Mostrando entradas con la etiqueta Leyendas de España - Vicente García de Diego. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Leyendas de España - Vicente García de Diego. Mostrar todas las entradas

miércoles, 31 de enero de 2018

El tejedor y el estudiante

Una noche de julio, allá por el año de gracia de 1693, el tejedor luán Martínez cantaba coplas de ronda a María, bella muchacha morena que le tenía sorbido el seso. Pero como la muchacha, después de haber cambiado con él algunas palabras en un baile, no quiso volver a verle, el mozo ponía en sus coplas frases alusivas a su desdén.
Aquella noche estaba María en su casa con su madre, mujer de aspecto hombruno, a la que su marido, al morir, no había dejado mal acomodada. Cuando la madre de la muchacha oyó las coplas del rondador, preguntó a su hija si correspondía al cariño del mozo. La joven contestó negativamente. Y entonces la mujer, molesta por las palabras mordaces que el tejedor tenía para el desprecio de su hija, decidió hacerle callar de una vez, y cogiendo un barreño lleno de agua, lo tiró a la cabeza del mozo y aun le amenazó con denunciarle al alcalde. Juan Martínez, al recibir la inesperada ducha de agua fría, dejó de cantar y se retiró hacia su casa, mas sin dejar de pensar en la bella joven.
María tenía, con todo, motivos para no corresponder al cariño del tejedor. Una vez, con motivo de las fiestas de Granada, fue a un baile que hicieron en su barrio y allí conoció al estudiante don Luis de Arias, hijo de un oidor de la chancillería. Ambos jóvenes se enamoraron, y desde entonces ninguno de los dos dejó de pensar en el otro.
Cuando llegó Juán Martínez a su casa, se quejó del desprecio de que le hacía objeto la muchacha a uno de sus amigos y éste le preguntó que si estaba seguro de que el corazón de la chica no estaba ocupado por ningún rival. Aquello abrió los ojos al tejedor, y a partir de aquel día no cesó de espiar la casa de María; si él no podía estar por sus alrededores, dejaba en su lugar a un muchacho. Y así pudo enterarse un día de que un embozado, con más trazas de hidalgo que de villano, se había detenido junto a la casa de la muchacha.
Al asomarse ella a la ventana, él le había tirado un ramo de claveles con un billete escrito. Poco después el caballero desaparecía de allí.
Juan Martínez no quiso saber más; con el corazón henchido de ira, decidió vengarse de la joven matando al caballero.
Mientras tanto, los amores de María y Luis fueron progresando. La muchacha contó a su madre lo que sentía por el estudiante y cómo era correspondida por él. La madre, tras de enterarse de la posición del joven y ver que era muy superior a la suya, decidió arreglar el matrimonio.
Para ello se fue un buen día a la casa del oidor, padre de don Luis, y tal maña se dio para lograr lo que se proponía, que el matrimonio quedó concertado entre los novios, a pesar de la desigual condición de ambos.
Desde entonces don Luis acompañaba a su prometida a todas partes. Ya se habían dicho las primeras amonestaciones, cuando una noche, al despedirse los jóvenes, María advirtió a su amante que no volviera solo a su casa; la noche era oscura y la calle estaba solitaria. Temía que pudiera ocurrirle algún mal; parecía que un extraño presentimiento así se lo anunciara, y ofreció al caballero que le acompañaran dos de los mozos del servicio de su madre. El joven hidalgo rechazó tal oferta y procuró tranquilizarla. No podía ocurrirle nada, y si alguien le salía al paso, llevaba una buena espada para defenderse. Dichas estas palabras, se despidió de su novia, y a continuación María pudo oír cómo resonaban sus pasos en la calleja, hasta que poco a poco se fue alejando de su vista. Entonces, obsesionada con la idea de que algún peligro le amenazaba, corrió tras él, dispuesta a socorrerle en lo que pudiera pasarle.
Don Luis caminaba tranquilamente, cuando al ir a doblar la esquina de cierta calle, escuchó un rumor de alguien que parecía seguirle. Se volvió, y pudo ver cómo se le iban acercando cinco hombres armados. Comprendió el peligro que le amenazaba y se guareció bajo una puerta, en cuyo dintel veíase un altarcito de la Virgen, alumbrada por un farolillo y hacia cuya imagen tenían gran devoción las mujeres que iban a un lavadero que estaba allí cerca.
Los cinco hombres armados se fueron acercando a don Luis. Al frente de ellos iba el tejedor Juan Martínez, dispuesto a tomar su venganza. El estudiante se dispuso a vender cara su vida. Ya se habían cruzado las espadas, cuando apareció María, que al contemplar la escena y darse cuenta del peligro que corría su novio, invocó en su auxilio a la Santísima Virgen, pidiéndole con todo fervor que salvara a su amante de tan crítica situación. En aquel momento la débil luz del farolillo que alumbraba a la imagen de la Virgen se hizo resplandeciente y dio de lleno en los rostros de los atacantes, tiñéndoles de un extraño color verdoso.
Los mozos, espantados, huyeron más que aprisa, abandonando las armas con que atacaran al joven estudiante. Éste fue hacia María, que se había desmayado, y con ella en brazos se dirigió a su casa.
Cuando la muchacha volvió en sí, dieron juntos gracias a la Virgen por haberles salvado, y pocos días después se celebraba su matrimonio.
Del tejedor nada volvió a saberse. Algunos dijeron que se fue para América.
Aquel suceso se divulgó pronto entre la gente de Granada, y desde entonces creció en aquel lugar la devoción a la Virgen del Lavadero.

(Vicente García de Diego)

sábado, 13 de enero de 2018

La bella mora - Granada

En la ciudad de Granada, en los últimos tiempos de la dominación árabe, abríase en la calle de Elvira, en un pequeño ángulo formado por dos esquinas, una tienda en donde se reunían los soldados moros en busca de algún alimento con que satisfacer el hambre, que ya empezaba a enseñorearse en la ciudad. De orden del cadí, en la antigua buñolería sólo se permitía vender pan, el cual era repartido por dos esclavos.
Al fondo de la tienda, la bellísima mora Zaida contemplaba indiferente y altiva el cambio de la mercancía. De extraordinaria belleza, enamoraba a cuantos la veían-, mas las continuas solicitudes de sus admiradores no la hacían vacilar, y desdeñaba a todos los que la pretendían. Algunos, despechados, pretendían buscar el origen de su altivez en su amor por un noble guerrero moro prisionero en Zenete.
Pasó por aquella calle una brillante comitiva de magníficos caballos, que escoltaban a Boabdil, ataviado con lujosos trajes de oro y pedrería. De entre aquella turba de soldados hambrientos salió un grito de «¡Muera el tirano!». Boabdil quedó suspenso al oírlo, mientras su guardia trataba de descubrir a los culpables, castigando con saña a cuantos encontraban a su paso. Se organizó un motín, y una flecha perdida se clavó en el pecho del buen Gazul. Entonces se dio orden de incendiar la buñolería, mientras Abdallah, con el alfanje desenvainado y seguido de sus siervos, cargó contra la multitud, dejando dominada la sedición y la calle bañada en sangre; poco después la bella mora era sacada desfallecida.
A dos leguas de Granada se levantaba, como por arte de magia, una ciudad llamada Santa Fe. En el interior de sus tiendas insignes varones comentaban el motín callejero de la calle de Elvira. En una lujosa tienda, que ostentaba a la entrada las coronas reales, se hallaba la reina Isabel rodeada de sus damas, y ante ella estaba el más valeroso guerrero, que por sus admirables campañas por tierras de Nápoles recibió el nombre de Gran Capitán. La soberana le pedía pormenores del tumulto de Granada, y Gonzalo explicaba a su majestad los gritos contra Boabdil, el incendio de la buñolería y la maravillosa belleza de la mora. La reina sintió deseos de verla y Gonzalo de Córdoba prometió llevársela a su majesad aquella misma noche.
Gonzalo se presentó en la tienda de un noble cautivo moro que por su conversión al cristianismo gozaba de gran libertad. Consiguió de él cuantos pormenores creía necesarios para salir bien de su empresa. El cautivo, llamado Juan, estaba enamorado de la bella Zaida, y al despedirse de ella para ir a la guerra, la mora le había entregado una cinta como presente de amor. El cautivo se la entregó a Gonzalo, y con ella partió en su busca, al galope de su caballo, disfrazado de moro.
Tomado por un árabe, fácilmente pudo entrar en la ciudad y buscar a Zaida, a la que entregó el presente que dio a su enamorado y ofreció llevarla con él. La mora, sin vacilar, siguió a Gonzalo, y, montando a la grupa de su caballo, partió veloz. Fueron detenidos por unos moros que les impedían la huida; mas el Gran Capitán se abrió paso entre ellos con su lanza y pudo llegar felizmente hasta el campamento cristiano y presentarse a la reina con la bella mora, como se lo había prometido. Llamaron en seguida al prisionero y concertóse la boda del cautivo y Zaida, que se celebró luego con gran esplendor.

