jueves, 12 de febrero de 2009

Los cuatro caballeros cristianos


Ante el cruel y tirano sultán de Granada presentóse un día el cegrí con semblante sombrío, preparándole para oír una importante y dolorosa revelación. El rey se impacientó y le hizo hablar, escuchando de sus labios que la sultana le engañaba. El sultán le pidió pruebas, pues de lo contrario, moriría. Y el cegrí, con serenidad y calma, le explicó que su esposa se había enamorado del arrogante Albin-Hamete, perteneciente a la por él maldecida y odiada raza de los abencerrajes, y que acudía a las citas amorosas de la sultana todas las noches.

El sultán enloqueció de cólera y hubiera querido despedazar entre sus manos a los culpables; pero, dominándose, despidió al amigo y, encerrado en sus habitaciones, dio orden de que nadie le molestara, para poder meditar a solas su venganza.

En su cámara, sin testigo alguno, el sultán se entregó a la más furiosa desesperación; gemía y lloraba, sin que las lágrimas aliviaran sucorazón. Quiso convencerse de la infamia, y, en silencio, fue a espiar la puerta de la sultana. Vio a una sombra deslizarse en ella. Volvió a sus habitaciones aún más destrozado, y esperó con angustia el nuevo día. Cuando por fin llegó la mañana, llamó a un esclavo y le entregó unas invitaciones para una suntuosa fiesta que iba a dar en su magnífico palacio de la Alhambra, con el encargo de que las repartiera entre los numerosos nobles de la familia de los abencerrajes.

Albin~Hamete era el más gallardo y caballeresco de los moros granadinos, dotado de todas las perfecciones físicas y morales que sepueden reunir en un ser, diestro en los torneos, de gran inteligencia, de cultivado espíritu y excelente poeta, era el héroe de su raza y el ídolo de las mujeres. La sultana, que había escuchado sus épicas halañas y le veía siempre triunfante y atrayente como un semidiós, no podía menos de admirarle, y este sentimiento fue cambiando en amor, hasta convertirse en una pasión arrolladora. Él también estaba enamorado de la hermosa sultana y, dominado por su fogoso corazón, no supo calcular los peligros de aquel loco amor y se entregó a él sin reservas.

Albin~Hamete trabó una íntima amistad con don Juan Chacón, señor de Cartagena, que se distinguió por su heroísmo en el sitio de Granada. La afinidad de gustos y aficiones había unido estrechamente sus cultivados espíritus, y habían tomado parte juntos en los torneos, midiendo sus armas, que manejaban con la misma singular destreza. Los dos caballeros se profesaban gran afecto, a pesar de la diferencia de raza, y, como hermanos, se comunicaban siempre sus cosas más íntimas. Así, al recibir la invitación del sultán, el joven abencerraje supo medir el alcance de la trágica orden y escribió una carta a su amigo en la que le descubría sus mortales temores y, despidiéndose de él, le pedía, como último favor, su amparo para la sultana. Entregó el mensaje a un fiel criado, que, a galope en su mejor caballo, partió hacia el campamento cristiano.

Mientras él, vistiéndose sus mejores galas, marchó resuelto al real palacio de la Alhambra. Ante uno de sus más bellos patios, una fila de negros guardaba la entrada. Al ver al caballero, abriéronle paso para que entrara, y al punto quedó inmóvil, con los nervios crispados y el terror reflejado en su semblante ante ante la horrenda traición. Todos sus ilustres familiares yacían en el suelo, vilmente asesinados: treinta y seis cadáveres de la más noble estirpe eran los invitados de aquella fiesta fúnebre que el sanguinario sultán había imaginado y dio nombre para siempre al maravilloso patio de los Abencerrajes.

Pronto se supo la felonía por toda la ciudad, y los partidarios de los abencerrajes, deseando vengar la alevosa muerte de los suyos, cayeron sobre los cegríes. La ciudad se dividió en dos bandos, y trabóse una lucha a muerte que sembró de cadáveres las calles y plazas.

