónicas que Violante fue una madre ambiciosa que quiso para sus hijos los mejores puestos y para ello utilizó todos los medios a su alcance para impedir que el infante Alfonso, el primogénito de Jaime I, fruto de su primer matrimonio con Leonor, alcanzara la Corona de Aragón. El testamento de 1247 dejaba claro que Alfonso sería el heredero de Aragón, mientras sus hermanastros Pedro, Jaime y Fernando se repartirían los condados de Barcelona, Ribagorza y Rosellón y los Reinos de Mallorca y Valencia. No le debió gustar mucho a Alfonso la decisión tomada por su padre pues sabemos que se quejó de inmediato al rey de Castilla para que parara aquel atropello. Al final, las Cortes de Alcañiz (Teruel) de 1250 dejaron las cosas más claras y ajustadas a derecho: Alfonso sería rey de Aragón y Valencia; Pedro, conde de Barcelona, y Jaime, rey de Mallorca y señor de Montpellier. Pero los dolores de cabeza para el padre no acabaron con esta última declaración. Dos asuntos añadirían más leña al fuego.
En 1258 Jaime I y Luis IX de Francia firman el tratado de Corbeil para zanjar de una vez por todas el espinoso tema de los derechos y las reclamaciones ultrafronterizas. Resulta que por razones geográficas y familiares el Reino de Aragón y el condado de Barcelona tenían territorios al otro lado de los Pirineos y prueba de ello es que el rey de Aragón era señor de Montpellier, por ejemplo, y que los reyes de Francia se hacían nombrar condes de Cataluña por descendencia directa de Carlomagno. De esta manera, Jaime se olvidó de las tierras del sur de Francia (Languedoc y Provenza) a cambio de la renuncia del soberano francés a sus derechos feudales sobre Cataluña. 
Pero la muerte prematura del heredero Alfonso sin descendencia en 1260 alivió un poco la situación y hubo que hacer un nuevo convenio de partición (1262) que sería el definitivo. Así las cosas, los hijos de Violante fueron los principales beneficiarios: Pedro sería el futuro rey de Aragón y Valencía y conde de Barcelona, y Jaime se coronaría soberano de Mallorca y de los condados de Rosellón y Cerdaña entre otros. El infante Fernando no aparece en este nuevo reparto porque había fallecido.


(Javier Leralta)

La fuga de la Reina - Segovia

Uno de los episodios más tristes de la biografía de Alfonso X tuvo lugar en 1278 coincidiendo con las Cortes de Segovia. De todos era conocida la predilección de Violante porque su nieto Alfonso, de tan sólo 8 años en aquellas fechas, fuera el elegido para suceder a su marido. Pero los acontecimientos desnivelaron la balanza a favor del infante Sancho como quedó ratificado en la ciudad del acueducto. La reina madre, conocedora del carácter iracundo e impetuoso de su hijo, creyó oportuno alejar a sus nietos de la corte de Castilla para evitar la tentación de que cayeran en sus manos. Los dos pequeños, acompañados por su madre y abuela, abandonaron las tierras de Castilla para refugiarse en la Corona de Aragón, al amparo de Pedro III, tío de los infantes.
La comitiva partió de Segovia y pasó por las villas de Uceda, Guadalajara. Hita, Atienza, Medinaceli y Ariza, ya en tierras de Aragón, donde fue recibida por Pedro. Aquel abandono produjo un gran escándalo en la corte de Alfonso X y llenó de titulares la crónica rosa de Castilla. Al final, la reina regresó a casa a finales de julio de 1279 no sin antes demandar un traspaso de fondos a su cuenta por los gastos tenidos en Aragón. La curiosa y rapiñadora petición fue satisfecha por Sancho -muy interesado en su vuelta por razones de herencia- con el dinero presupuestado para la campaña contra los africanos y que fue solicitado al almojarife mayor (recaudador de rentas), el judío Cag de la Meleha, que perdió la vida por tan irresponsable acto.

(Javier Leralta)

sábado, 16 de septiembre de 2017

Sancho IV de Navarra - Un rey gigante

El retrato personal que nos ha llegado de Sancho IV a través de crónicas contrastadas y estudios forenses es el de un rey gigante, de una envergadura fuera de lo común con sus 2,20 metros de altura aproximadamente. La tradición quiso bautizarle en su momento con el sobrenombre de Fuerte por su gran corpulencia y medidas excesivas para su tiempo y es aquí donde encontramos la primera referencia histórica, el de la tradición, normalmente próxima a un hecho cierto. Uno de los estudios más completos sobre su físico lo hizo el médico forense Luis del Campo Jesús a partir de otra investigación del siglo XVII realizada por el superior de la colegiata de Roncesvalles, el canónigo Huarte, que aprovechó el traslado del cuerpo del monarca a un nuevo emplazamiento dentro del mismo recinto para hacer recuento de los restos. Aquella traslación se hizo el 28 de noviembre de 1622 y este fue el relato ofrecido por el doctor Huarte: "Hallaron algunos huesos del rey, como fueron un pedazo del casco, unas costillas casi consumidas, y de la misma suerte las espinillas; los que estaban menos consumidos fueron los dos huesos de las rodillas hasta la cía (hueso de la cadera), estaban fuertes; era cada uno tres xemes y dos dedos de largo y cada xeme era de largo del un cabo desta planta hasta el otro justamente, según esta línea". El canónigo se refiere a los fémures, los huesos que unen las rodillas con las caderas.
Con estos datos el forense Luis del Campo propuso en su estudio osteométrico una longitud de algo más de 62 centímetros para el hueso de la pierna. Como existe una relación directa entre la altura de una persona y la longitud del fémur como demuestran diferentes estudios y mediciones científicas, el doctor Del Campo llega a la conclusión de que Sancho IV pudo medir 2,22 metros de altura, cifras que coinciden con las dimensiones de la estatua yacente de la losa que cierra su sepulcro y que tradicionalmente se ha considerado de tamaño real aunque en aquellos tiempos no era común cincelar a tamaño natural el cuerpo de los reyes en sus sepulturas. Finalmente nos hacemos eco de un comentario hecho por Jaime I en su Crónica durante la entrevista que mantuvo con el rey de Navarra en 1231: "nos abrazamos mutuamente y vimos que era de tan aventajada estatura como nos". Recordemos que Jaime I superaba los dos metros de altura. Con tamaña envergadura no resulta extraño que su espada midiera casi 1,30 centímetros.

(Javier Leralta)