(Vicente García de Diego)

lunes, 25 de diciembre de 2017

Fernán Alfonso de Córdoba

Fernán Alfonso de Córdoba era el caballero más importante de esta ciudad; sus riquezas y su amistad con el rey don Juan le daban una posición ventajosa en la corte. Estaba casado con doña Beatriz de Hinestrosa, mujer joven y de extraordinaria belleza. Amaba a su mujer como el día de la boda y era ella la única que hacía brotar de su carácter duro y feroz las fuentes de ternura y dulzura. Envidiábanla todas las damas de Córdoba por su hermosura, por el amor de su esposo y, sobre todo, por su vida regalada y lujosa. Un solo deseo no había conseguido el feliz matrimonio: tener hijos, y ésta era la sombra que enturbiaba su felicidad. Hicieron todo lo posible e imposible por tenerlos: desde fervientes votos y funciones esplendorosas a la Virgen hasta conjuros profanos de vagabundos egipcios y sortilegios de hechiceros árabes de Granada. Pero todo fue inútil. Fernán Alfonso esperaba siempre, confiando en su amor y en la naturaleza antes que en doctores y brujos, y, enseñoreada esta idea en su razón, se le hizo la corte tan insoportable, pensando que su poder y su gloria se enterrarían con él, que decidió despedirse de la corte y refugiarse en Córdoba con su mujer, alejados de todo.
El rey, al despedirse, le regaló un anillo primorosamente labrado, en premio a su fidelidad, que don Alfonso entregó inmediatamente a su mujer. Al poco tiempo de su vida retirada, fueron a visitarlos sus primos, los comendadores don Fernando y don Jorge de Córdoba, jóvenes apuestos y cortesanos, y de tan extraordinaria semejanza, que incluso su padre no acertaba a distinguirlos. Doña Beatriz se dedicó a agasajarlos y festejarlos, como correspondía a la familia de su esposo. Los banquetes se sucedían a cuál más espléndido, todos presididos por doña Beatriz, más hermosa que nunca. Don Jorge, el comendador, no podía quitar los ojos de ella, deslumbrado por su belleza. Los comendadores quedaron una temporada en la ciudad y seguían frecuentando la casa, donde eran siempre muy bien recibidos. Pero necesitando el ayuntamiento de Córdoba elevar una petición al rey, se decidió que el más apropiado para hacerlo, por su categoría y favor con él, era don Fernán Alfonso.
A pesar de la pena que le causaba el abandonar a su mujer, aceptó el encargo y partió entristecido, confiando en la lealtad y honor de sus primos, que quedaban con el encargo de cuidar de doña Beatriz.
La ausencia se prolongó más de lo esperado. Las cartas de su esposa mitigaban algo la tristeza de la separación, pues veía latir en ellas todo el amor que le profesaba. Al cabo de tres meses empezaron a no ser tan frecuentes, y, en cambio, las de su fiel criado Rodrigo menudeaban, pidiéndole que regresara.
Un día recibió la visita de su primo el comendador, que venía de Córdoba para visitar al rey. Hablaron alegremente de doña Beatriz, y don Fernán se sentía dichoso de poder recordar su vida cordobesa. Marchó don Jorge a besar la mano del rey, y al poco rato llegó un emisario del monarca, que ordenó a don Fernán que se presentase inmediatamente. Chocó al caballero la urgencia del mandato, y fue presto a su presencia. Lo encontró enojado contra él, y al preguntarle la causa, don Juan contestó que le creía fiel vasallo suyo y que sus dones y regalos significarían algo para don Fernán. Éste no entendía nada de lo que pasaba, y así se lo contó. El monarca, entonces, le dijo que acababa de ver en la mano del comendador el anillo que le regalara al despedirse de la corte, y no le dolía por su deslealtad, sino por el desengaño que suponía, ya que lo quería bien.
Fernán Alfonso, ahogado de ira y con el infierno en su corazón, sólo pudo decir que guardaba su anillo al par que su honra y que perder el anillo era señal de haber perdido su honra. Y pidió licencia al rey para recuperar ambas cosas. Concedióselo el rey, comprendiendo vagamente que algo anormal pasaba, y, solo y desesperado, marchó don Fernán camino de su hogar. Llegó sin aliento y destrozado. Doña Beatriz le esperaba más bella y amorosa que nunca. Dudó el caballero de que fuera verdad tal afrenta y decidió esperar para convencerse por sí mismo de si existía tal villanía. La alegría reinaba en la casa; todo eran risas y canciones, y don Fernán, intranquilo, pensaba si su mujer podría tener tanta hipocresía. Al amanecer marchó al jardín, donde le esperaba su fiel criado Rodrigo. Y le contó la terrible verdad: doña Beatriz y su primo se amaban. La cólera y la rabia devoraban el alma del caballero, que juró vengar su afrenta. Y aquella misma noche organizó una partida de caza para probar a sus primos. Efectivamente, ninguno de los dos quisieron ser de la partida, pretextando quehaceres urgentes en la ciudad. Simuló entonces que partía solo y los dejó en libertad. En cuanto se hubo marchado, reuniéronse en el cuarto de doña Beatriz los dos comendadores, con ella y una de sus más bellas doncellas; cenaron y bailaron alegremente al son del laúd, que tocaba maravillosamente don Jorge. Mientras tanto, don Fernán se arrastraba por el jardín, espiando sus acciones. Cuando hubo acabado la reunión y se separaron ambas parejas, entró en el cuarto donde estaban los dos amantes. Loco de rabia, se lanzó sobre doña Beatriz, clavándole un puñal en el pecho. Don Jorge corrió en busca de su espada; pero la furia de don Fernán era mucho más veloz y le mató antes de que pudiera defenderse. Después huyó con su criado, para tratar de olvidar su horrible desgracia, a un lugar solitario y lejano.
Enterado el rey don Juan de lo ocurrido, y a petición de la ciudad de Antequera, en cuyo cerco había peleado bravamente don Fernán, le concedió el indulto. Pero el caballero no quiso aparecer nunca más en la corte ni en lugar alguno y no se supo jamás qué fue de él.