Por fin, restablecida la calma, se escuchó la voz de los heraldos notificando al pueblo la condena de la sultana a ser quemada viva en la plaza pública. Se concedían treinta días de plazo por si algún caballero queriendo defenderla, tomaba parte en un juicio de Dios, que se celebraría para comprobar la inocencia o culpabilidad de la reina. Pasaron los días sin que ningún caballero se ofreciese en su defensa y alarmada la sultana, envió un mensaje con su más fiel servidora, una cristiana cautiva, al campamento cristiano, en demanda de algún caballero que quisiera defenderla.

La recibió don Juan Chacón que, profundamente apenado por el trágico fin de su querido amigo, a quien había jurado vengar, y dispuesto a cumplir su última voluntad, se decidió a acudir al juicio para defender la causa de la sultana, y así se lo anunció a la sirvienta, la cual lo transmitió a la soberana.

Ya finalizaba el plazo concedido, y a diario seguía pregonando el heraldo la condena de la sultana sin que hasta entonces se presentase caballero alguno en su defensa.

Llegó el momento señalado y acudieron ante las puertas de Granada cuatro caballeros cristianos para tomar parte en el juicio de Diós que iba a celebrarse. En el acto se les abrieron las puertas y entraron en la ciudad entre las aclamaciones de la muchedumbre. Llevados ante el juez de campo se ofrecieron para luchar en defensa de la sultana pero ocultaron sus nombres y dieron sólo el de "nobles caballeros", aceptando de antemano el castigo impuesto si mentían.

Eran ellos don Juan Chacón y tres nobles cristianos más, que, poniéndose en las manos de Diós se brindaban a defender la causa de la mujer caída y abandonada teniendo que luchar contra cuatro caballeros cegríes y siendo uno de ellos el pérfido delator de Albin-Hamete.

La reina estaba obligada a presenciar el combate. Dada la señal, los caballeros se lanzaron al campo y comenzó la lucha con gran ímpetu y coraje, hasta alcanzar proporciones de epopeya. Después de varias alternativas, el triunfo fue de los cristianos, ayudados por Dios ensu noble causa, y los cegríes quedaron derrotados y muertos y proclamada así la inocencia de la sultana.
Don Juan Chacón, herido y al frente de los tres caballeros cristianos, partió veloz a su campamento, habiendo antes arrojado el guante ensangrentado al medio del campo, en señal de reto, anunciando así el próximo asedio de la ciudad. El heroísmo de don Juan fue el primer jalón de la reconquista de Granada.

Vencidos los cegríes, de nuevo se encendieron las luchas entre losdos bandos, que mancharon de sangre la ciudad hasta que, al verse sitiados se unieron para la común defensa.

La sultana, llorando su infortunio y sin poder olvidar su perdido amor, retiróse a una celda solitaria sin más compañera que la fiel cristiana cautiva, que la instruyó en las verdades de la fe, enseñándola el consuelo divino de la religión de Cristo crucificado

domingo, 11 de enero de 2009

La sentencia de las brujas (Yurre - País Vasco)

En el pueblo de Yurre habitaba una señora muy rica y orgullosa, que jamás se había humillado ante nadie, considerándose la mas importante del lugar y siendo felIz con que todos se doblegasen ante ella. Todos los domingos, lujosamente ataviada, acudía a la misa mayor y se colocaba con gran empaque en la sepultura de su familia, esperando que todo el pueblo la contemplase. Existía en aquella parroquia la costumbre de repartir durante la misa a todos los feligreses pan bendito, que el sacristán llevaba en un cesto. y recerriendo la iglesia, iba dando un pedacito de pan a cada uno de los fieles. Pero ocurrió que un domingo, al repartir el pan, como de costumbre, a la señora se le cayó de la mano el pedacito. pareciéndole una humillación agacharse a recogerlo, lo dejó tirado en el suelo, quedando ella muy erguida hasta que salió, sin recogerlo.

Aquella misma noche empezó a sentirse mal, y cada vez peor, sin que los médicos llamados a consulta pudieran diagnosticar aquel mal extraño que iba minando su salud y consumiendo su vida. En el pueblo se comentaba la misteriosa enfermedad de la señora, para la que no se encontraba remedio, y que iba a llevarla al sepulcro.

Moraban por aquellos pueblos muchas brujas, que tenían sus aquelarres en Petralanda, lugar de Arratia, muy próximo a Yurre. En este pueblo vivía una bruja que no faltaba a ninguna reunión. Tenía como criado a un mozo muy listo, que sintió deseos de presenciar una de las reuniones de las brujas, y acudió una noche de sábado a Petralanda. Allí se encaramó a la copa de un árbol para presenciar toda la ceremonia. Al filo de la medianoche empezaron a llegar las brujas de
todas direcciones. Dio comienzo el aquelarre. Y. después de terminados sus ritos, las brujas comentaron algunos sucesos. Y, entre ellos, el orgullo de la señora rica, que no se dignó recoger el pan bendito, lo cual le había acarreado su extraña enfermedad. Una de las brujas sentenció: «Pues mientras no lama con su lengua el sitio donde cayó el pan, no sanará».

El muchacho, que desde su escondite había oído perfectamente la sentencia, 'esperó a que todas se diseminasen, y corrió a casa, llegando antes que su ama; se encerró en su cuarto y se acostó como si no hubiera salido. Esperó con impaciencia a que amaneciera el nuevo día, y, bien temprano, se presentó en casa de la señora rica, solicitando hablar con ella de un asunto de gran interés. Le condujeron hasta su aposento, y comunicó a la dama todo lo que había oído a las brujas, y que no sanaría mientras no lamiera el suelo de la iglesia. En seguida se tiró de la cama la señora, y con gran trabajo se encaminó a la iglesia para cumplir las indicaciones del muchacho. Allí se inclinó hasta el suelo y humildemente, con su lengua, limpió el sitio en que había caído el pan bendito.

En el momento se sintió aliviada y marchó a su casa con gran energía, desapareciéndole todo malestar. La noticia cundió rápidamente por todo el pueblo, comentándose en los corrillos la milagrosa curación de la dama. Al sábado siguiente acudió también el mozo al aquelarre, trepando al mismo árbol del otro día. Después de sus ceremonias, todas las brujas comentaban lo repentinamente que se había puesto buena la señora. Todas estaban acordes en que alguien
las habría espiado y llevado el remedio a la orgullosa dama, que sin él no hubiera curado. La más vieja propuso que se registrasen bien aquellos alrededores, por si alguien las escuchaba. Todas se pusieron a mirar, separando matas y rodeando rocas, y en la copa del árbol descubrieron al mozo. A la fuerza le hicieron bajar, y le propinaron tal paliza, que le molieron los huesos. Mas el muchacho, angustiado, exclamó: «¡Jesús!».

Y gracias a este santo nombre las brujas huyeron como alocadas y dejaron al muchacho con vida para poder volver al pueblo a contarlo.

(De Leyendas de España de Vicente García de Diego)

sábado, 27 de diciembre de 2008

La afrenta de Corpes


¡San Esteban, San Esteban,
San Esteban de Gormaz!,
Hay en tu historia una página,
que no se debe olvidar
Doña Elvira y doña Sol,
dos modelos de bondad,
eran las hijas queridas
de Rodrigo el de Vivar.

Las casaron en Valencia,
en magna solemnidad,
con dos hombres cuyos nombres
no quisiera mencionar,
por cobardes, por traidores,
por que con ruin falsedad
de Valencia las sacaron
so pretexto de admirar
las bellezas que posee
Carrión, su pueblo natal.

Las sacaron de Valencia…
y, cuando iban a llegar
a esta tierra -tierra noble,
de honor y de lealtad
las dejan abandonadas
en medio de un robledal
tras de haberlas insultado
y azotado sin piedad
Su primo Félez Muñoz
las recoge; y sin tardar
las conduce a San Esteban
donde hallan consuelo y paz.
¡Muchas gracias, San Esteban,
San Esteban de Gormaz!
Tú curaste sus heridas;
tú les diste lumbre y pan;
tú mitigaste sus penas
con amor de caridad;
y cuando, restablecidas,
decidieron retornar
al abrigo generoso
del regazo maternal
despidiéndolas con lágrimas,
las quisiste acompañar
hasta Río del Amor
con entusiasmo cordial.