(Vicente García de Diego)

viernes, 22 de diciembre de 2017

La calle de la Muerte y de la Vida - Segovia

A los visitantes de la ciudad de Segovia les llama la atención el poético nombre de esta calle. Tiene su origen en el siguiente sucedido:
Era en los años turbios de las comunidades. De nuevo, como en los tristes tiempos de don Juan II, se luchaba de torre a torre, de casa a casa, hermanos contra hermanos. En Segovia permanecía leal al César don Diego de Cabrera, hermano del conde de Chinchón, y para poder defenderse del pueblo y de otros nobles comuneros, se retiró con sus fuerzas al Alcázar, en donde, fortificando también el glacis de la plaza, se debatía contra los enconados ataques de los comuneros. Día tras día, noche tras noche, se intentó el asalto; lanzábanse bravamente los mejores caballeros y peones, mas nada conseguían, y una creciente furia iba llenando los ánimos de todos, al ver que pasaba el tiempo y que los sitiados no se rendían ni por la fuerza ni por el hambre. Y nacían sospechas contra los que ocultamente simpatizaban con los leales al emperador.
Había entre los acusados de complicidad, un caballero, don Diego de Riofrío, que, sin embargo, era neutral. Un día mandó a un criado que con una yunta fuera a arar unas tierras que tenía cerca del Alcázar. Así lo hizo el criado, pero cuando los del Alcázar se dieron cuenta de ello, hicieron una salida, y rodeando al labrador, lo internaron a él y a sus bueyes, sin que la tardía intervención de los sitiadores pudiera hacer algo en contrario. Estalló por esta causa una furiosa indignación contra el amo del labrador, y corrió el rumor de que la orden de ir allá había sido una añagaza para mandar a aquél al Alcázar; unos clamaron porque fuese muerto de manera vil, pero otros decían que, siendo un caballero hasta entonces neutral, debía ser juzgado antes de colgársele. Tomada esta resolución, los comuneros marcharon a casa de don Diego y le prendieron, a pesar de sus protestas de inocencia. Pasaba la comitiva por la calle del Berrocal, cuando una vieja, asomándose a un ventanuco, injurió al caballero y dijo a los que lo conducían: «¡A la horca, llevadlo a la horca! Y si no tenéis soga, ahí tenéis ésta, que es bien fuerte». Y les arrojó un fuerte cordel. Y de nuevo crecieron las intenciones de colgarle frente al Alcázar, para que los sitiados vieran cómo se castigaba a quien los ayudaba; pero otros insistieron en llevarlo a la cárcel, y así se hizo.
Desde entonces aquella calle se llama de la Muerte y de la Vida. En casa de la vieja se pusieron unas figuras de mala mano talladas, que desde 1886 conserva el museo provincial.

(Vicente García de Diego)

domingo, 3 de diciembre de 2017

La Cruz del Arco de la Villa

A alguna distancia de Córdoba hay una villa antigua situada en la ladera de un cerro, en cuya cúspide álzase un castillo morisco que tuvo un papel preponderante en las guerras contra los árabes. Esta ciudad fronteriza, espanto y terror del moro, era Baena.
A fines del siglo xvm existía en la parte alta de la ciudad, en un barrio llamado Almedina, una casa solariega que perteneció a uno de los nobles que habían desertado después de concluidas las guerras contra los moros. La casa de Clavijo, que así se llamaba, estaba habitada a la sazón por un caballero principal, Juan Pedro Beltrán, que vivía en compañía de dos sirvientes: una muchacha joven y un criado viejo que llevaba en la casa muchos años y que era de toda su confianza. Entre las gentes de la ciudad pasaba dicho señor por ser un rico muy avaro.
Era la víspera del Corpus de 1782, cuando a eso de las diez de la noche un hombre embozado en su capa pelaba la pava junto a la reja de la casa de los Clavijo. En aquel momento llovía y a nadie le extrañaba ver a aquel hombre junto a la reja, ya que en Andalucía es corriente que los novios hablen así. Al poco rato se abrió la ventana y se asomó la criada de don luán Pedro y saludó a Jiménez.
Durante un buen rato estuvieron los novios charlando sin que nadie les molestara, pues aquella parte de la ciudad estaba casi toda en ruinas y sólo se veía por un lado u otro algún montón de piedras con apariencias de fantasma.
Ya se hacía tarde, y Guadalupe, antes de despedirse, dijo a Jiménez:
-No le hagas ningún daño.
-Eso corre de mi cuenta -respondió Jiménez.
-¿Y cuándo nos casamos? -interrumpió Guadalupe.
Jiménez le aseguró que lo que tardaran en echarles las amonestaciones. Y al pedirle Guadalupe que lo jurara, éste contestó:
-Sí, lo juro. ¿Crees que si no fuera por ti arrojaría yo este peso sobre mi conciencia?
Poco después los dos enamorados se despedían y el embozado se perdía en la oscuridad de la noche.
El viento y el agua arreciaban y todo quedó en silencio.
Al anochecer del día siguiente, después de rezar el señor de Beltrán con sus criados la oración de la tarde, se dispuso a salir-, pero antes de hacerlo dijo a su criado que puesto que era la noche del Corpus, le daba permiso para que fuese a pasarla con su familia.
Guadalupe, que ya había vuelto de la calle, quedaría guardando la casa mientras ellos estaban fuera.
Así se hizo, y Guadalupe, luego que se hubo quedado sola en el caserón, atrancó bien la puerta y corrió los cerrojos.
En el reloj de la iglesia mayor de Baena sonaban las diez y, a continuación, la campana daba el toque de queda y anunciaba al vecindario que era la hora de recogerse.
Don Juan Pedro Beltrán, obedeciendo a la consigna, subía por la calle de la Carrera, en dirección al Arco de la Villa.
Baena estaba cercado por una fuerte muralla con más de cincuenta torres y rota por unos cuantos arcos. Eran éstos las únicas entradas que había para la Almedina, que, una vez cerradas, se convertía en una fortaleza inexpugnable.
El Arco de la Villa era el que daba acceso a las calles que tenía que recorrer don Juan Pedro para llegar a su casa de la plaza de Clavijo.
El señor de Beltrán subía cubierto con su paraguas-, éste y la oscuridad intensa que reinaba le impidieron ver tres bultos apostados en la ladera.
Antes de ganar el arco, oyó una voz que decía:
-¿Don |uan Pedro Beltrán?
--respondió el caballero-. ¿Qué queréis?
Apenas pronunció estas palabras, cuando los tres embozados se arrojaron sobre él, lo sujetaron y lo ataron.
Don Juan, defendiéndose como pudo, arrancó a uno el antifaz, y, al reconocerle, dijo: «Jiménez, no me matéis».
Un grito espantoso se oyó, y el cuerpo de don Juan rodaba por la ladera.
Poco después los tres embozados entraban en la casa de la plaza de Clavijo, cuyas llaves habían tenido cuidado de robar a don Juan.
Guadalupe les salió a recibir y les preguntó, asombrada, por su amo.
-Allí quedó -contestó Jiménez, quien, dirigiéndose a uno de sus compañeros, añadió-: Toma esas llaves; limpia los arcones, que yo registraré mientras tanto los baúles.
Cuando Guadalupe les vio extraer el oro y las alhajas de los armarios de su amo, rogó a su novio que no hiciera daño a los bienes de su dueño, porque estaba decidida a marcharse con él.
-Me parece -dijo- que preferirás quedarte con tu amo, pues no te iba mal con él.
Ella se dio cuenta en seguida de la intención de estas palabras y empezó a llorar por el engaño que sufría.
Entonces los compañeros de Jiménez le pidieron la llave de uno de los armarios. Éste la buscó en sus bolsillos, pero no encontrándola, sacó un puñal para descerrajar el armario.
Al fijarse Guadalupe en él y ver que estaba manchado de sangre, se imaginó toda la escena, y, aterrorizada, les preguntó por la suerte que había corrido su amo.
-Ésta -contestó Jiménez, clavándole el puñal.
Un grito de horror sucedió a estas palabras, y un silencio sepulcral reinó en toda la casa.
A la mañana siguiente los corrillos de curiosos que se reunían en el coso comentaban las anteriores escenas de mil maneras.
El criado declaró que, al llegar él, salieron tres embozados, que no conoció por la oscuridad de la noche, y cuando dio voces, nadie acudió en aquella soledad.
Los parientes de don Juan colocaron en el sitio del suceso una cruz de piedra, en cuyos brazos se leía la siguiente inscripción: «Aquí mataron a don Juan Pedro Beltrán de Eraso, el año 1782».

(Vicente García de Diego)

jueves, 30 de noviembre de 2017

La sala del Cordón - Segovia

Con este nombre designa el pueblo de Segovia una de las salas del hermoso Alcázar, orgullo de la ciudad. Sobre el origen de tal designación corre la siguiente leyenda: Regía los destinos de España aquel rey de grandes luces en la ciencia y breves y desdichados sucesos en la política y gobernación del reino. Alfonso X el Sabio visitaba Segovia hacia los años 1260. El pueblo se hacía lenguas de la gran sabiduría de su señor, cosa que ya por entonces se había hecho proverbial. Por las calles soleadas, después de comer, solían reunirse grupos de vecinos que comentaban las nuevas venidas no se sabe cómo, o contaban historias relativas al rey, cuya presencia había conmovido a todos, chicos y grandes.
«Os digo que lo sé de buena tinta. Me lo ha dicho la Mari Pérez, que va a llevar las verduras al Alcázar. Ella lo oyó de labios de un paje», decía una vieja. «Mas no lo creo, tía -contestaba una robusta moza-; ¡tan gran blasfemia en labios de un rey tan piadoso!» Al oír la palabra «blasfemia», un fraile que por allí pasaba se detuvo y, dirigiéndose a las mujeres, les dijo: «¡Qué habláis vosotras de blasfemia! Callad las lenguas, y no habléis de esas cosas, si no queréis que os castigue Dios». «Pero, fray Antonio -contestó la más decidida, si vos también tenéis que saberlo. Se dice y asegura que nuestro señor y rey Alfonso es tan gran sabidor de las cosas del cielo y de la tierra, que ha dicho en varias ocasiones que si al hacer el mundo Dios le hubiese preguntado su parecer, él lo habría ordenado de muy otra manera.» «¡Válgame la Santa Virgen! ¿Es posible esto?-exclamó escandalizado el religioso-. No creo que ello sea cierto, pero voy a seguir el camino más derecho para enterarme.» Quedaron asombradas las buenas mujeres, y él se dirigió al Alcázar; y llegado allí pidió ser recibido en audiencia por el rey.
La fama de fray Antonio de Segovia era grande, y así, fue introducido sin demora hasta la estancia en donde el rey, con su astrolabio recién traído de Córdoba, estaba entretenido. «Dios os guarde, fray Antonio -le dijo—, ¿qué os trae por aquí?» «Señor -contestó el fraile-, una mala especie que corre por ahí os atribuye una terrible blasfemia contra el Altísimo.» Y a continuación le contó lo que había oído, suplicándole que si era cierto, se confesase de tan gran pecado.
El rey, que lo había oído, acariciando el astrolabio, exclamó, lleno de indignación: «¡Ah frailezuco!, ¿a tu señor te atreves? No sois vos quién para venir a exigirme cuentas de lo que he dicho ni lo que he dejado de decir. Yo sé del orden de los mundos, y tú apenas del rezo de tu breviario». Y con estas y otras indignadas imprecaciones lo despidió de su presencia. El pobre fraile salió muy entristecido.
Mas apenas se había alejado del Alcázar, cuando unos oscuros nubarrones cubrieron el cielo. Saltó un relámpago y se desencadenó una terrible tormenta. La lluvia batía feroz los tejados de las casas y las calles; las estrellas caían entre terribles estallidos, y nadie recordaba una tormenta tan espantosa. En el Alcázar estaba Alfonso en la cámara de su esposa, quien temerosa de Dios, rezaba. De pronto un rayo, que hendió como una gigantesca espada de fuego el techo del Alcázar, penetró en la cámara real, destrozando algunos muebles, mas dejando ilesas a las reales personas. Alfonso comprendió claramente que la tormenta y el rayo habían sido un castigo y un aviso de la divinidad, y envió, presuroso y arrepentido, a uno de sus criados a buscar al pobre fraile a quien tan duramente tratara unas horas antes. Y al presentarse fray Antonio, se echó a sus pies, pidiendo que le oyera en confesión. Entonces la tormenta se desvaneció, quedando limpio el cielo y tranquilos los segovianos.
Más tarde se restauró la estancia real, que había quedado ennegrecida, y como recuerdo del fraile, que era franciscano, se puso en torno de la bóveda el cordón de san Francisco, que quedó allí durante mucho tiempo.
Y tal es la razón por la que esa estancia recibió el nombre de sala del Cordón. Tal lo cuentan aún los segovianos.

(Vicente García de Diego)

jueves, 23 de noviembre de 2017

Laguna de las Siete Hachas - Abeo

En la localidad de Abeo era muy conocida de todos una pobre mujer que había llevado una existencia desordenada, con un sinfín de aventuras amorosas, fruto de las cuales se le conocían siete hijos. No obstante, la propia vida, con sus naturales amarguras, le había hecho purgar de sobra todos sus pecados. Cuando llegó a la vejez, se encontró sola y abandonada. Sus siete hijos, huyendo de su miseria, la habían abandonado uno a uno, y en cuanto a los vecinos y conocidos del pueblo, nadie intentó nunca ayudarla, ni siquiera consolarla en su desdicha.
Un día la pobre vieja se sintió enferma y tuvo que guardar cama. La falta de cuidados y la pobreza de que se veía rodeada agravaron su enfermedad, hasta hacerla entrar en la agonía. Sólo entonces se acercaron a su casa algunos curiosos de los alrededores, atraídos por la novedad del acontecimiento. Entre ellos llegó un buen hombre, que, al comprender que la enferma duraría pocas horas, se apresuró a ir en busca de un sacerdote que le pudiera administrar los últimos sacramentos. El religioso, al escuchar la noticia, no se conmovió lo más mínimo: sabía quién era aquella mujer y estaba bien seguro de su condenación. Así, pues, manifestó al buen hombre que no tenía intención de ir hasta allí, porque todo sería en vano.
Volvió el vecino hasta la casa de la enferma, deprimido por la tristeza y el desaliento, al no poder hacer nada por su alma. Obsesionado con la idea de la muerte, se sentó junto a la enferma y estuvo atento a sus últimas necesidades materiales. No tardó mucho en sumirse en un profundo letargo y expirar. Entonces, el buen hombre, viendo que aquella mujer, rodeada de miseria y falta de caridad no iba a poder ser enterrada, fue otra vez a casa del cura para pedirle que dispusiera la manera de enterrar a aquella desgraciada. El sacerdote, tenaz en la idea de que estaba condenada, le contestó que el cuerpo de aquella pecadora era indigno de un santo entierro y que, por lo tanto, debían llevarla cuanto antes a la laguna más próxima y arrojarla allí.
Decepcionado nuevamente el buen hombre, corrió a casa de la muerta y comunicó a los curiosos allí presentes lo que había ordenado el señor cura. Tres hombres de los más fuertes envolvieron el cuerpo en una sábana y marcharon con él hasta la próxima laguna, a la que sin ningún respeto fue arrojado.
Pocos días después, un mozo que paseaba de noche por aquellos lugares vio sobre el lago siete hachas derechas y luminosas, que parecían estar ardiendo. Sin comprender el significado de aquello, dudando de sus propios ojos, relató a un amigo suyo lo ocurrido y le rogó que le acompañase hasta la laguna, por si se repetía el fenómeno. Aceptó éste la invitación, y los dos marcharon al lago cuando ya era noche cerrada. Al llegar a la pasadera, vieron, en efecto, las siete hachas encendidas. Recordaron entonces los dos amigos que allí había sido arrojado el cadáver de una pobre pecadora a la que todos creyeron condenada, y que probablemente aquellas siete hachas eran el símbolo de sus siete hijos. Angustiados por el sentido oculto que pudiera tener todo aquello, fueron juntos a la mañana siguiente a visitar al señor cura para explicarle la repetida aparición de las siete hachas. El sacerdote no pareció prestarles mucha atención; pero los muchachos insistieron en que debía darse santa sepultura al cuerpo de aquella mujer. Sin obtener respuesta a este ruego, salieron de allí los dos amigos, dejando al cura inquieto ya en cierto modo.
Llegó la noche, y cuando se disponía a descansar, el sacerdote se vio sorprendido por la visita de un arrogante mozo que se presentó como el hijo mayor de la mujer arrojada al lago, y le hizo saber que su madre no se había condenado, como él creyera, y que merecía, por lo tanto, santa sepultura.
El sacerdote, entonces, comprendió su error por haber querido juzgar con su estrecho criterio humano la vida del prójimo, y al otro día se precipitó a dar órdenes para que el cadáver de aquella mujer fuera extraído del lago y enterrado en lugar santo. Todo lo dispuesto se llevó a cabo en pocas horas, y el cura, ya más tranquilo con su conciencia, regresó a su casa. A los pocos minutos se le presentó de nuevo otra vez el hijo mayor de la muerta, que con gesto menos grave le preguntó a cuánto ascendían los gastos del entierro, para abonárselos. El sacerdote, queriendo hacer méritos ante el Señor para que le fueran perdonadas sus faltas, le manifestó que tenía un especial interés en que todos aquellos gastos corrieran de su cuenta y que, por consiguiente, podía considerar como saldada la deuda. El muchacho, en el acto, salió de allí y nunca más se volvió a saber de su paradero. Y el señor cura, desde entonces, se hizo más humano y comprensivo con todos los pecadores.