Entusiasmo, amor, finezas,
que no se olviden jamás.
¡Bien se ve que eres Castilla,
San Esteban de Gormaz!"

Por Pedro Gamo

Virgen de la Cuchillada

A la paret del convent i vora la cantonada del carrer dels Angels hi havia una pintura de la Mare de Déu de la Ganivetada. Tenia com una ratlla al mig de la cara i una posició forçada com si volgués guardar o protegir l'Infant Jesús. Al peu de la imatge hi havia una caixeta per a almoines, i la pintura estava destinada a induir els passants a fer caritat.

Un xic més enlla del convent i en el mateix carrer hi havia una tafureria, i els jugadors que a tal i quina hora sortien de la timba tenien per costum tirar, en acció de gracies, unes monedes a la caixeta si havien guanyat, i si havien perdut per demanar-li que els res guanyar un altre dia.
Aquella imatge venia a ésser com la protectora deis jugadors.

Un concurrent de la timba va estar set dies seguits perdent, i cada nit en sortir tirava unes monedes d'almoina i deia a la imatge: «A veure si dema em fas guanyar!» El dia que feia set, furiós, en veure que també havia perdut, va tirar ma d'un gros ganivet que portava i va ventar una ganivetada a la cara de la imatge mentre li deja: «Tu, mala bruixa, tens tota la culpa que jo no guanyi!», i, enfellonit, anava a engegar ganivetada a l'Infant Jesús, pero la Mare de Déu va fer un crit i digué: «No, l'Infant no!», i va fer una contorsió per salvar el seu fillet de la fúria de l'airat jugador.

(Joan Amades)

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En la pared del convento y junto a la esquina de la calle de los Angeles había una pintura de la Virgen de la Cuchillada. Tenía como una cicactiz en medio de la cara y una posición forzada como sí quisiera guardar o proteger el Niño Jesús. Al pie de la imagen había un cepillo para las limosnas, y la pintura inducía a los transeúntes a depositar un donativo.

Un poco más allá del convento y en la misma calle había un garito, y los jugadores que a cualquier hora salían de la timba tenían por costumbre echar unas monedas, en acción de gracias, si habían ganado, y si habían perdido por pedirle que les hiciese ganar otro día. Aquella imagen venía a ser como la protectora de los jugadores.

Un asiduo de la timba estuvo siete días seguidos perdiendo, y cada noche al salir echaba unas monedas de limosna y decía a la imagen: «¡A ver si mañana me haces ganar!» Al día siguiente, furioso porque también había perdido, echó mano de un gran cuchillo que llevaba y lanzó una cuchillada a la cara de la imagen mientras exclamaba: «¡Tú, mala bruja, tienes toda la culpa que yo no gane!», y, encolerizado, iba a hacer lo propio con el Niño Jesús, pero la Virgen María lanzó un grito y dijo: «No, al Niño no!», y hizo una contorsión para salvar a su hijito de la furia del airado jugador.

(Traducción de Eugenio Bartolomé)

Santuario de Tentudía.


A mediados del s. XIII, aunque algunas fuentes sitúan el relato en 1173, la Reconquista avanzaba imparable hacia Córdoba y Sevilla. Fernando III, el Santo, ordenó al caballero zamorano, y miembro de la Orden de Santiago, Pelay Pérez Correa el ataque a las fuerzas mahometanas que se habían hecho fuertes en las cimas de la sierra de La Calera.

Libró con ellos una batalla tan feroz que, al anochecer, todavía la victoria no se decidía por ninguno de los dos bandos. Temiendo el caballero cristiano que la oscuridad sirviera de aliada a los enemigos, pidió a la Virgen que detuviera el curso del Sol gritando: “¡Santa María, detén tú día!”. Todos pudieron comprobar asombrados que el Sol se quedaba parado en el horizonte y los cristianos, con la certeza de que el Cielo estaba de su parte, realizaron nuevas cargas contra los moros, obligándolos a huir tras causarles numerosas bajas.