(Vicente García de Diego)

lunes, 20 de noviembre de 2017

La cuesta de la Reina

Partiendo del monasterio de Fresdeval, existe una cuesta que lleva hasta un lugar donde hubo en otros tiempos una especie de castillejo, que, en la época en que se sitúa esta leyenda, estaba ya deshabitado.
Cuenta la leyenda de este castillejo que el monasterio de Fresdeval fue fundado por don Gome Manrique, hijo del Adelantado Mayor del Reino, don Pedro Manrique.
Este don Gome era hijo bastardo del Adelantado, y había nacido en Granada, de unos amores que éste hubo con una dama mora.
Había sido educado en la religión mahometana, pero al morir su padre y heredar todos sus bienes, por no tener el Adelantado hijo ninguno de su esposa legal, convirtióse al cristianismo e hízose bautizar, casándose después con doña Sancha Rojas.
A pesar de su conversión al cristianismo, decían las gentes del país que muy a menudo don Gome Manrique íbase a Granada, y al llegar allí, poníase sus antiguos vestidos árabes, para acudir a diversiones impropias de su rango y citas amorosas con mujeres de la raza de su madre.
En estas correrías, llegó a conocer y tratar íntimamente a una princesa mora, de quien hubo un hijo.
Cuando ya los años impedían a don Gome Manrique las correrías y las guerras, retiróse a sus propiedades, donde fundó el monasterio de Fresdeval, ayudado por su esposa, doña Sancha.
Hacía ya algunos años que el monasterio había sido inaugurado, y habitaba en él un grupo de piadosos monjes que dedicábanse a la oración, cuando alguien descubrió que el castillejo que remataba la cuesta que partía del monasterio estaba habitado. Y no sólo esto, sino que todas las noches, una mujer, ataviada con un albornoz blanco, salía del castillejo y desaparecía de pronto, al llegar a las cercanías del claustro hoy conocido por el nombre de claustro de doña Isabel Pacheco de Padilla, por haber sido enterrada allí esta ilustre dama.
Enterado el prior de este asunto, indignóse ante el sacrilegio que el hecho suponía.
Quiso, no obstante, asegurarse antes de hablar con ninguno de los monjes, ya que en todos tenía tan absoluta confianza, que no podía, ni remotamente, pensar que uno de ellos fuera capaz de recibir a una mujer en el claustro.
Inmediatamente púsose a indagar en secreto, y llegó a la sospecha de que era un joven novicio que hacía poco había llegado al monasterio el que infringía las severas leyes de la orden.
Con todo, no se atrevió tampoco a decir nada hasta tener la seguridad del hecho, porque el novicio era nada menos que el hijo bastardo de don Gome Manrique, el fundador del monasterio.
Puso, pues, un espía en las cercanías del monasterio, para que le advirtiera si realmente la mujer del albornoz blanco entraba en el claustro. La noche en que el espía se apostó junto a unos matorrales, en el cielo brillaba la luna con todo su esplendor, y la mujer no salió.
A la noche siguiente también brilló la luna, y tampoco apareció en la puerta del castillejo la mujer del albornoz; pero a la tercera noche la luna estaba oculta por las nubes, y de pronto el hombre, que estaba vigilando muy atento, vio surgir de entre la noche una blanca figura. Escondióse inmediatamente. Era la mujer del castillejo, que bajaba a toda prisa por la cuesta, hasta llegar al claustro. Una vez allí, desapareció.
El hombre se fue inmediatamente a avisar al prior. Éste hizo levantar a los monjes, que estaban ya recogidos.
Entretanto, en el claustro, el novicio, arrodillado en el suelo, tenía apoyada la frente en el regazo de una mujer mora de extraordinaria belleza, la cual pasaba la mano por la cabeza del joven, pronunciando, en árabe, palabras de dulce aliento y consuelo. Estaba sentada en el borde de un pozo, e indolentemente apoyada en la arcada.
Frente a ellos estaba la puerta del claustro, ahora herméticamente cerrada. De pronto, cuando menos lo esperaban, la puerta se abrió y aparecieron en ella el prior y todos los monjes, con sendos cirios encendidos.
El joven levantóse, pálido de ira. La mujer siguió sentada, sin moverse ni pronunciar palabra.
El prior alzó la mano para lanzar sobre ellos un terrible anatema, cuando el novicio le detuvo con un gesto, declarando al mismo tiempo que la mora era su madre.
Era. en efecto, la princesa mora con quien había tenido amores en Granada don Gome Manrique, y que, al obligar éste a su hijo bastardo a ingresar en el monasterio, le había seguido hasta Castilla, y vivía escondida en el castillejo, con el único consuelo de visitarle las noches en que no brillaba la luna.
El prior inclinóse ante la dama, que se retiró a su refugio. Pocos días después, el novicio salía del monasterio para reunirse con ella.
Desde entonces se llamó a la cuesta por donde bajaba la madre a visitar al novicio, la cuesta de la Reina.

(Vicente García de Diego)

domingo, 12 de noviembre de 2017

La Cueva Columbaria - Asturias

En la falda de Monte Aramo se levantaba el palacio de Vianeglio, gobernador de los astures. Era en el tiempo en que la fe cristiana iba triunfando sobre el paganismo y se extendía rápidamente, no sólo en la urbe romana, sino por toda la vasta extensión del imperio. Vianeglio tenía una hija muy bella y de excelentes condiciones morales. Trataba a los naturales del país con dulzura y amabilidad, y ellos le correspondían obsequiándola a menudo con los productos de sus feraces tierras.
La hija del gobernador había tomado especial cariño a una de sus esclavas. Más que como tal, consideraba a la joven sirvienta como una amiga y confidente; lo cual hacía que todos la tratasen con respeto; pues sabían que era la preferida de la hija del gobernador hacía mucho tiempo, desde la niñez de su dueña. Incluso la había acompañado cuando había ido a Roma y la había cuidado en su estancia en la ciudad imperial y durante el largo y penoso viaje.
De nuevo en tierra asturiana, la amistad y cariño de la hija de Vianeglio hacia la esclava se hizo más estrecha. Un día estaba en el jardín, junto a una fuentecilla que manaba agua. La joven señora había observado que desde la vuelta de Roma su esclava había adoptado algunas costumbres extrañas. Alguna vez, a la salida del sol, la había oído recitar unas palabras bellas; le había preguntado de qué poeta eran, y la esclava había rehuido la respuesta, un poco confusa. Había visto también, en las paredes de su cámara, pintadas algunas raras inscripciones: líneas cruzadas, peces, alfas y omegas. Todo esto recordó a la joven lo que había oído en Roma sobre una secta muy perseguida, que adoraba a un judío muerto por no sabía qué intrigas en Jerusalén. Y esa tarde quiso saber más y le preguntó si era cristiana.
La esclava bajó el rostro, confusa; pero después dijo a su señora: «Soy cristiana y desearía hablaros sobre esta fe, porque os amo y quiero que os salvéis». La muchacha dijo que podía hablar, y la esclava la inició en los misterios de la religión. Parecía como si el cielo hubiera iluminado a la tosca sirvienta, prestando un calor extraordinario a sus palabras; éstas penetraron en el alma de la señora y encendieron su entusiasmo. Más tarde llegó a instruirse en todo lo necesario para ser catecúmena y asistió a las misas que celebraba un esclavo manumitido que había estado en Roma y que había sido hecho sacerdote. Al santo sacrificio asistían otros esclavos y aun legionarios de las centurias que estaban a las órdenes del gobernador.
Había entre los siervos del palacio uno que había amado en vano a la esclava de la hija de Vianeglio. Algunas veces, cuando ésta salía de las termas y quedaban los esclavos solos y empezaban a celebrar sus fiestas, el siervo de que hablamos había asediado a la esclava, e incluso había querido obtener de ella por la violencia lo que de grado le fuera negado. Y sabido esto por el jefe de los esclavos, fue castigado con algunos azotes el atrevimiento de quien había puesto la mano en la preferida de la «domina». Desde entonces, la mente del esclavo sólo pensó en tomar venganza. Así que, habiendo sospechado algo de lo que ocurría, logró averiguar el sitio en donde se celebraban las misas y reuniones de los que secretamente seguían la fe de Cristo. Y un día, oculto, pudo presenciar el bautizo de la «domina». Lleno de alegría, corrió al palacio y pidió hablar con el gobernador. Éste no quiso recibirle; mas habiendo insistido tanto el esclavo en la importancia de lo que había de comunicar, fue introducido al fin. Cuando llegó al tri-clinio donde se hallaba Vianeglio, se echó al suelo y dijo: «Señor, vengo a comunicaros una mala nueva. Vuestra hija es infiel a los dioses y practica la fe de los cristianos, contra los que tan rigurosos se muestran todos los gobernadores vecinos. Yo mismo he visto cómo, arrodillada, uno de vuestros siervos le echaba el agua que la hacía cristiana». El gobernador palideció y ordenó al esclavo que le diera más detalles. Pero mientras tanto, un legionario que estaba en la estancia salió con el pretexto de encontrarse enfermo y fue rápidamente a avisar a la doncella del peligro en que se hallaba. Efectivamente, Vianeglio fue él mismo a buscar a su hija; pero cuando llegó a las habitaciones de ésta, vio que había huido, acompañada de su esclava.
Dio inmediatas órdenes para que saliera un grupo de soldados en persecución de las fugitivas, y él en persona quiso ponerse al frente de los soldados. Fueron siguiendo el camino que juzgaban habrían tomado, y preguntando a los campesinos, bajo pena de muerte, para que dijeran si habían visto a las jóvenes. Los informes los guiaron hasta una loma alta del mismo monte Aramo, y allí buscaron inútilmente. Pero uno de los perros que habían llevado para rastrear se dirigió, ladrando, hacia una cueva. Penetraron en ella, y en el fondo vieron a las dos muchachas que se abrazaban aterrorizadas. El gobernador les ordenó que salieran; pero ellas se negaron. Y Vianeglio, enfurecido, cogió un venablo y, lanzándolo contra ambas, las traspasó.
En el momento en que las dos muchachas caían, una nubecilla las cubrió, y cuando se disipó, se vio que sólo había, en lugar de los cuerpos ensangrentados, dos palomas blanquísimas, que levantaron el vuelo, saliendo de la cueva hacia el cielo. Al pasar por encima del gobernador, una de ellas rozó con su ala una enorme roca, que se desprendió con gran estruendo, aplastándole, lo mismo que a los soldados que le acompañaban.
Y desde entonces aquella cueva se llamó la cueva Columbaria.

(Vicente García de Diego)

miércoles, 8 de noviembre de 2017

La maldición de Laurinaga - Canarias

Allá por el siglo XV uno de los nobles caballeros más avezados a la lucha contra los moros, don Pedro Fernández de Saavedra, fue nombrado señor de una de las Islas Afortunadas, Fuerteventura, que por entonces era, según su nombre indica, la más venturosa de todas.
Don Pedro, tan conquistador en el amor como en la guerra, cobró fama, no bien llegó a la isla, por sus múltiples aventuras con las tostadas muchachitas guanches. Se casó, a poco de estar allí, con doña Constanza Sarmiento, hija de García de la Herrera, de la que tuvo catorce hijos, amén de todos los ilegítimos que sembró por la isla en sus frivolas aventuras.
Con el transcurso de los años, uno de los hijos de doña Constanza, don Luis Fernández de Herrera, se convirtió en un apuesto caballero, que demostró desde muy joven haber heredado todos los defectos de su padre, sin ninguna de sus virtudes. Era altanero, petulante y conquistador; pero cobarde para la guerra, y también, como a don Pedro, le resultaba divertido seducir a las muchachas indígenas, que le miraban como a un héroe.
En una ocasión se encaprichó de una bellísima doncella que ya había sido bautizada como cristiana con el nombre de Fernanda. A ella no le disgustaba la presencia de don Luis; pero no se decidió a poner en juego su reputación accediendo a sus deseos. Pasaron los meses, y el galán, siempre tenaz, siguió asediando a Fernanda, que cada día se sentía más dispuesta para aquel juego, hasta el extremo de aceptar complacida una invitación de don Luis para asistir a una cacería organizada por su padre.
Llegado el día, el joven caballero se las arregló para estar solo toda la mañana con la ya enamorada doncella. Comieron plácidamente a la sombra de un chopo y poco después don Luis la invitó a dar un paseo por la fronda. En animada conversación, que cada vez les alejaba más de los cazadores, llegaron a una espesa arboleda cuando ya la tarde declinaba. Don Luis, entonces, creyendo que era llegada la hora de prescindir de galanteos platónicos, intentó abrazar a Fernanda. Ella trató de defenderse por unos instantes; pero comprendiendo que le sería imposible hacerlo, pidió socorro a grandes voces con acento desesperado. Los gritos fueron oídos por los cazadores, que sólo entonces advirtieron la ausencia de la joven pareja.
Don Pedro montó en su caballo y, en compañía de otros dos caballeros, picó espuelas para dirigirse hacia allí. Antes de que llegaran, pudo acudir un labrador indígena, que, viendo la situación de la doncella, trató de defenderla de don Luis. Éste, ofendido y molesto ante aquella intromisión, desenvainó su cuchillo, dispuesto a quitar la vida a aquel indígena, a la que no concedía la menor importancia. Pero no le fue posible hacerlo, porque, tras breves minutos de lucha, el labrador pudo arrebatar el arma a don Luis. Iba a clavársela, como venganza, ciego de ira, cuando don Pedro, que llegaba a todo galope y había visto la escena, se precipitó con su caballo sobre el campesino, que cayó con violencia al suelo y quedó muerto en el acto. Entonces apareció por entre los árboles una anciana indígena, madre del labrador, que, lanzando una mirada dolorida ante aquel cuadro, se dio cuenta en seguida de lo ocurrido. Levantó la cabeza para conocer al causante de aquella muerte, y su mirada se encontró con la de don Pedro, el caballero que la había seducido en su juventud y del que había tenido aquel hijo que acababa de morir. La anciana, al reconocerle, ciega de indignación, le hizo saber que ella era Laurinaga y que aquel cadáver era el de su propio hijo. Luego, elevando los ojos al cielo, como invocando a los dioses guanches, maldijo con voz temblorosa y acento grave a aquella tierra de Fuerteventura, por ser señorío de aquel caballero don Pedro Fernández de Saavedra, causante de todas sus desgracias.
Dicen que a partir de este momento empezaron a soplar sobre aquellas tierras los vientos ardientes del Sahara, que se empezaron a quemar las flores y toda la isla fue convirtiéndose en un esqueleto agonizante, que, según la maldición de Laurinaga, acabará por desaparecer.