Con esta hazaña, los cristianos consiguieron liberar los pasos de Sierra Morena y conectar con los ejércitos andaluces. En memoria de este prodigio, el caballero Pelay Pérez construyó en la cima un templo a la Madre de Dios bajo la advocación: “Santa María, ¡detén tú día!”.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Carmen la Cigarrera - Sevilla


Carmen, la castiza gitana cigarrera de voluptuosa belleza y que volvía locos de amor a los hombres, es uno de los grandes mitos de la ciudad de Sevilla.

El novelista francés Próspero Merimée la conoció personalmente y en 1845 escribió un drama en el que Bizet se basaría treinta años después para componer su bellísima ópera, que ha servido para que gentes de todo el mundo conozcan Sevilla.

El mito de Carmen gira en torno a esta guapa cigarrera, empleada de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla (actual Universidad), que estaba enamorada de un sargento llamado José. Con motivo de una riña de vecinos, la gitana es detenida y el joven, prendado de su belleza, la deja escapar. El sargento es descubierto y en consecuencia pierde sus galones. Pero los problemas no terminan, sino que aumentan, cuando un teniente piropea a Carmen y el muchacho se enfrenta a él sacando su espada. Para evitar ser encarcelado decide huir a la sierra junto a su joven amada.

Poco después un torero le roba el corazón a la cigarrera, que días más tarde se encuentra con él en Sevilla, cuando va a visitar a su madre que está agonizando. En la ciudad ambos reanudan su idilio y José, conocedor de las relaciones que Carmen mantiene con el lidiador, vuelve a Sevilla para intentar recuperarla, donde la sorprende en una tarde de corrida en la Plaza de la Maestranza.

Ciego de amor y celos, el antiguo amante apuñala a la bella gitana causándole la muerte, mientras el público, ajeno a lo sucedido, aclama al torero que triunfante da la vuelta al ruedo.

La Torre Sangrienta - Extremadura


La Orden del Temple fue fundada en Jerusalén en el año 1118 con el objetivo de proteger a los peregrinos en su camino hacia Tierra Santa. Con el paso del tiempo se convirtió en una organización muy poderosa, con unas estructuras jerárquicas, financieras y militares muy sólidas. Su carácter internacional (sólo dependían del Papa en última instancia) hizo que prestaran ayuda también a los reinos cristianos de la Península Ibérica en su particular Cruzada contra los árabes.

Jerez de los Caballeros fue conquistada a los árabes por Alfonso IX de León que, en reconocimiento por la ayuda prestada, dona la villa a la Orden del Temple en 1240.
Bajo la protección de los caballeros templarios, Jerez y su comarca comienza una época de repoblación y engrandecimiento. La encomienda o bailiato de Jerez de los Caballeros se convierte en uno de los enclaves más importantes para el Temple en la península.

La Orden del Temple fue disuelta injustamente por el Papa Clemente V en 1312, acusada de herejía y malas prácticas, tras una terrible campaña de desprestigio organizada por Felipe IV, rey de Francia, que pretendía quedarse con el poder y las riquezas acumuladas por la Orden.
Aunque los reinos cristianos de la Península Ibérica no dieron crédito a las acusaciones contra los templarios, sí se vieron obligados a acatar la bula de Clemente V y ordenaron a las diferentes encomiendas templarias que renunciaran a la Orden y entregaran sus tierras o morirían en la hoguera como herejes.

Los Caballeros de Jerez se negaron a renunciar a la Orden del Temple, a la que habían jurado lealtad eterna, y decidieron defender el sitio hasta la muerte. Aguantaron el asedio de la fortaleza hasta que fueron acorralados en la Torre del Homenaje, donde finalmente fueron degollados por las tropas reales y arrojados sus cuerpos al vacío desde las almenas.

Desde entonces, a la Torre del Homenaje se la conoce como Torre Sangrienta, y el espíritu de aquellos Caballeros quedó para siempre entre los muros de la Fortaleza.