(Vicente García de Diego)

martes, 7 de noviembre de 2017

La Cueva Blanca - Luarca

Hubo una época en Luarca en que la tragedia y el llanto unificó a todos los vecinos en un mismo dolor común. Poco a poco empezaron a desaparecer misteriosamente, y sin dejar la menor huella, hombres, mujeres y niños, sin que se pudiera adivinar la causa. En una ocasión se encontró un trozo del vestido de una de las víctimas; pero no sirvió para proporcionar el menor rastro a los vecinos. El pánico de todos iba creciendo, en espera de la nueva víctima que había de elegir el desconocido criminal, sin que nadie pudiera poner coto a tan alarmante situación.
Cada día más horrorizados, los habitantes de Luarca acudieron devotamente a la capilla de la Virgen, para pedirle que pusiera fin a tanta desdicha. Después de muchas rogativas, la Virgen les reveló que la guaxa, espíritu maligno de la cueva Blanca, era la causante de todas sus desgracias, y que debían conjurarla llevando su imagen hasta la misma guarida.
Al otro día, todos los vecinos de Luarca marcharon en procesión hacia el lugar, llevando en andas la imagen de la Virgen. Con paso lento, llegaron a la altura de la cueva Blanca, y no bien penetraron en ella, se escuchó un agudo silbido en su interior, seguido de una serie de extraños ruidos: la guaxa había abandonado la cueva.
Los vecinos, entonces, se adentraron hasta lo más profundo de ella, y allí se hallaron con el horrible espectáculo de todas las víctimas desaparecidas, cuyos cuerpos, en estado de descomposición, colgaban, como trofeos, de las paredes. Entre llantos y patéticas escenas, fueron descolgados, para darles santa sepultura.
Desde entonces, Luarca recobró su habitual normalidad, y dicen que ninguna otra guaxa volvió jamás a aposentarse en aquellos alrededores.

(Vicente García de Diego)

viernes, 3 de noviembre de 2017

San Eloy, Herrero

Dice la leyenda que san Eloy, que era el más humilde de los hombres, tenía, no obstante, una gran vanidad por lo que se refería a su profesión de herrero. Poseía un taller montado con todos los perfeccionamientos, y tenía asimismo la pretensión de que en él se hacían las mejores herraduras del reino.
Siempre, cuando hacía una herradura, la mostraba a todos y decía que nadie era capaz de hacerla con tanta perfección.
Dios, que le había colmado con tantas virtudes, no quiso que alimentara por más tiempo aquel gran defecto, y le dio la siguiente lección:
Eloy tenía en la puerta de su herrería un letrero que aseguraba que él era el mejor herrero de la comarca. Un día se presentó en la herrería un hombre que, después de leer el letrero, preguntó por el amo de la fragua.
Salió Eloy y preguntó al hombre qué deseaba. Díjole éste que ya podía quitar aquel letrero, porque acababa de llegar a la comarca un herrero que trabajaba mucho mejor que él.
Eloy se rió primero y se indignó después. Preguntó al forastero quién era aquel que aseguraba que era capaz de trabajar mejor que él.
El hombre descolgó el letrero, lo puso en un rincón y dijo que el herrador capaz de hacer una herradura mucho mejor que él, y además sin molestar al caballo en lo más mínimo, era él mismo. Eloy, ofendido en su amor propio, contestó que no bastaba con decir las cosas: había que demostrarlas.
En aquel momento llegó a la herrería otro hombre que traía un caballo al que había que herrar.
El primero, tal vez pensando que nunca mejor ocasión que aquélla para demostrar lo que había dicho, pidió a san Eloy que le dejara a él herrar aquel caballo.
El dueño no quería, en principio, pues aseguraba que su caballo era muy rebelde y que no toleraría otras manos que las de Eloy, a quien estaba acostumbrado.
Eloy, satisfecho con la contestación de su parroquiano, iba a coger el caballo, cuando el forastero se interpuso y aseguró que sería él quien herrara el caballo.
En el acto, y sin que ninguno de los presentes se atreviera a oponerse a ello, el hombre aserró la pata del animal sin que éste diera señales de sentirse lastimado. Eloy y el dueño del caballo quedaron mudos de asombro. El forastero herró tranquilamente la pata cortada del caballo y, cuando hubo terminado, se acercó al animal y, colocándole el pedazo de pata con el casco herrado, lo pegó con toda perfección.
Hecho esto, saludó cortésmente a Eloy, y se alejó tan tranquilo.
Éste meditó un buen rato sobre el suceso, y comprendió la lección que Dios había querido darle por su vanidad.

(Leyendas de España - Vicente García de Diego) 

martes, 10 de octubre de 2017

Una llamada en la noche

Don Alfonso VIII de León había llegado a Oviedo de visita, en un atardecer.
Su primer cuidado fue saludar al Santísimo en la iglesia del Salvador, con gran satisfacción de los asturianos, que habían visto con mal reprimido enojo las visitas hechas anteriormente a Santiago sin que el rey se acercase hasta allí. Incluso algún malintencionado decía que el rey había oído un cantar que le había llevado a Oviedo. Parece que el cantar decía aproximadamente así:

El que visita a Santiago 
y no llega al Salvador, 
rinde pleitesía al criado 
y no saluda al Señor.

Sea o no cierto lo de la conseja, es el caso que Alfonso VIII visitó al Señor en el Salvador y después se retiró a descansar.
Era bien entrada la noche, cuando, en medio de la oscuridad, una mano invisible agitó el aldabón grande de la catedral. Nadie respondió: sería el aire que lo movería. Pero pasó un momento, y el aldabón volvió a oírse con un insistente repiqueteo. Por fin preguntaron desde dentro:
-¿Quién es?
Pero no se veía a nadie, ni nadie contestaba, y el aldabón seguía llamando, llamando, llamando.
El propio obispo pasó desde su palacio y acudió a preguntar: -¿Quién es?
De las sombras de la noche surgieron dos voces, que respondieron:
-Somos Fernán González y Rodrigo de Vivar.
-¡Santa madre de Dios! -murmuró Su llustrísima-, ¡si estos dos caballeros murieron hace ya años...!
-En efecto. Pero somos nosotros. Venimos a avisar al rey don Alfonso. Decidle de parte nuestra que dentro de tres días peleará con los moros en las Navas de Tolosa. Pero que no se asuste: él vencerá; nosotros le ayudaremos.
Las dos sombras desaparecieron.
Tres días después Alfonso VIII se cubrió de gloria en las Navas. Hay quien asegura haber visto durante la batalla dos caballeros fantasmas, montando soberbios alazanes oscuros y cubiertos de negras capas, que pelearon como bravos por las armas cristianas.
¿Serían verdaderamente ellos los que llamaron aquella noche en Oviedo a la puerta del Salvador?

(Leyendas de España)


jueves, 28 de septiembre de 2017

Los Santos Nuevos

La ermita de los Santos Nuevos, en donde se venera la imagen de la Virgen de las Angustias, está situada en la riquísima dehesa que hay entre los pueblos de Almarza, San Pedro y Poveda, cuyos habitantes, así como los de otras aldeas cercanas, acuden a su romería, que se celebra en sincera armonía entre los vecinos de todos esos pueblecitos.
Mediado el siglo XVII, existía una rivalidad entre los diversos pueblos, pues los vecinos de todos ellos querían llevar las andas del santo en la procesión, y hasta llegaron a discutir que párroco debía cantar la misa. Esta discusión fue agriándose hasta tal punto, que un año los vecinos de Poveda madrugaron más y trataron de impedir que los de Almarza y San Pedro se acercasen a la ermita, por cuyo motivo hubo gran reyerta, con numerosos heridos.
En años sucesivos, los pueblos de Almarza y San Pedro, no queriendo que la escena se repitiese, se abstuvieron de asistir a la romería y, para animarlos a ir, sus ayuntamientos decidieron dar a cada vecino que fuese a honrar a los Santos Nuevos unas monedas, pan y vino; corriendo el tiempo, ese donativo se convirtió en pan y carne.
Una vez, en el momento que hacían el reparto, pasó por allí un caballero que rehusó el cogerlo. Tomando esto por desprecio, los vecinos del pueblo le obligaron a aceptarlo; cogiólo él al fin, pero así que se hubo alejado unos pasos, lo arrojó entre unas piedras y siguió su camino.
Al llegar a su casa sintióse enfermo; vinieron los médicos, mas ninguno lograba saber cuál era la causa del mal. Pasó algún tiempo, y al fin el caballero dio en pensar que la causa sería el desprecio que había hecho a los Santos Nuevos no aceptando la carne ofrecida en el día de su fiesta.
Ordenó a unos criados que fueran a buscar la carne, y así que la hubieron encontrado y traído, hicieron con ella un caldo para el enfermo, que rápidamente empezó a mejorar hasta su total restablecimiento. Pronto cundió la noticia del milagro, y desde entonces los caminantes que por allí pasan arrojan una piedra al lugar donde estuvo la carne, formando hoy un enorme montón, como testigo de la veracidad de este suceso.


(Vicente García de Diego)

viernes, 15 de septiembre de 2017

El Padre Piquiñote

El padre Piquiñote. Primera justicia de Granada
Granada, después de su conquista, aunque en poder de los cristianos, seguía siendo ciudad musulmana, una de las que los moros consideraban como tal y a la que no podían resignarse a perder. Ello originaba un ambiente especial, de lo más abigarrado y confuso, mezclándose en todo los modos de vida tan opuestos como son el árabe y el cristiano.
Había habido muchísimos musulmanes que, no pudiendo soportar esta convivencia, habían marchado, huidos, a las Alpujarras, y otros muchos se refugiaron en las altas montañas de Sierra Nevada, que coronan la Alhambra, y allí planeaban y soñaban con su vuelta a la ciudad como dueños y señores.
Relacionado con este estado de cosas, se verificó en la Granada de los Reyes Católicos el primer acto de justicia llevado a cabo por el tribunal competente. El caso fue tan singular, que pasó de boca en boca, formándose, al correr del tiempo, una verdadera leyenda.
Fue el siguiente: Una de las figuras más populares de la ciudad de Granada era el padre Piquiñote, nombre dado a un pobre monje que todos los anocheceres bajaba por el Albaicín, sin que persona alguna pudiese precisar en dónde vivía, y que pedía limosna. Esta limosna nadie se atrevía a negársela, pues él en todo era misterioso: desde su nombre, ya que nadie sabía por qué se llamaba así, hasta su aspecto impresionante, con su larga barba negra, sus ojos también negros, vivos y centelleantes, su aparición siempre al atardecer y el modo imperativo y apremiante con que requería, más que pedía, la limosna.
Este respeto y miedo que en torno a tal personaje existía parece que vino a aclararse un día en que Granada entera supo que el padre Piquiñote iba a ser ajusticiado y que no era otro sino el jefe de una gran conspiración descubierta por Sahir-Beckr, nombre de uno de los últimos árabes convertidos al catolicismo.
Por lo visto, su conversión y el prendimiento del padre Piquiñote habían acontecido simultáneamente. Se decía que Sahir-Beckr estaba a sus órdenes como moro rebelde, pues el monje utilizaba sus hábitos como disfraz. Una noche habían sido prendidas dos personas, al parecer musulmanas, pues tales eran sus atavíos. Éstas, que venían de Córdoba, habiéndoseles echado la noche encima, perdieron el camino que les había de conducir a Granada y tropezaron con el padre Piquiñote. Les pidió una limosna, que le dieron, y al preguntarle si les podría indicar el camino para Granada, fueron atracados por unos cuantos moros que llevaron a los forasteros en presencia de su jefe, el cual, considerándolos como compatriotas, les exhortó a que se unieran a ellos, pues pensaban atacar a Granada y conquistarla nuevamente. Pero la sorpresa fue que los recién llegados -Abd-el-Azid y Abul-Khatar-, sin temor a las circunstancias tan desfavorables en que se hallaban, declararon valientemente su conversión al cristianismo con los nombres de Edmundo y Andrés, y su venida a Granada en busca de trabajo como carpinteros, pues tal era su oficio. Les podían matar o apresar; pero ellos eran cristianos y no podían tomar las armas para tal empresa.
Al jefe y al padre Piquiñote -pues ambos eran la misma persona-no dejó de impresionar tamaña valentía, y considerando el hecho como una indiscreción y precipitación suya por guiarse solamente de las apariencias exteriores, mandó fueran vendados los ojos de Edmundo y Andrés, para que no pudieran dar con el lugar, y puestos en libertad. Pero esta generosidad del jefe no fue comprendida y acatada por todos y prodújose gran revuelo. Sahir-Beckr declaró que no permitiría que se dejase con vida a aquellas dos personas que después podían delatarlos. Pero esto era una sublevación contra la autoridad del jefe, y, considerándola éste como tal, le atravesó con su daga para servir de escarmiento a los demás y mandó que su cuerpo fuese arrojado a un profundo abismo próximo. Hecha de nuevo la calma, Edmundo y Andrés fueron puestos en libertad.
El día comenzaba a despuntar ya. Edmundo y Andrés dieron gracias a Dios y recordaron entonces al pobre infeliz muerto por su causa. Los dos tuvieron la misma idea: ir a recogerlo y darle cristiana sepultura. Así lo hicieron y comprobaron que tenía aún algo de vida. Le llevaron a Granada y amorosamente le curaron, hasta restituirle la salud.
Pero Sahir-Beckr, de nuevo vuelto a la vida, fue reconstruyendo su vida pasada y comparándola con la de estos dos hombres que le salvaron a él, precisamente cuando no quiso otra cosa sino matarlos. Su antigua fe empezó a zozobrar y su corazón empezó a vibrar por esta santa religión que mandaba perdonar a los enemigos y devolver bien por mal. Sin embargo, él no podía, no podía aún. ¡Cómo iba a perdonar a aquel jefe, que lo apuñaló sin más, después de haber sacrificado por él todo bienestar y tranquilidad! Y en un momento de arrebato escribió a la cancillería y dio cuenta de toda la sublevación que se preparaba.
Esto valió el prendimiento del padre Piquiñote y fue la primera justicia hecha en Granada. Y después, para aprender a perdonar, Sahir-Beckr se hizo cristiano y se dice que llegó a ser un ferviente misionero que embarcó para el Nuevo Mundo.

(Leyendas de España - Vicente García de Diego)